Existe un periodo en la infancia durante el que los niños elaboran todos sus dibujos como si fueran caricaturas. A lo largo de esa época feliz, los pequeños actúan como lo hacen los caricaturistas: exagerando ciertos rasgos, representando cualidades psicológicas por medio de atributos físicos.
Se ve entonces que el ser humano tiene en la caricatura un instrumento de representación sumamente útil y poderoso. Recorrer la historia de este arte equivale, en la práctica, a explorar una importante fibra de la sensibilidad contemporánea.
Definamos, para empezar, lo que es y lo que no es una caricatura. Caricatura es un vocablo de origen italiano que designa una forma de la sátira que se fundamenta en la representación distorsionada de un personaje, cuyos rasgos se exageran con intención humorística. Aunque es común satirizar a través de la literatura y las artes plásticas, el lugar de privilegio de la caricatura es la prensa escrita, donde ha evolucionado de forma decisiva.
La caricatura es un proceso que se basa en la metonimia (la parte de algo resume su totalidad): un proceso enraizado en una vieja creencia de aspiraciones científicas, la fisiognomía o fisiognómica. Esta ciencia primitiva consideraba que los rasgos faciales traducen la personalidad del individuo.
Este modo de relacionar morfología y carácter ya no parece interesar a los científicos contemporáneos y es sólo tema de conjetura para las pseudociencias.
Pero en el trabajo de los caricaturistas resulta primordial, pues éstos han de simplificar y destacar ciertos atributos que, al tiempo, acentúan las debilidades o fortalezas del personaje retratado.
Por todo ello, hay algo de expresión hiperbólica en lo caricaturesco, expresión que, por disparatada, conduce mejor la crítica, por muy ácida que ésta sea. En toda caricatura hay una descripción irónica, que induce a la reflexión intelectual de quien la observa.
Como el juicio de valor que es, la caricatura es un instrumento privilegiado para la sátira político-social y la propaganda, pero también para el cómic convencional, donde este recurso gráfico se integra con naturalidad, sobre todo en los tebeos de humor, en los que el disparate resulta un elemento constitutivo.
En su sentido más amplio, la caricatura abarca prácticas muy diversas. Y aunque cabe hablar de ella en relación con cierto tipo de cine o al tratar expresiones plásticas particulares, como las fallas que arden en Valencia (España) durante la fiesta de San José, lo cierto es que los genuinos caricaturistas de hoy cumplen su labor en el seno de la empresa periodística.
Ésa es la razón por la cual, distinguiéndola del concepto más generalista de la sátira, en los siguientes apartados se enfocará exclusivamente la multiplicidad de facetas de la caricatura de prensa, muy relacionada con prácticas afines, como el tebeo humorístico.
Procedimientos de la caricatura
El caricaturista es, ante todo, un dibujante que puede incluir este tipo de parodia en un cómic con argumento o en un chiste aislado en un solo recuadro. Prescindiendo del guión, también puede presentar la caricatura sin narración alguna, como un simple retrato distorsionante.
Esta representación humorística, por sus peculiares cauces de expresión, precisa un alto grado de formación técnica por parte del ejecutante, adquirida bien a través de la práctica continuada del dbujo, o bien gracias al estudio de este oficio con la ayuda de maestros.
La sátira gráfica requiere dotes de observación, pues el retrato de las figuras ha de quedar distorsionado con una cierta intención, exagerando hasta la extravagancia ciertos rasgos definidores, en lo que pretende ser una síntesis reconocible que, muchas veces, llega al sarcasmo.
No es extraño por tanto que algunos caricaturistas lleguen a usar atributos propios del aspecto de ciertos animales para caracterizar sus retratos, y tampoco es infrecuente que los deformen hasta límites que cabe calificar de expresionistas.
Como sucede en el cómic narrativo, el primer paso para la realización de una caricatura es el boceto, que proporciona una idea de lo que más tarde será el dibujo acabado, sea éste un chiste gráfico, una caricatura aislada o una tira cómica.
En el caso del chiste, el autor trabaja una sola viñeta, mientras que la tira llega a albergar tres e incluso cuatro viñetas. Existe un guión previo, el cual puede ser encomendado a un escritor que trabajará en equipo con el caricaturista.
Como es lógico, existe también un archivo documental, pues los humoristas gráficos han de caricaturizar siempre del mismo modo al personaje que aparezca repetidamente en su trabajo, y para hacerlo han de tomar apuntes del natural o a partir de fotografías y grabaciones videográficas.
