
Libremente inspirado en la obra de Philippe Beaussant “Lully ou le musicien du soleil” publicada por Éditions Gallimard, La pasión del Rey está dirigida por Gérard Corbiau.
A los 14 años, Luis XIV sabe que reinará un día pero también sabe que harán todo lo posible para impedir que gobierne. Esto le acompleja.
Por medio de la danza, en la que el rey despunta, y gracias a la música que compone para él, Lully le revela a sí mismo, y luego al mundo.
Gracias a las músicas escritas para él y a las coreografías concebidas para revalorizar su figura, la crisálida Luis se transforma en el Rey Sol. El cuerpo regio bailando escapa de su carácter humano. Se hace ideal, Dios en la tierra... En él y para él, el estado adquiere un carácter intemporal, sagrado, incontestable...
Lully y su compañero Molière son los grandes maestros de ceremonia de este ballet a la escala de un reino: sus magos; Lully es su voz, y en buena parte su alma.
Ama con un amor loco y platónico al rey. Este amor será, hasta su muerte, su principio y su ley. Lullly cree que el Rey no puede prescindir de él. Está ciego y esta ceguera le perderá; Lully, después de Molière, se tambaleará en la noche.
Entrevista con Gérard Corbiau
¿Cuándo nace la primera idea de La pasión del Rey?
Probablemente hace unos diez años... Hace mucho que quería hacer una película sobre Lully, pero he necesitado mucho tiempo para encontrar la manera. Escarbando un poco, es decir leyendo mucho, me interesó la idea del “rey bailarín”. Conocemos poco este aspecto de Luis XIV: olvidamos que el rey era un fantástico bailarín, y que estaba directamente relacionado con el origen de la danza clásica, siendo ésta una de las perlas de la cultura francesa. Muy pronto, en toda Europa, se bailará “a la francesa”, con maestros de ballet franceses. Nada de esto habría ocurrido sin el ballet de la corte y sin un rey bailarín.
Un guión es una larga andadura y su escritura exige más de dos años. Nos propusimos algunos retos. Primero, hacer una película sobre la juventud del rey Luis XIV, y ver cómo este rey se adueña del conjunto de las artes, y más específicamente de la danza y de la música para imponer la imagen que quiere que tengan de él. Por este motivo la música ocupa el centro de la película. Es el personaje principal y, en el centro de la música, está el propio cuerpo del rey. Ésta es la trama de inicio: la relación entre el poder y la música. En segundo lugar, nos parecía necesario, por tanto, imaginar esta página de la historia de Francia a través de ese prisma, crearla de un modo que, quizá, nunca se haya contado, desde el ángulo de la música y de las otras artes: la danza, el teatro, la escultura, la arquitectura, la pintura...
¿Cómo se ha desarrollado el trabajo de escritura?
Primero, trabajando la idea con Andrée, mi esposa. Y luego me puse en contacto con Philippe Beaussant, cuyo libro “Lully ou le musicien du soleil” es un extraordinario compendio sobre el tema. La primera etapa de escritura siempre se desarrolla entre mi esposa y yo: inagotables conversaciones desde el desayuno hasta la noche. Escribimos, revisamos, corregimos, y luego, llega un momento en el que ya no lo vemos claro y necesitamos una colaboración externa. En un primer momento, vinieron en nuestro auxilio Didier Decoin, y más tarde la novelista Eve de Castro que conoce bien el siglo XVII y cuyo papel ha sido muy importante. Se trataba de construir una obra dramática a partir de una página de la historia que abarca un período de unos quince años. Y además, el tipo de cine que yo hago, en el que la música tiene un papel esencial, implica un trabajo guionístico específico.
¿De qué tipo?
La música tiene que encontrar su propio espacio. Para ello, se necesita un guión bastante conciso, bastante “desbastado” que permita a la música hacerse oír. Y se necesitan momentos dramáticos fuertes para que entablen con ella una relación de violencia. Intento que mi guión siga una línea dramática, sin digresiones inútiles, ni pausas descriptivas.
¿La elección de los fragmentos musicales forma parte de la escritura del guión propiamente dicha?
No, el guión es lo primero. La música viene después de los personajes. Pero la elección de los fragmentos y sus grabaciones, casi un año antes del rodaje, influyen en la escritura y, evidentemente, en la puesta en escena. Cuando se encuentra la música adecuada para una escena, la escritura de dicha escena va a cambiar. Es un trabajo que produce un gran placer, por otra parte: tiene un cierto toque mágico, es una emoción fuerte sobre la que uno se puede apoyar para trabajar.
¿Cómo eligió a Reinhard Goebel y a su grupo para dirigir la música?
