Los ochenta fueron la década de la informática de consumo, y aquella fue una circunstancia que el cine no desaprovechó. En este sentido, las posibilidades narrativas de la infografía fueron exploradas por vez primera en una película de culto, Tron (1982), dirigida por Steven Lisberger, con Bruce Boxleitner, David Warner y Jeff Bridges en los principales papeles.
Tron relataba el fantástico periplo de unos expertos en computadoras a través de un universo de circuitos informáticos, recreado gracias a la pericia de técnicos como Richard Taylor y Harrison Ellenshaw.
No es difícil reconocer en ese mundo imaginario un antecedente de Matrix y de otras distopías que dieron un nuevo impulso a los viejos temores del escritor George Orwell.
Por las fechas en que Lisberger rodó el film, surgió una gama de corrientes artísticas que popularizó, aún más si cabe, el uso de las computadoras en procesos creativos como el diseño, el dibujo o la animación.
Una de estas corrientes afectó a la producción cinematográfica y, con una espectacular expectación, la gran pantalla acogió este producto cuya génesis partía de algo tan inusual por entonces como un programa de software.
Por lo demás, la trama de la película era muy sugerente. Un programador de videojuegos, Kevin Flynn (Jeff Bridges), cae en una trampa que le tiende el malvado Ed Dillinger (David Warner).
Atraído por un rayo de virtualización, Flynn reaparece en el interior de su computadora: una dimensión informática en la que la existencia de los programas depende de un cruel juego de supervivencia.
Tron y Yori, los avatares informáticos de Alan Bradley (Bruce Boxleitner) y la doctora Lora Baines (Cindy Morgan), ayudan a Flynn en su lucha contra el perverso alter ego de Dillinger, el programa Sark.
Juntos, encontrarán pruebas para demostrar que Dillinger se hizo ilegalmente con las riendas de la corporación ENCOM, creada por Flynn.
Estilo visual
No era la primera vez que los últimos avances de los programadores se empleaban en el cine, pero Tron significó su definitiva implantación en el mundo del celuloide.
Si la animación digital no penetró antes en Hollywood fue debido a una causa bien simple: no existían ordenadores que procesaran la información con la rapidez suficiente.
Los tímidos intentos de procesar digitalmente imágenes que vieron la luz a comienzos de los setenta palidecen con toda justicia al establecerse comparaciones con las creaciones infográficas obtenidas en la cinta de Lisberger.
La historia de este espectacular vínculo entre el cine y las nuevas tecnologías había comenzado una décadas atrás, merced a la audacia del equipo técnico que trabajó en Mundo Futuro (Futureworld, 1976), cinta en la que ya aparecía en un monitor una síntesis digital de la cabeza del actor Peter Fonda. El experimento fue repetido en una posterior película de Michael Crichton, Looker (1981).
Estos balbuceos de la infografía aplicada al cine tuvieron su más explícito ejemplo en Tron. Y eso que aún no eran posibles efectos CGI como los que hoy abundan. De hecho, la velocidad de procesamiento de las máquinas empleadas imponía una metodología artesanal, en la que todavía tenía mucho que decir la animación al estilo clásico.
El responsable de la película, Steven Lisberger, era un protegido de la errática compañía Walt Disney Pictures, que no se había beneficiado de los cambios propiciados por Ron Howard, Michael Eisner y Jeffrey Katzenberg, responsables de ese giro creativo que la devolvió a la cima de Hollywood.
Lisberger había dirigido con anterioridad una cinta de animación titulada Animalympics (1979), cuyo narrador fue un principiante Billy Crystal. Tres años antes, descubrió los rudimentarios juegos de la compañía MAGI, Pong entre ellos, y pensó que esa tecnología –el no va más de la sofisticación para un animador– merecía una oportunidad en la gran pantalla.
Con la complicidad de su socio, Donald Kushner, trató de obtener financiación a través de la productora Information International, Inc. Por desgracia, era necesaria una inversión de mayor calibre.