El Renacimiento como punto de partida
Los especialistas coinciden en señalar las raíces de la caricatura en el Renacimiento, en concreto a partir del siglo XVI, cuando artistas como Holbein, Brueghel el Viejo, el Bosco, los Carracci, Arcimboldo y, sobre todo, Bernini, ensayan formas de expresión artística muy próximas a lo caricaturesco.
Pero es en el siglo XVIII, sobre todo en sus postrimerías, cuando puede hallarse una forma consolidada de la caricatura gráfica, motivada por el nuevo ideario político-filosófico, reflejo de una nueva conciencia librepensadora. El primitivo caricaturista ensaya con sus dibujos una forma novedosa de satirizar a los personajes, sean éstos de otra clase social o de distinta etnia o nacionalidad.
En este sentido, proliferan los estereotipos de clase y también los nacionales, lo cual favorece la síntesis comunicativa, de forma que el dibujante puede dar a entender un concepto con el uso de una gama de símbolos reconocibles, como una bandera determinada, cierto traje regional u otros elementos significativos.
Así, por ejemplo, ya desde el siglo XIX es frecuente en las caricaturas políticas relacionadas con Estados Unidos la presencia de un personaje, el Tío Sam, cuyo sombrero de copa, con las barras y estrellas de la bandera nacional norteamericana, hace las veces de icono identificativo de aquel país.
A partir del siglo XVIII, el dibujante de caricaturas es quien percibe las corrientes de opinión, quien comunica el descontento popular y, llegado el caso, transgrede las normas para ejercer su crítica.
De forma paulatina, las nuevas circunstancias políticas sirven a ese propósito, así como la consolidación del oficio periodístico, pues la prensa es el espacio en el cual la caricatura de los distintos países encontrará su más fértil cauce de expresión.
En lo que respecta a la autoridad política, su censura será el único elemento de contención en ese desarrollo tan significativo para la cultura de masas que es el humor gráfico.
Historia de la caricatura en España
La aparición de la caricatura en España se relaciona con la protesta contra los excesos del poder político. “La Ilustración Española y Americana” publica en 1872 una serie de ilustraciones humorísticas en contra del servicio militar obligatorio y el drama que éste plantea en las familias desfavorecidas.
También sirve lo caricaturesco para rebelarse contra enemigos poderosos, o al menos eso parece pretender en 1898 el dibujante Pellicer Montseny con su sátira antiamericana, coincidente con la guerra hispanoestadounidense.
Pero el humor gráfico es un ejercicio de libertad que no siempre es bien aceptado. Buen ejemplo de ello es la destrucción de la redacción de “Cu-cut”, una publicación satírica que se atreve a criticar al estamento militar en 1905.
En octubre de 1907, en el Salón Iturrioz de Madrid, se organiza una exposición colectiva de caricaturistas en la que dibujantes como Sileno, Tovar y Sancha se reúnen con otros más jóvenes, como “Fresno”. Esa exposición abre un periodo de ebullición creativa en la caricatura, que se verá interrumpido por el drama de la Guerra Civil, recuperando más tarde su brío.
Espacio de polémica y provocación, la caricatura interesa a los creadores de vanguardia, que la practican con buenos resultados. Así, el escritor Ramón Gómez de la Serna hace dibujos humorísticos en los años veinte, una de las épocas más interesantes del humor en España, aquella que marca el surgimiento de las revistas cómicas.
Con el intervalo de la Guerra Civil, un gran número de cabeceras de este estilo llegarán a los lectores: “Madrid Cómico”, “Gutiérrez”, “Buen Humor” y muchas otras darán cabida a humoristas gráficos como Cisneros, Cornet, Mecachis, Ricardo Opisso, Pedro A. Villahermosa “Sileno”, Antonio Casero, Xaudaró y Manuel González Martí “Folchí”, quien más tarde será director de los Museos Nacionales de Cerámica y Humorismo de Valencia.
Estimulados por un entorno intelectual lleno de inquietudes, los caricaturistas de este periodo alcanzan niveles de auténtica genialidad. Luis Bagaría se especializa en la caricatura política y su obra, casi expresionista, aparece en diarios de España e Iberoamérica. No tan buen dibujante, Antonio de Lara “Tono” es, sin embargo, un humorista extraordinario, capaz de reflejar detalles de comicidad únicos.
