Alfonso Azpiri, nos deleita con las historias de Lorna, la heroína interestelar más sexy de la galaxia. Aventuras llenas de fantasía, acción, humor y la sensual desfachatez de la bella protagonista.
Lorna es un personaje mítico de los años 80 en España, obra del no menos mítico dibujante Azpiri. Su publicación en una edición integral, de la que en noviembre se lanza su primer número, viene acompañada de un prólogo de Álex de la Iglesia, creador de obras como El día de la bestia o Los crímenes de Oxford. Mientras esperamos a poder comprar Lorna: Edición integral, podemos ir entrando en materia con esta introducción del cineasta, que agradece a Azpiri su aportación al mundo del cómic con la erótica Lorna.
Álex de la Iglesia escribe un prólogo para Lorna
«Qué vueltas da la vida –escribe Álex de la Iglesia–. Alfonso Azpiri, un dibujante y un amigo delicioso. Una persona admirada y querida. Uno de esos pocos tipos de los que te sientes orgulloso de decir: "Le conozco, somos amigos".
Y de pronto nos vemos enfrascados en un asunto tenebroso. Alguien me dice: “¿Has leído lo de Azpiri en el periódico? Dice que le has copiado el personaje de Lorna en tu serie. Qué fuerte”. Lo primero que pensé es que mi amigo había leído mal. Busqué el periódico, lo leí. Nada más terminar la última línea, sabía qué había pasado.
Estaba claro que ni él lo había dicho, ni siquiera pensado, y es más: nadie de su entorno lo había hecho. Ya tenía yo experiencia en estos temas, una experiencia acumulada de años. Era cosa de los gacetilleros de baja estopa, esos amigos incansables de lo retorcido y lo escabroso, del mal rollo para vender papel amarillo (ahora se frotarán las manos: "¡Mira lo que ha dicho!". Lo sacarán de contexto y volverán a intentar hundirme. Evidentemente, no son todos. Solo unos pocos, quizá, pero hacen más ruido que un ejército de orcos). Inmediatamente llamé a Azpiri. Me dijo exactamente lo que me imaginaba: también a él se lo habían contado, y no había visto la serie.
A partir de esta triste historia, Alfonso y yo volvimos a estar unidos, y, fíjate, ahora que ha pasado el tiempo y seguimos tan amigos, pensé: me apetece escribir sobre él, decir algo sobre Alfonso, porque nuestra amistad nunca se vio manchada por la opinión de terceros. Ni la de él, ni la mía, y cuando lees algo publicado, aunque sea en un periodicucho, hasta mi madre se lo cree a pies juntillas.
Yo no me basé en Lorna para escribir el personaje. Y ni siquiera el nombre surgió de ahí. No fue un homenaje. Pero podría haberlo sido. Te aseguro, Alfonso, que no me hubiera importado que así hubiera sido. Es más, para mí, sería un orgullo.
Lorna me puso cachondísimo cuando la leí. Todos los cómics de Azpiri, desde la mítica Trinca, me han enganchado como la droga más pura. Ah, la juventud que anda ahora enganchada al manga quizá no conozca Trinca, pero era una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Así de claro. Ahora ya, tristemente, no se lleva eso de “revistas de cómics”. En 1984, en Cimoc, en Zona 84, en tantas otras, pude disfrutar de los trazos curvos, de las formas obscenas de las mujeres de Azpiri. Y Lorna, Dios, es la mejor de todas ellas. Lorna, con sus tetas imposibles, su pelo envolvente como una tormenta de humo, sus líneas suaves y contundentes. Lorna, esa mujer siempre soñada, tan cerca y tan lejos.
Apareció, como Nadiuska, en la revista Mastia, con su robot lascivo. Cuántas veces he asociado el olor de una mujer al olor de las páginas de un tebeo, o de una revista. De hecho, creo que los tebeos y las mujeres son las dos únicas entidades susceptibles de ser poseídas que me inspiran una inquietud olfativa. Lorna huele a papel cuché, huele a nuevo, huele a álbum caro, huele a lujo.
Azpiri sabe hacerlo. Sabe lo que queremos. Sabe qué es lo que se oculta en lo más profundo de nuestros cerebros. Azpiri no lo esconde como otros cobardes. Nos lo muestra, nos regala sus sueños, sus deseos. Gracias a Alfonso tenemos una mujer que nunca existirá en carne y hueso, ni falta que hace, porque ninguna llegará a poseer las curvas con su trazo de tinta china.
Gracias, Alfonso, por hacernos felices. Gracias por ser tan honesto. Gracias por tu trabajo, que solo me provoca admiración y respeto. Y sobre todo, gracias por dibujar a las mujeres tan rematadamente bien, Dios, porque me ponen como una moto.» (Álex de la Iglesia)
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