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"Viaje a la Luna" (Georges Méliès, 1902)

Viaje a la LunaA nadie se le oculta que el indiscutible pionero del cine de anticipación fue el francés Georges Méliès (1861­1938).

Para la mayoría de los estudiosos del género, la primera película que puede citarse como pura ciencia-ficción es su Viaje a la Luna (1902), si bien con anterioridad otros filmes habían incluído elementos más o menos cercanos a la fantasía científica.

Tal es el caso de The Sausage Machine y Making sausages, del británico George A. Smith, que jugaban con la idea de transformar perros y otros animales en ristras de embutido o The X–Ray Fiend, una parodia en la que Smith llegaba a mostrar en pantalla el abrazo entre los esqueletos de dos enamorados. El propio Méliès tomó esta idea para realizar en 1898 Les Rayons Roentgen.

Precursores y antecedentes

Méliès procedía de una rica familia propietaria de varias fábricas de calzado, pero su carácter impulsivo y soñador lo alejó del mundo empresarial. Atraído por el espectáculo de variedades, fue prestidigitador en teatros como el Châtelet, de París, que ponía en escena obras de Julio Verne.

Asistió a la primera proyección de los Lumiére y trató de comprarles su aparato, pero ante la negativa de éstos, viajó a Londres y allí adquirió su primera máquina filmadora.

Aunque los hermanos Lumiére no se mostraron demasiado proclives a alejarse del realismo, su Charcuterie Mecanique (1898) ha quedado para la posteridad como una de las precursoras del género que nos ocupa; retoman la idea de Smith y filman una portentosa máquina que transforma por ensalmo cerdos vivos en toda suerte de embutidos.

No sería ésta la última charcutería prodigiosa que vieran los espectadores de comienzos de siglo: Edison y Edwin S. Porter muestran en Fun in a Butcher Shop (1901) el tradicional artefacto que esta vez convierte perros en salchichas. La novedad llegaría tres años más tarde, con The Dog Factory, en la que el proceso sucede a la inversa; las sachichas son transformadas –ahí es nada– en perros.

La Compañía Edison, propiedad del creador del kinetoscopio y el gramófono, produjo películas durante la etapa que va de 1889 a 1915, momento en que interrumpió súbitamente su tarea. Entre los títulos más significativos de la productora destaca la primera versión fílmica de Frankenstein (1910), dirigida por Searle Dawley e interpretada por Charles Oyle. Aunque Edison nunca tuvo un interés artístico en el nuevo medio –no en vano, de él se dice que era incapapaz de soñar–, respaldó los esfuerzos de creadores como el ya mencionado Edwin S. Porter, a la sazón autor de esa curiosa pieza que es El sueño de un aficionado a las tostadas con salsa de queso (Dream of a Rarebit Fiend).

Es preciso señalar que ese desinterés de Edison no era excepcional entre los empresarios de la nueva industria. Recuerda Lotte Eisner a este respecto una anécdota suficientemente explícita: El Golem de 1914 fue dividida en pedazos de dos metros y revendida con el correspondiente proyector por los jugueteros.

Rumbo a la Luna

Años antes de que el primer aeroplano elevara el vuelo Ferdinand Zecca (1864–1947) ideó un artefacto volador a pedales en La Machine Volante. En 1908 el americano J. Stuart Blackton se inspiró en la idea de Zecca e imaginó unas máquinas semejantes, si bien en esta ocasión sobrevolaban los espacios del siglo XXI. La película en cuestión se llamó The Airship.

Otra película de Blackton, The Haunted Hotel (1906), inspiró al español Segundo de Chomón una de sus más conocidas obras: El Hotel Eléctrico.

En 1902 Méliès contraataca a sus competidores con su más ambiciosa película. Inspirada en las novelas de Julio Verne, la ya citada Un Voyage Dans La Lune (1902) es, sin lugar a dudas, el filme más señero de este primer periodo del género. Su éxito habría de señalar el nacimiento del género fantacientífico en el mundo del celuloide.

La historia que contaba es el pilar de todas las otras aventuras en suelo extraterrestre. En el Club de Astrónomos se celebra un congreso científico en el que se planifica una expedición a la Luna. Los sabios viajan en el interior de un obús que aluniza en el ojo del satélite.

Tras notables peligros consiguen entrar en contacto con los selenitas, que les apresan y les conducen ante la presencia de su Rey. El grupo de terrestres logra huir y a duras penas alcanza el proyectil que les ha de llevar de regreso a la Tierra. Caen a las profundidades marinas de donde son rescatados en medio del regocijo de sus compatriotas.