Entre los caricaturistas también hay especialidades, y en el ámbito del teatro destaca Fernando Gómez-Pamo del Fresno, “Fresno”, que además de retratar con humor a dramaturgos e intérpretes, es actor en las compañías de Lola Membrives, Irene López Heredia, Margarita Xirgu, y María Guerrero-Fernando Díaz de Mendoza.
No es raro encontrar por la misma época otros dibujantes que compatibilizan la sátira dibujada con otros menesteres. Ricardo García López, “K-Hito”, además de escritor humorístico y crítico taurino, publica con éxito sus caricaturas.
Algunas regiones cuentan con caricaturistas locales, que saben alcanzar una expresión propia, reflejo las particularidades y contradicciones de su identidad cultural. Roberto Eduardo Padín Rodríguez, Álvaro Cebreiro Martínez y, sobre todo, Alfonso Daniel Rodríguez Castelao llevan la caricatura de Galicia hasta sus más elevadas cotas de interés, con magníficos resultados artísticos.
Tras la Guerra Civil, los dibujantes de cómics infantiles y juveniles recurren a la caricatura para elaborar sus personajes, que muchas veces van más allá de la anécdota chistosa y suponen una reflexión sobre asuntos más ambiciosos. Resaltan al respecto los nombres de José Escobar, José Coll, Francisco Ibáñez y Juan Rafart Roldán “Raf”.
En lo que concierne a las revistas de humor, la más importante de todas ellas será “La Codorniz”. Una nueva generación de humoristas gráficos toma el relevo y su producción se prolonga, en bastantes casos, hasta los años noventa. Forman parte de ese grupo Chumy Chúmez, Enrique Herreros, José Luis Martín Mena, Pablo San José, Eduardo Maturana, Serafín, Antonio Garmendia, Dátile y Antonio Fraguas “Forges”, entre otros.
Uno de los dibujantes que se mantiene en competencia con caricaturistas más jóvenes, Antonio Mingote, es el primero de su profesión en ser admitido en la Real Academia de la Lengua, lo que supone un reconocimiento intelectual y una afirmación de esta difícil actividad, que en gran medida marca la línea editorial de un periódico.
Así lo demuestran dibujantes que desarrollan su obra en el periodo democrático, tales como Gallego y Rey, Ricardo y Nacho, Peridis, Martínmorales y “El Roto”, creadores todos ellos de un humor gráfico incisivo e inteligente.
Historia de la caricatura en Iberoamérica
La evolución de la caricatura iberoamericana se asocia, por un lado, con las raíces históricas hispano-portuguesas, y por otro con el aporte constante de artistas del exilio y la emigración. Antecedentes del humorismo dibujado los hay desde el siglo XIX, etapa en que se consolida la práctica caricaturesca a ambos lados del Atlántico.
Pero la sátira dibujada latinomericana se beneficiará también de los recién llegados e incluso de quienes colaboran a distancia, enviando sus trabajos a los principales diarios del continente desde ultramar.
El caso de México demuestra cómo el humor gráfico local concilia la presencia de expatriados con los dibujantes más enraizados en la cultura nacional. Publicaciones satíricas al estilo de “Don Bullebulle” (1847), donde colabora Gabriel Vicente Gahona “Picheta”, y “La Orquesta” (1861) significan el inicio de la caricatura mexicana, en cuyo desarrollo participan magníficos humoristas como Constantino Escalante y José Guadalupe Posada. El exiliado español Ernesto García Guasp y, en época más reciente, Eduardo del Río “Ríus”, elaboran una caricatura moderna, que en el caso de “Ríus” responde a una fuerte concienciación política.
Los caricaturistas españoles que parten con destino a Iberoamerica se dirigen en mayor medida al sur del continente, donde se localiza el foco migratorio más intenso. Chile recibe al dibujante Antonio Rodríguez Romera y en Argentina se instala a comienzos de siglo José María Cao Luaces, que incluye sus chistes en “El Sudamericano” y luego dirige “Caras y Caretas”, publicación argentina de enorme prestigio en el campo de la caricatura.
También llega a Buenos Aires en 1911 Federico Ribas Montenegro, otro dibujante español de importancia. Sin duda, el dibujo humorístico argentino es uno de los más importantes del continente, y así lo demuestra el alto nivel de “Flax” y “Oski”, por destacar dos nombres de prestigio.
Más recientemente, el uruguayo Hermenegildo Sábat ha sabido modernizar las convenciones de la caricatura, desarrollando en Argentina una obra muy valiosa en su verrtiente artística.