Después de que el proyecto fuese rechazado por Warner Bros., MGM y Columbia Pictures, los ejecutivos de Disney decidieron respaldar la idea.
Como ya vimos, el argumento de Tron se desarrolla en dos niveles: el real, no muy distinto al de tantas otras producciones de la Casa del Ratón, y el virtual, en el interior de los circuitos de programación de una computadora.
Esta dimensión es el fruto de la colaboración entre el dibujante francés Moebius y un nutrido grupo de especialistas en el tratamiento de la imagen.
Los técnicos filmaron a los actores en blanco y negro, frente a pantallas negras, para luego trucar un exuberante panorama de canales y líneas de color.
Después de elaborar digitalmente los decorados, los vehículos y el utillaje que aparecen en cada secuencia, los actores también fueron integrados en su contexto virtual, de forma que su imagen interactuase casi perfectamente con la escenografía.
El vestuario, diseñado por Moebius, también fue coloreado por medio de un procedimiento informático.
Para perfilar los vehículos del mundo virtual, Lisberger contó con Syd Mead, el diseñador industrial que había ideado el mundo de Blade Runner.
Otro artista procedente de la publicidad, Peter Lloyd, se encargó de dar forma al colorista escenario donde se desarrolla esta aventura.
Las secuencias de animación digital –un total de quince minutos– fueron revolucionarias en su tiempo. Para llevarlas a cabo, Disney contrató a programadores de cuatro compañías: Information International Inc., MAGI, Robert Abel and Associates y Digital Effects.
Aquella vino a ser una reunión de jóvenes talentos. De hecho, entre los pioneros del software de animación que participaron en ese proyecto, figura Bill Kovacs, el fundador de Wavefront Technologies.
Un acertado reparto
Jeff Bridges compartía protagonismo con Cindy Morgan, con el actor televisivo Bruce Boxleitner y con un compañero de lujo, el británico David Warner, que dio vida al malvado al que los héroes deben combatir.
Por los días en que se rodó la película, el actor inglés era un viejo conocido del público norteamericano gracias a películas como Tom Jones (1963), Perros de paja (1971) y La balada de Cable Hogue (1970).
En el fondo, Tron era un videojuego dramatizado, pero más interesante en cualquier caso que otras producciones que se rodaron en la década siguiente –al estilo de Super Mario Bros.–, seguramente por lo elaborado de su diseño y la frescura de sus interpretaciones.
Sin lugar a dudas, Bridges fue el que más salió ganando tras su estreno, ya que, pese al éxito logrado, Boxleitner no consiguió desprenderse de la etiqueta que le une a la pequeña pantalla, y el director, Lisberger, apenas sí logró salir del anonimato.
Gracias a Tron, Bridges consolidó su condición de joven actor de calidad, que podía abordar productos de temática trascendente y también aventuras de consumo popular.
Lisberger después de Tron
Siete años después del estreno de Tron, Steven Lisberger volvió a la ciencia-ficción, aunque en esta ocasión con inquietudes más ecológicas.
La furia del viento (Slipstream, 1989) fue escrita por Tony Kayden a partir de un argumento del escritor Bill Bauer, que a su vez utilizó las teorías de J.E. Lovelock, el mayor defensor de la llamada hipótesis Gaia.
Los acontecimientos narrados en la película ocurren a fines de siglo, cuando la Naturaleza rebela sus fuerzas contra el hombre que tanto ha hecho por destruirla.
Los terremotos convergentes dividen los continentes, terribles inundaciones sepultan las ciudades, las civilizaciones se entremezclan y aparece un río de viento, el Slipstream, que arrasa el planeta.
Lisberger figura en el equipo de Tron: Legacy (2010) como productor, guionista y actor.
Copyright del texto © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes © Disney Enterprises, Inc. Reservados todos los derechos.
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