Tras viajar cinematográficamente a la Luna, Georges Méliès, decidido a acabar con sus competidores, encarnó al ingeniero Maboulouff para alcanzar el Sol en la estrambótica nave-tren de Viaje a través de lo imposible (Voyage à Travers l'Impossible, 1904).
Nada menos que a 7.500 dólares ascendió el presupuesto de esta cinta, una cifra no muy inferior a la invertida tres años más tarde para recrear el universo de Verne en Veinte mil leguas de viaje submarino (20,000 Lieues Sous les Mers, 1907).
Conviene aclarar que la película sólo coincide con la novela en dos detalles: aparece un submarino y luce el mismo título. En realidad, aquí se narra el sueño de un marinero, que imagina ser piloto de un ingenio subacuático. Desciende al fondo marino, y allí descubre prodigios sin igual: peces gigantescos, mejillones descomunales, actinias olorosas e incluso un pulpo que intenta atraparle con sus tentáculos. Por suerte, unas bailarinas de las profundidades (llamémoslas sirenas) liberan al marinero justo a tiempo para que éste se despierte de su pesadilla.
Huelga decir que la calidad de Deux Cent..., de cuidadísima producción, se eleva muy por encima de sus apresuradas imitaciones.
Cosa semejante puede decirse de otras obras de Méliès, como Le Tunnel sous la Manche (1907) y A la Conquete du Pole (1912), acertadas y encantadoras.
Fue precisamente el hijo de don Julio, Michel–Jules Verne, quien cinco años después rodó otra versión bastante más fiel –pero no muy inspirada– de 20000 Lieues sous les mers.
El genial Méliès prosiguió su recorrido por el celuloide incluso después de su muerte, inspirando las ilusiones de otros creadores, reconocido en los más variados homenajes, campo éste en el que destaca aquel delicado cortometraje que años más tarde realizó el cineasta francés Georges Franju con el título Le Grand Méliès (1952), película en la que André Mèliès interpretaba el papel de su padre y Marie–Georges Méliès actuaba de narradora.
Los Pathé, frente al delicado espectáculo que Méliès ofrecía a los espectadores, apostaron por la variedad y la amplitud de producción.
Entre sus fichajes más sobresalientes, además de Chomón, figura un antiguo prestidigitador llamado Gaston Velle, que rodará para esta productora Un sueño de luna llena (1905) y Voyage Autour d'une Etoile (1906).
Convertido en el hombre de confianza de Pathé, Velle colaboró junto a Lucien Nouguet y Ferdinad Zecca en la producción de diversas películas de ciencia-ficción que también se inspiraban lejanamente en Verne.
El propio Zecca rodó por esta época su Rêvé à la Lune (1905), y el genial Louis Feuillade (1873–1925) escribió en 1906 el guión de un Voyage dans la Lune realizado por Romeo Bosetti (1879–1946), explotando una vez más la veta descubierta por Méliès.
Otro de los temas tratados con preferencia por la ciencia-ficción de primera hora fue el de la invisibilidad. Así, Méliès realizó en 1904 El invisible Siva, cinta que aprovecha con ingenio la magia del paso de manivela.
Muchos títulos siguieron su estela con gratificante empeño; basten como muestra The Invisible Fluid (1908), realizada por Bitzer, el operador de D.W. Griffith, The Black Box (1915), de Otis Turner, Der Yoghi (1916), de Paul Wegener y Rochus Gliese, y El rayo púrpura (1923), de Roland West.
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