El buen momento del dibujo caricaturesco de ese país suramericano se da con exacta claridad en tres autores muy distintos entre sí: el autor de cómics Enrique Breccia, hijo del magistral Alberto Breccia; el humorista gráfico Fontanarrosa; y Joaquín Salvador Lavado “Quino”, creador de Mafalda (1964-1973).
El dinamismo de la caricatura iberoamericana no responde sólo a zonas como México y Argentina. Otros países también ofrecen una rica trayectoria de humor gráfico desde el período de la emancipación.
Durante el siglo XIX, destaca el litógrafo venezolano Celestino Martínez Sánchez. Otro pionero que realiza caricaturas por la misma época es el colombiano Ramón Torres Méndez, predecesor de otros compatriotas suyos, destacados en el mismo terreno, como Ricardo Rendón Bravo, Hernando Turriago Riaño “Chapete”, Antonio Caballero Holguín y Juan Cárdenas Arroyo.
Historia de la caricatura en Estados Unidos
La producción caricaturesca en los Estados Unidos tiene un primer momento de esplendor en el siglo XIX, gracias a David Claypoole Johnston, Thomas Nast y otros dibujantes que, a imagen de lo que se hace en las revistas satíricas europeas, saben reírse con inteligencia del poder político.
Los artistas del siglo pasado tienen una calidad de dibujo singular, que pondrá a la prensa norteamericana en cabeza del humor gráfico internacional. Al igual que compatriotas como Thomas Nast y Joseph Keppler, Charles Dana Gibson hará compatibles la ilustración realista y la caricatura. Pero el tiempo del dibujo detallado queda atrás cuando los nuevos avances en fotomecánica e impresión favorecen el esquematismo, el trazo simple, expresionista.
Gana importancia el contenido, ya que los lectores de periódicos se fijan con atención en lo que el dibujante sugiere a través de sus chistes. Y los empresarios periodísticos, que han de satisfacer ese deseo de los consumidores de prensa, compiten entre sí para contratar a los mejores caricaturistas.
A fines del XIX y principios del XX, se da una modernización de los diarios, que también se aprecia en sus dibujantes. Herbert Block “Herblock” colabora en el “Washington Post, Daniel Fitzpatrick lo hace en el “St. Louis Post-Dispatch”, Edwin Marcus y S.J. Woolf trabajan en “The New York Times”, y la lista continúa, pues no hay una sola cabecera en el país que no cuente con un caricaturista en plantilla. Incluso el “Daily Worker”, de inspiración radical, cuenta con un excelente artista, William Gropper.
En ese clima de competencia, parece lógico pensar que los caricaturistas que llegan a contratarse en una redacción han pasado por un duro proceso selectivo.
De hecho, el nivel de calidad se mantiene tras la Primera Guerra Mundial, gracias a Oliver Herford, Gelett Burgess, Peter Newell y Arthur Szyk, por citar una serie de humoristas de gran nivel. Incluso ilustradores profesionales como Norman Rockwell hacen uso de la caricatura para retratar las múltiples facetas sociales y políticas de un país cambiante, lleno de contrastes. Porque en Norteamerica puede apreciarse la evolución del pensamiento a través de los caricaturistas.
Así, en las décadas de los sesenta y los sesenta, cuando las mayores contradicciones sociales provocan la eclosión de movimientos juveniles pacifistas y contraculturales, la caricatura se convierte en un género habitual en revistas del underground, sobre todo “East Village Other” y “Berkeley Barb”, cuna de artistas como Robert Crumb, Robert Williams, Larry Todd, Gilbert Shelton y Richard Corben, todos ellos magníficos caricaturistas, si bien su lenguaje radical no encuentra acomodo en los periódicos, sino en las revistas de cómics, donde todos ellos madurarán hasta definirse en espacios más o menos alejados de los antiguos movimientos contestatarios.
Historia de la caricatura en Francia
Creador de enorme talento, Honoré Daumier es una figura vesencial para el desarrollo de la caricatura francesa durante la primera mitad del siglo XIX. Caricaturista político y social, Daumier es uno de los colaboradores de Charles Philipon, el editor responsable de publicaciones satíricas como “La Caricature” (1830) y “Le Charivari” (1832).
El genial dibujante que fue Daumier es también uno de los primeros en sufrir las iras de la autoridad gubernamental, que no acepta ser tomada a broma. De origen marsellés, este autor comienza trabajando en la publicidad y su éxito posterior en el campo del humor gráfico se ve ensombrecido por la pena de cárcel que se le impone por caricaturizar al rey Luis Felipe de Orleans.
