Historia del cómic franco-belga

QueteMás allá de personajes como Tintín o Astérix, o de fórmulas estéticas como la línea clara, el cómic franco-belga se identifica con una filosofía creativa en la que se alternan la audacia y la comercialidad. Como veremos a continuación, su historia está llena de continuas y atractivas sorpresas para el aficionado.

A causa de su identidad idiomática y estética, la historieta francesa y belga suele estudiarse en conjunto. En Francia, el cómic parte, según Henri Filippini, “de las estampas de Epinal, que desde 1735 circulaban por toda Francia gracias a los buhoneros”.

Entre los pioneros del cómic francés de comienzos del siglo XX destaca Louis Forton, quien convierte a Les Pieds Nickelés (1908) en una historieta de referencia durante muchos años (él mismo la dibuja hasta su muerte, 1935; posteriormente la continúan varios artistas).

No obstante, el sector del cómic francés se mantendrá en gran medida alejado de las líneas desarrolladas en otros países –sobre todo en lo que se refiere a la concepción de la viñeta y a la inserción de textos–, salvo las aportaciones de Alain Saint–Ogan, el creador de Zig et Puce (1925), Marcel Turlin “Mat” (Pitchounet, 1928; Oscar le petiti Canard, 1941), o René Pellos (Futuropolis, 1936).

Estos y otros muchos fueron los responsables de la producción de historietas francesas aparecidas en publicaciones de referencia, durante un periodo en el que el cómic estadounidense ya dominaba el mercado.

A lo largo de estas primeras décadas del siglo XX, Bélgica vive una situación diferente, pues cada uno de sus dos idiomas la identifican con otras realidades geográficamente próximas (por un lado Holanda, por otro Francia). Partiendo de esta realidad, no es de extrañar que el cómic francés entre tan de lleno en la sociedad belga.

Indudablemente, su obra más característica de la línea clara va a ser Tintin (1929), de Georges Rémi “Hergé”, uno de los personajes más famosos del mundo de la historieta. Sin embargo hay otras publicaciones que también atraen la atención de los lectores. Tal es el caso de la revista “Le journal de Spirou” (1938), en cuyas páginas aparece el personaje Spirou, creado por el francés Rob-Vel (Robert Velter). La supera en popularidad la revista “Bravo” (1940), editada en francés y flamenco.

En esa estela, se suceden otras publicaciones de menor difusión, pero que sirven de plataforma para que los dibujantes del país puedan reproducir sus trabajos. Son fechas de fuerte competencia con el cómic estadounidense (la mencionada revista “Bravo” alterna esta producción junto con la nacional).

Joseph Gillain “Jijé”, Edgar Pierre Jacobs, Sirius, Jacques Laudy, Guy Depière, figuran entre los artistas que, por su éxito internacional, contribuyen por estas fechas a difundir el cómic belga, caracterizado por un grafismo sencillo, ajeno al barroquismo descriptivo. De ahí que, por afán de síntesis, reciba el nombre de “línea clara”.

Ese auge de la historieta local cobra fuerza tras la Segunda Guerra Mundial, a través de revistas temporalmente clausuradas durante la contienda. Entre las historietas de fama por esas fechas sobresalen Blake et Mortimer (1946), de Jacobs; Buck Danny (1948) y Le Démon des Caraibes (1959), de Victor Hubinon y Jean–Michel Charlier; Dan Cooper (1954), de Albert Weinberg. Algunos de los discípulos de Rob–Vel, que habían empezado en la revista “Spirou”, comienzan a publicar sus historias, algunas de tanta trascendencia como Lucky Luke (1946), de Maurice de Bevere “Morris”.

Por estos años comienzan a trabajar en Bélgica Albert Urdezo y René Goscinny, pilares, junto a Jean Michel Charlier de la revista juvenil “Pilote”. Tan buena es su acogida, que llega a competir ventajosamente con “Tintin” y “Spirou”. Y en las páginas de “Pilote” aparecen las primeras imágenes de un galo llamado Astérix (1959), con dibujos de Uderzo y guiones de Goscinny, quien desde 1955 se había hecho cargo de los guiones de Lucky Luke. Ambos títulos van a simbolizar, en buena medida, el apogeo internacional del cómic franco-belga.

