Norte de Uganda, año 2002. Un país de una belleza asombrosa en una época de brutalidad inconcebible. Escondido profundamente en las montañas, lejos de miradas occidentales, un enajenado extremista cristiano rebelde y su ejército de niños a los que ha lavado el cerebro aterrorizan a sus compatriotas y se enfrentan en una guerra de guerrillas contra las tropas gubernamentales.
En este despropósito desembarca el Dr. Lwanga Moses. Cuando su familia huyó del régimen de Amin hacia Estados Unidos tan solo tenía siete años, y Lwanga regresa después de haber estudiado en las mejores universidades, con una hermosa esposa ugandesa y una filosofía tajantemente pacifista. La personificación del sueño americano regresa para ayudar a sanar la pesadilla que azota el norte de Uganda.
Pero desde lo más profundo del alma de este sanador brota misteriosamente una imparable máquina de matar, un soldado desconocido. Y cuando emprende su particular guerra contra los hombres, y los niños, que han convertido las áreas rurales de Uganda en una zona de guerra, no hay forma de prever quién quedará atrapado en el fuego cruzado.
Mezclando la estimulante acción y la intriga de El caso Bourne con los detalles meticulosamente documentados de un conflicto terriblemente real, el guionista Joshua Dysart (La Cosa del Pantano, Hellboy BPRD: 1946) y el dibujante internacionalmente galardonado Alberto Ponticelli presentan El Soldado Desconocido... una arrolladora nueva perspectiva del cómic de guerra clásico.
«Durante el último año –escribe Joshua Dysart–, he hablado mucho de este cómic: entrevistas, mesas redondas, reuniones. Una y otra vez, convirtiéndolo casi en una de esas promociones realmente pesadas. Y cada vez que me siento a hablar de él, en lugar de seguir creándolo, me siento un poco más alejado de toda la historia.
Pero ya no más. Tenéis el cómic a vuestro alcance. Podéis ver dónde está, aunque no adónde va. Así que utilicemos este espacio para otra cosa. Démosle cancha a todos mis miedos y preocupaciones.
Primero, para los que aún no se hayan dado cuenta, soy completamente occidental y estoy escribiendo sobre Uganda. Un enorme desastre en potencia. Soy consciente de que una cultura no es solo la música, el idioma, la comida y la ropa de la gente. También lo son sus políticas de género, la perspectiva cognitiva respecto a la religión, su lenguaje corporal y muchas cosas más. Pero, incluso entendiendo eso, es inevitable que, durante el desarrollo de este cómic, termine tergiversando tanto las cosas ínfimas como las realmente importantes. Me disculpo por adelantado por esto. Es un problema de los escritores, a pesar de la buena intención: inevitablemente, terminamos convirtiendo el mundo en ficción.
En segundo lugar, y quiero hacer hincapié en esto, no toda Uganda es el “Infierno sobre la Tierra” (la República Democrática del Congo, por otra parte...). Incluso en el año 2002, año en el que tiene lugar la historia, el Sur del país estaba experimentando un sustancial resurgimiento económico y social. Pero el Norte, donde transcurre la mayor parte de este primer arco argumental, estaba experimentando, y ha experimentado, un ciclo de 20 años de violencia sin precedentes a la que el presidente de Uganda, un hombre que lleva en el cargo desde 1986, no se opuso lo suficiente. Así que, aunque todo lo que ocurre en este cómic está basado en la auténtica situación de Acholilandia en el año 2002, no representa la situación de todo el país.
Tercero, nuestra obra, como virtualmente todas las representaciones de África producidas en la sociedad occidental, se centra en lo malo. Conflictos interétnicos, niños soldado, poscolonialismo, complejas políticas regionales, malas conductas por parte de las ONG, maquinaciones empresariales, control remoto foráneo, etc. A veces, me siento como un Russ Meyer sociopolítico, dirigiendo mi cámara hacia las gigantescas tetas de la brutalidad (¿brutetalidad?). Tan solo espero que Alberto y yo seamos capaces de encontrar la poesía de aquel lugar dentro de los truculentos recovecos de este empeño.
Cuarto. Siempre que, en alguna copia promocional, omito que he pasado algún tiempo en la zona de posguerra ugandesa, me veo compelido a hacerlo. Así que vamos allá, una vez más. Durante el verano de 2007, se había llegado a un alto el fuego. Aunque aún se producían esporádicos brotes de violencia, y muchos de los campos de desplazados seguían estando repletos (a pesar de un cuestionable reportaje de la BBC que sugería lo contrario), el Noroeste de Uganda era totalmente seguro. Así que allí me fui. Hacerlo fue fácil. Y aunque vi muchas cosas desgarradoras, fue uno de los mejores viajes de mi vida. Regresé a los Estados Unidos un mes después, embriagado por la experiencia: triste, inspirado, prendado, informado hasta el punto de la ignorancia absoluta... y llevando conmigo 1.400 fotografías de referencia para ese monstruo del arte llamado Ponticelli.» (Joshua Dysart, guionista de El soldado desconocido).
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