En la literatura de fin de siglo –la que conoció Méliès en su biblioteca familiar– abundaban sabios dedicados a este género singular; tal es el caso de Camille Flammarion o el de aquel abogado de Olot, matemático y astrónomo aficionado, Miguel Estorch y Siqués, autor en 1855 de una Lunigrafía. O sea, noticias curiosas sobre las producciones, lengua, religión, leyes, usos y costumbres de los lunícolas, en la que el protagonista alunizaba a bordo de un proyectil disparado desde el Himalaya.

Diez años después de ser editada la Lunigrafía, un francés, Julio Verne (1828–1905), propuso un viaje bastante similar que brindó a Méliès una idónea disculpa argumental para establecer los fundamentos del cine de ciencia-ficción con la película que nos ocupa, una maravillosa fantasía visual en virtud de la pericia técnica sin precedentes que caracterizaba al maestro.

El estudio de Méliès en Montreuil era una especie de cobertizo de cristal en cuyo interior revelaba el secreto de técnicas de filmación tan particulares como la sobreimpresión o la congelación fotograma a fotograma.

Allí podía recrear el mundo lunar en lienzos de cuatro por seis metros con un depurado trucaje de falsa perspectiva o a través de paneles de vidrio sobre los que trazaba paisajes delirantes. Su habilidad como prestidigitador salía a la luz a la hora de llevar al celuloide asombrosas imágenes que un día no pasaron de ser atracciones de feria y hoy impresionan por su calidad técnica y artística.

Es de lamentar el atormentado fin del cineasta, alejado de toda gloria en vida, quizá conocedor de ese porvenir en el que un mundo en armas vivió por un tiempo ajeno al consuelo de la fantasía.

La gloria del pionero concluye, demasiadas veces, en el abandono y la tragedia. A mediados de la década de los treinta, sentenciado por un proceso canceroso incurable, arruinado y olvidado por sus compatriotas, George Méliès aguardaba la muerte en un asilo mientras evocaba sus años de gloria. Tiempos en los que su magia para viajar a otros mundos era considerada una herencia de los padres de la fantaciencia.

Las imitaciones del Viaje al la Luna se sucedieron y otros creadores tuvieron la oportunidad de probar o desmentir su talento gracias a esta moda. El inefable Sigmund Lubin se inspira –demasiado fielmente– en la película de Méliès para realizar su Viaje a Marte (1903), aunque, sin lugar a dudas, Segundo de Chomón será quien compita con mayor fortuna con el mago del Châtelet a la hora de rodar asombrosos periplos allende la atmósfera.

Viaje a la Luna está en línea con especulaciones astronómicas que abordaban "la pluralidad de los mundos habitados", como ocurría en los textos de Cammile Flammarion.

Poco antes de estrenarse la película, el dramaturgo Adolphe Dennery ya había adaptado libremente varios textos de Verne para un espectáculo en el teatro Châtelet. Asimismo, Méliès había abordado el tema en un corto, La luna a un metro (La Lune à un mètre, 1898): una filmación de un número de fantasía titulado "Las caras de la Luna o las desventuras de Nostradamus", escenificado en el teatro Robert-Houdin.

Viaje a la Luna tenía un aire de ensueño, y eso le granjearía dos décadas después la admiración del movimiento surrealista.

Imaginación y efectos especiales

Rodada en dieciocho cuadros, empleando luz solar y un escenario instalado en un estudio, Viaje a la Luna no se toma la ciencia muy en serio. Es, en realidad, una fantasía humorística rayana casi en la parodia. Los trucajes eran muy ingeniosos; con una cámara casi fija, frontal y distante de la acción, desvelando así su orígen teatral, Méliès construye todo un concierto de primitivos efectos especiales sobre decorados hechos con cartones, forillos y telares monocromáticos.

Entre estos efectos podemos destacar el uso del paso de manivela para transiciones y desapariciones, y la doble exposición cuando aparecen las estrellas. El empleo de fondos negros permitía realizar un falso zoom, al ser el actor, La Luna, y no la cámara quien se aproximaba a la cámara para obtener un primer plano.

Desde procedimientos teatrales, como mover el escenario para dar la sensación de que la Tierra aparece en el cielo de la Luna, hasta sobreimpresiones -impresionando dos veces el negativo con tomas diferentes-, como aquella que sitúa la astronave sobre fotogramas con imágenes marítimas, el Viaje a la Luna es una anárquica e imaginativa historia que emplea por primera vez los efectos especiales de modo significativo, aunque estos fueran considerados por su propio autor como algo totalmente menor.

Director: Georges Méliès

Producción: Georges Méliès

Guión: Georges Méliès y Gaston Méliès

Reparto: Georges Méliès, Victor André, Bleuette Bernon, Jeanne d'Alcy, Henri Delannoy

Fotografía: Michaut, Lucien Tainguy

Distribución: Gaston Méliès

Fecha de estreno: 1 de septiembre de 1902 (Francia), 4 de octubre de 1902 (Estados Unidos)

Duración: 14 minutos

País productor: Francia

Presupuesto: 10.000 FF


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