Blake y Mortimer

Otro éxito de la industria local es Blueberry (1963), un western escrito por Jean-Michel Charlier e ilustrado por Jean Giraud “Moebius”. El día 31 de octubre de 1963, el número 210 de la revista “Pilote” publica la entrega inicial de Fort Navajo, el primer cómic de ese teniente Blueberry que es, por derecho propio, una de las figuras más conocidas de la historieta europea. Publicada en forma de álbumes o en revistas como “Tintin” y “Métal Hurlant”, las aventuras de Blueberry irán creciendo en intensidad dramática y preciosismo gráfico, pues tanto Charlier como Giraud van mejorando su nivel profesional. Influidos por la estética del subgénero cinematográfico denominado spaghetti-western (el western europeo), retratan un Oeste muy alejado en su imagen de aquél popularizado por Hollywood en los años cuarenta y cincuenta.

A partir de 1968, Charlier y Giraud inician una serie paralela, anterior en el tiempo, La juventud de Blueberry, que será editada inicialmente en la revista “Superpocket Pilote”. Entre 1985 y 1989, esta colección será continuada por Charlier y el dibujante neozelandés Colin Wilson. Pero Charlier fallece el 10 de julio de 1989, lo que obliga a que un nuevo guionista, François Corteggiani, continúe el trabajo con Wilson hasta 1994. Por su parte, Jean Giraud, que emprende en solitario la realización de los nuevos álbumes de la serie convencional, decide iniciar otra saga paralela, Marshall Blueberry, cuyo dibujo corre a cargo de William Vance desde 1991.

Mientras el cómic belga vive uno de sus mejores momentos, el francés tiene que esperar unos años para encontrarse con una nueva etapa. No obstante, en los sesenta convergen en Europa numerosos acontecimientos políticos y culturales en los que el cómic también se dejará atrapar.

En este sentido, hay que tomar como punto de partida la editorial Le Terrain Vague, propiedad de Eric Losfeld. Por lo demás, de todo ese fermento creativo, la apuesta más singular será Barbarella.

Cuando en abril de 1962 aparece la primera historieta de Barbarella en el número 566 de la revista francesa “V Magazine”, se abre un nuevo periodo del cómic para adultos. Esta serie de ciencia-ficción, llena de erotismo y sensualidad, pronto sufrirá las consecuencias de su audacia, pues la censura de los diversos países donde se publica la serie impone sus condiciones.

El creador del personaje, Jean-Claude Forest, se ve obligado a retocar ciertos contenidos, para ceder a las exigencias de un mercado editorial que aún no está preparado para explotar productos tan inusuales. Sin embargo, ello no limita las posibilidades profesionales de Forest, que en 1962, el año del nacimiento de la heroína, es nombrado director artístico de una organización de prestigio, el Club des Bandes Desinés, cuyo presidente, Francis Lacassin, apoya de manera resuelta al dibujante, que cuenta por entonces 32 años y ya tiene a sus espaldas un notable currículum profesional en el campo del cómic y el diseño gráfico.

El universo sexual no se limita a este personaje. Le seguirán Les aventures de Jodelle (1966), del belga Guy Peellaert y el francés Pierre Bartier, Scarlett Dream (1967), de Robert Gigi y Claude Moliterni, Saga de Xam (1967), de Jean Rollin y Nicolas Devil, y Ulisse (1968), de Georges Pichard.

El comentario que Román Gubern realizaba sobre la obra de Rollin y Devil, nos puede servir para entender, en gran medida, lo que aportan estos trabajos.