Contemporáneo de Daumier, Gustave Doré es un genial grabador, pero también un caricaturista de altura, hecho comprobable en gran parte de su obra. Un compañero de Doré y Daumier fue Guillaume Sulpice Chevalier, “Gavarni”, grabador, ilustrador y magnífico humorista gráfico de inquietudes sociales.
George Busson du Maurier es otro gran caricaturista francés de este período, si bien la mayor parte de su obra la publica en Inglaterra, donde colabora en “Punch” y otras revistas satíricas de calidad.
Y otro ejemplo brillante de la caricatura francesa del XIX es Jean Gérard “Grandville”, elogiado por literatos como Victor Hugo y Charles Baudelaire. Pese a que “Grandville” fallece en 1847, mucho antes de que el surrealismo se defina, distintos teóricos hablan de él como un antecedente de ese movimiento artístico.
Todos estos dibujantes, junto a los pioneros Louis-François Charon, Louis-Léopold Boilly y Jean-Baptiste Isabey, forman la primera generación de caricaturistas franceses.
Su obra pone las bases del humor gráfico francés, que más adelante, ya en el siglo XX, contará con un número importante de practicantes, tan destacados y distintos entre sí como Louis Forton, “Sempé”, Marcel Gotlieb y “Cabu”.
Historia de la caricatura en Alemania
Los caricaturistas alemanes del XIX hacen humor a costa de los tortuosos engranajes del poder, aunque también saben reírse de los estereotipos nacionales, sobre todo de la burguesía urbana.
Las revistas satíricas “Kladderadatsch”, “Fliegende Blätter” y “Punsch” ponen en cuestión esas materias a través de caricaturas de gran valor artístico y corrosiva comicidad, como las de J.C. Schleich, un dibujante incisivo, que prefigura el carácter mordaz de publicaciones como “Simplicissimus” (1896), que proporcionarán una visión sarcástica de Alemania hasta la llegada al poder de Adolf Hitler, que censurará y cerrará la mayoría de las publicaciones satíricas.
El humor de “Simplicissimus”, editada en Munich, presenta una síntesis de influencias artísticas, que luego desembocarán en movimientos como el dadaísmo y el surrealismo.
Uno de sus caricaturistas, Heinrich Kley, dibuja animales antropomorfos y deidades mitológicas para realizar su sátira de costumbres. Comnpañero suyo, Eduard Thöny se afirma como un gran ilustrador y un humorista de talento. Lo mismo cabe decir de Fritz Meinhard, caricaturista del diario “Stuttgarter Zeitung”.
Salvando la oscura etapa del nazismo y la ocupación de postguerra, los humoristas gráficos de la segunda mitad del siglo XX han sabido responder al elevado nivel de calidad de la prensa en Alemania.
A partir de los años cincuenta, no hay pautas prescritas ni tampoco corrientes artísticas que se puedan identificar, pues cada caricaturista se atiene a la ideología de su diario y a un particular modo de entender el dibujo.
Pero dentro de la gran diversidad de la prensa germana, cabe citar los nombres de Markus, antiguo colaborador de “Der Stern”, y Karl Arnold, uno de los mejores dibujantes de “Die Welt”. Tras ellos, una dinámica generación de artistas sigue interpretando la realidad alemana con sarcasmo. Buen ejemplo de ello es Gerhard Seyfried, dibujante formado en el entorno contracultural y dotado de un sentido del humor muy original.
Historia de la caricatura en Portugal
La primera experiencia caricaturesca en Portugal se sitúa a mediados del siglo XIX, cuando empiezan a proliferar publicaciones satíricas, al estilo de “O Torniquete”, “Duende”, “Demócrito” y “O Patriota”, que incluyen dibujos de humor en sus páginas.
Los historiadores ha convenido en señalar a “Cecília” como el pionero de los caricaturistas portugueses, si bien puede superarlo en trascendencia Manuel María Bordalo Pinheiro, que desarrolla su obra gráfica a lo largo del XIX. En la medida en que se perfila como el gran humorista gráfico del siglo pasado, su nombre acaba resultando más conocido que el de otros dibujantes de gran mérito, como Nogueira da Silva y Manuel Macedo.
Al margen de referencias como las citadas, la moderna caricatura portuguesa cuenta con artistas muy valiosos, como “António”, cuyo dibujo demuestra una técnica depurada.