“Comic extraordinariamente ambicioso, cupieron en él todos los virtuosismos y todas las piruetas iconográficas, que incorporaban prácticamente toda la herencia estética que iba desde el clasicismo de Foster hasta la sensibilidad pop, pasando por el estilo fotográfico y las formas vegetales y románticas del Art Nouveau, sin olvidar las experiencias del ‘simultaneísmo’ futurista. Este provocador amasijo, en el que tampoco faltaron las referencias gráficas y estilísticas exóticas (de Egipto y China), condujo a brillantísimos hallazgos formales, que reproducían los mecanismos de asociación de imágenes en el sueño, pero condujo también en ocasiones a un dificultoso hermetismo, cuyo ejemplo más patente lo suministró el código de equivalencias de signos verbales utilizados en el libro con el alfabeto latino, inserto como apéndice al final del volumen. No a una voluntad esotérica, en cambio, se debieron los textos con letra demasiado diminuta (al punto de exigir para su lectura una lupa, entregada al volumen), sino a un error de cálculo acerca de la reducción de las planchas originales. De tal modo que esta ‘catedral del cómic’, apasionante pero un poco monstruosa, señaló los límites a la creciente y desbocada sofisticación intelectual de una vanguardia que corría el riesgo de conducir a la incomunicación con los lectores, reemplazando el placer de la lectura por la laboriosa tarea del sofisticado aristocratismo highbrow, sólo apta para los lectores con abundante tiempo libre” (Gubern, Román: “Nacimiento del cómic adulto en Francia”, en Coma, J., dir.: Historia de los cómics, Toutain, Barcelona, 1983. Tomo II, pág. 651).

La revista “Pilote”, editada por Dargaud, continúa sosteniendo la producción de los nuevos dibujantes y guionistas que van llegando al mundo del cómic franco-belga. Aunque pasa de semanal a mensual en 1974, ello no impide que se consolide como una de las más importantes cabeceras del tebeo internacional, por cuyas páginas irán pasando entre otros, Régis Franc, Gérard Lauzier, Pierre Christin, Jean-Claude Mézières, Claire Bretécher, Jacques Tardi, el yugoslavo Enki Bilal o los españoles Víctor de la Fuente, Víctor Mora y Florenci Clavé.

Jean Giraud “Moebius”, que empezó también en “Pilote” y forma parte de un colectivo de artistas franceses denominado “Les humanoides associés”, al que también pertenecen Phillipe Druillet, Jean-Pierre Dionnet y Bernard Farkas, impulsa la fundación de la revista “Métal Hurlant” (1974) que se expandirá rápidamente por todo el mundo bajo el título “Heavy Metal”.

En esta línea se mantendrá el cómic francés hasta los años noventa. Son los años de Lone Sloane (1970) y Urm le fou (1974), de Philippe Druillet, Tranches de vie (1975), de Gérard Lauzier, Arzach (1975) de “Moebius”, Les naufrages du temps (1977), de Paul Gillon, Adele blanc-sec (1977), de Jacques Tardi, La vengeance d’Arn (1980), de Jean-Pierre Dionnet y Jean-Claude Gal, Partie de chasse (1981), de Pierre Christin y Enki Bilal, y La Diva et le Kriegspiel (1981), de Pierre Christin y Annie Goetzinger, magníficos ejemplos de lo que se entiende por cómic de autor.

Ni que decir tiene que muchos de estos trabajos comienzan a recibir y proyectar influencias sobre medios como el cine y la televisión, que también experimentan un cambio en sus planteamientos temáticos, reconduciendo sus producciones hacia un nuevo público.

Para leer los capítulos de esta historia del cómic, sigue los siguientes enlaces:

Historia del cómic estadounidense (1893-1930)

Historia de la caricatura

Historia del cómic estadounidense (1931-1945)

Historia del cómic estadounidense (1945-2008)

Historia del cómic italiano

Historia del cómic latinoamericano

Historia del cómic español

El cómic franco-belga y la pintura

Historia del cómic franco-belga

Historia del cómic británico

Cine en el cómic, cómic en el cine

Blake y Mortimer. El caso del collar © Edgar P. Jacobs. Cortesía del Departamento de Prensa de Norma Editorial. Reservados todos los derechos.

Esta es una versión expandida de varios estudios anteriores. En particular, incluye citas de varios artículos que los autores escribimos entre 1996 y 2001 para la Enciclopedia Universal Multimedia, de Micronet. Asimismo, contiene algunas reflexiones y referencias que publicamos en los libros Perspectivas de la comunicación audiovisual (2000) y La cultura de la imagen (2006).

 

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