Historia de la caricatura en el Reino Unido
La caricatura inglesa nace en la primera mitad del siglo XVIII, gracias al trabajo pionero del pintor y grabador William Hogarth, testigo atento de su tiempo, capaz de reflejar con humor detalles de cotidianeidad que aún hoy mantienen su vigencia. A Hogarth lo sigue en esta historia del humorismo británico James Gillray, que, ya en la segunda mitad del XVIII, practica la caricatura política con singular destreza y un atrevimiento que roza el descaro.
Con la llegada del siglo XIX, las revistas satíricas encuentran un generoso espacio en la prensa de las islas, y cabeceras como “The Monthly Sheet of Caricatures” (1830) salen al encuentro de un público fiel, que disfruta con los dibujos humorísticos de Robert Seymour, John Doyle y Richard Doyle, los tres principales colaboradores de esa publicación. Una década después sale a la venta el primer número de “Punch” (1841), la revista fundada por Henry Mayhew que, aun coincidiendo en su línea editorial con el ideario republicano, va a ser el símbolo del humor durante el periodo victoriano, monárquico en el más amplio sentido.
En sus páginas pueden hallarse retratos caricaturescos de las figuras de moda, ejecutados por John Tenniel, George du Maurier, John Leech, Phil May, Linley Sambourne y Charles Keene. La época dorada de “Punch” va desde 1841 hasta 1914, época en que también sobresalen otros caricaturistas como Max Beerbohm, que se valen de la sátira como un revulsivo frente al estancamiento de ciertos sectores de la sociedad.
Es bien cierto que durante la segunda mitad del XIX hubo en el mundo anglosajón un rígido modelo social que testimonia con crudeza la caricatura, del todo opuesta al puritanismo imperante. Puede apreciarse en la revista “Vanity Fair” (1868), a través de los chistes dibujados por sus dos humoristas principales, Carlo Pellegrini “Ape” y Leslie Ward “Spy”.
Pero la escasa docilidad de los caricaturistas ante el poder tiene otra faceta curiosa, pues a lo largo del siglo XIX y en los primeros años del XX, se da el caso en Gran Bretaña de ilustradores de libros infantiles que compatibilizan esta labor con su trabajo como ácidos caricaturistas de prensa. En algunos casos, estos artistas, aun no manteniendo un trabajo continuado en los periódicos, recurren a la caricaturización de los personajes en su obra gráfica para niños.
Es el caso de Edward Lear, cuyo dibujo esquemático y expresivo juega con la exageración de ciertos rasgos físicos. El artista francés Edmund Dulac, emigrado a Inglaterra en 1904, es, aparte de un maestro de la acuarela, un eficaz creador de personajes decididamente caricaturescos. Henry Wenston Keen desarrolla en su trabajo como ilustrador una notable habilidad para el dibujo de figuras grotescas, distorsionadas.
Y lo mismo cabe afirmar acerca de creadores como Henry Holiday, Ernest Henry Griset y Arthur Rackham.
El recurso a la caricatura es frecuente asimismo en dibujantes cuya obra es ajena al mundo periodístico, como Aubrey Beardsley. A propósito de Beardsley se puede escribir valorando su categoría como ilustrador por encima de Leonard Brooke, Arthur Silver, Lionel A. Bowen y otros que, como él, trabajaron en las revistas artísticas más influyentes del XIX.
Los dibujos de Beardsley, caracterizados por el uso de modelos decorativos planos, al estilo de los grabados japoneses, reflejan una total maestría en la composición que pronto habría de ejercer su influjo sobre ilustradores, diseñadores y caricaturistas de toda Europa. Y esa importancia no se limita a este magistral dibujante, pues otros como Tenniel o Rackham también sirven de modelo a otros artistas del humor gráfico y la ilustración cómica, conservando el liderazgo británico en este terreno a comienzos del siglo XX.
Si la prensa de Inglaterra en ese periodo tuvo empeño en contratar a los mejores dibujantes, lo cierto es que a esa etapa de esplendor la siguió una relativa decadencia. No obstante, tras la Segunda Guerra Mundial se consolida un notable grupo de humoristas gráficos que, en no pocos aspectos, recuperan el genio de sus antecesores. Conviene subrayar en ese sentido la obra de “Ionicus”, “Sprod”, Ronald Searle y Leslie Starke.
Historia de la caricatura en Oceanía
Siguiendo el estilo de publicaciones que se dan en Gran Bretaña a lo largo del siglo XIX, en Australia surge una considerable industria periodística que de inmediato incorpora a los caricaturistas en sus plantillas.
La sátira de costumbres resulta uno de los asuntos de mejor acogida popular. G.R. Ashton, caricaturista del diario The Bulletin a fines del siglo XIX, trata diversos temas, que van desde la vida en las ciudades a la difícil aceptación de los aborígenes.
En el mismo diario colabora Phil May, cuyo trazo eficaz y peculiar sentido del humor lo asemejan a Ashton. El neozelandés David Low colabora primero en el “Sydney Bulletin” y luego se traslada a Inglaterra, donde se cotiza como caricaturista de gran calidad. Entre los humoristas gráficos más notables durante los años treinta del presente siglo figura Stan Cross, un profesional ejercitado en la caracterización de los personajes típicos de la sociedad australiana de entreguerras.
Historia de la caricatura en Japón
La comicidad habitual en las pinturas japonesas realizadas en el estilo caricaturesco tobae, prefigura desde tiempos antiguos el auge que la sátira y el humor iban a tener en el dibujo de aquel país a lo largo de los siglos venideros. Entre fines del XVIII y principios del XIX, numerosos artistas de pintura sobre tabla (ukiyo-e) darán muestra de su eficacia en la caricatura.
Retratando a diversos actores del teatro kabuki, el pintor Tôshusai Sharaku recurre a la estilización de los rasgos faciales, exagerando la gestualidad y pronunciando en extremo aquellos detalles físicos más característicos. Se hace también presente la caricatura en las escenas de costumbres retratadas por Kawamura Bunpô y en los cuadros festivos de Saitô Shuho y Nishimura Nantei.
En el mismo período cabe situar la obra Mono fumando en pipa (1827), de Kawamura Kihô, que recuerda en gran medida el dibujo de caricaturistas occidentales como Tenniel o Grandville. No obstante, destaca sobre los creadores mencionados la obra de Katsushika Hokusai, quien elaboró hacia 1834 una serie de grotescas caricaturas que diversos especialistas definen como antecedente directo del manga o cómic japonés.
Con la llegada a la ciudad de Yokohama del dibujante británico Charles Wirgman, la sátira gráfica de mediados del XIX recibirá un nuevo empuje, pues este artista fundará la primera revista nipona dedicada al humor y la caricatura, The Japan Punch.
Esta publicación cederá paso en 1905 a Tokyo Puck, revista de humor íntegramente realizada por artistas japoneses y dirigida por el caricaturista político Rakuten Kitazawa, origen de una escuela de caricaturistas en la que destaca Ippei Okamoto, ligado profesionalmente al diario Asahi Shimbun.
Otro artista extranjero, el francés George Bigot, publica en el primer tercio de siglo el diario satírico Tobaé, uno de los varios que fueron apareciendo hasta los años treinta. Precisamente en esa década desarrollan su trabajo caricaturistas como Jun Iwamatsu y Ryuichi Fokoyama.
Estos y otros dibujantes popularizarán hasta tal extremo el recurso de la caricatura, que ésta se irá integrando de forma natural en el lenguaje del cómic japonés, peculiar precisamente por esta característica: incluso en las historietas menos frívolas, los creadores incluirán viñetas con imágenes caricaturescas de los personajes protagonistas.
Tratándose de creaciones para adultos, esta alternancia del realismo gráfico con el empleo de la caricatura más extremada es prácticamente única en el cómic internacional.
Ilustración: Thomas Nast. El secretario de interior Carl Schurz vacía el buró indio en el Departamento de Interior. Caricatura publicada en Harper's Weekly, el 26 de enero de 1878.
Esta es una versión expandida de varios estudios anteriores. En particular, incluye citas de varios artículos que escribí entre 1996 y 2001 para la Enciclopedia Universal Multimedia, de Micronet. Asimismo, contiene algunas reflexiones y referencias que publiqué en los libros Perspectivas de la comunicación audiovisual (2000) y La cultura de la imagen (2006).
406 días atrás
43 días atrás
43 días atrás
50 días atrás
97 días atrás
1379 días atrás
1068 días atrás
2529 días atrás
1799 días atrás
2529 días atrás
4724 días atrás
1071 días atrás
1436 días atrás













































