Escuché las grabaciones de obras de Lully que existían. No eran muchas y no me entusiasmaban. Mi personaje era mucho más vigoroso, loco, apasionado que la música un poco ampulosa que podía escuchar. En realidad quería partir de cero: soy un loco del barroco, y hoy existe toda una corriente de interpretación que me gusta mucho por su manera de tocar la música con el brazo a mitad del cuerpo, lo que le da una vida y una fuerza nuevas. Con Daniel Lipnik, que es mi asesor musical, y con Philippe Beaussant, buscamos primero entre los músicos italianos. Y luego pensamos en Reinhard Goebel que estaba en el origen del movimiento barroco reciente. Cuando escuchamos un disco en particular fue decisivo: Goebel ha exhumado la obra de un autor poco publicado, Heinicken. Consigue, con una energía loca, respetar toda la musicalidad alcanzando, al mismo tiempo, una cierta violencia. Es esta la violencia que ha aportado a Lully, pero también ritmo y un cierto toque festivo que me gusta mucho y que no había oído nunca.
¿Esta manera de interpretar a Lully, es una cuestión de gusto personal o un deseo de autenticidad histórica?
Un poco las dos. Tenemos la mala costumbre de considerar la música de Lully como música de concierto y se trata de música para la escena, hecha para el movimiento. Pero, por otra parte, creo que volver a encontrar la escritura original de esta música, que era la utopía de los músicos “barrocos” de los años 70, es imposible. No sabemos cómo se interpretaba esta música, no podemos saberlo: sin duda era en parte inaudible, porque se tocaba en lugares, a menudo, mal sonorizados, o tapada por el ruido de los bailarines que aún no bailaban en calcetines. Y además, ¿no es demasiado utópico querer reconstruir una sensibilidad desaparecida para siempre y que, por otra parte, nos habría costado mucho apreciar puesto que está a cien leguas de nuestra manera de vivir y de nuestros gustos?
¿Cómo definiría la relación que se crea entre Luis XIV y Lully?
Para entenderlo hay que imaginarse a Luis XIV, rey coronado a la edad de quince años. Es el representante de Dios en la tierra, pero es un joven tímido y con miedo al poder; éste último ha sido arrebatado por otros. Y sufre, porque posee un orgullo desmesurado. Sin embargo, se expresa maravillosamente por medio de la danza. Encontrará en Lully el intérprete ideal. Lully, artista y político, va a aprender a anticiparse a los deseos del rey, va a comprender la imagen que el rey quiere dar de sí mismo... Y, como buen cortesano, piensa también en sí mismo, sabe que consolidar el poder del rey, equivale también a garantizar su propia seguridad.
¿Lo que acaba de contarnos es la Historia, o la película?
Otra vez, las dos. El modo en el que el rey utilizó el arte para transmitir la imagen que quería que tuvieran de él está admitido por los historiadores. La única explicación de la unidad del arte clásico en Francia es la presencia centralizadora de un rey–artista. Luis XIV es, en cierto modo, el productor de la cultura clásica: porque estos artistas únicamente podrán expresarse si hablan de él, si transmiten una imagen suya. Todo es política. Es el sentido de los papeles que interpreta en el ballet: Júpiter, el rey de los Dioses, Apolo, la figura del Dios–sol, etc. Pero en una película, estos personajes históricos se convierten en personajes de ficción, con su propia psicología. La creación empieza cuando uno se libera de las trabas históricas. ¿Lully estaba enamorado del rey? No lo sabemos; sabemos que era homosexual y, sin embargo, tuvo seis hijos, sabemos que los devotos lo atacaron por libertino. Nunca sabremos la verdad.
¿Cuáles son las etapas de la toma de poder del rey que muestra a través de la danza?
Empieza con el Ballet de la Noche, en el que el rey aparece como Sol Naciente, y hace bailar a su lado a los hijos de los antiguos enemigos de la Fronda. ¡Es, digámoslo así, una coreografía de reconciliación nacional! En realidad, las cosas no ocurrieron exactamente así pero, en la boda del rey, unos años más tarde, un ballet de Lully subió a la escena al Gran Condé, el enemigo de ayer, bailando al lado de su soberano, como símbolo de sumisión. Después, el ballet de Júpiter, que Luis XIV bailó realmente en la muerte de Mazarino, se convierte para nosotros en la danza de toma de poder: ha retomado las riendas del reino de aquellos que se lo habían arrebatado. Luego, están los ensayos de una obra bailada durante la agonía de la reina madre: vemos que el rey está en el centro, y que la nobleza gira alrededor de él como los planetas alrededor del sol. Por último, el Ballet de Apolo, el ballet del absolutismo, el último que el rey baila.
¿Su caída es auténtica?
Es una cuestión sobre la que los musicólogos no se han puesto de acuerdo. Sabemos que Luis XIV bailó este ballet una vez en Les Amants Magnifiques, y luego, que, sin explicación alguna, le pidió a un bailarín que le sustituyera. Ya no volveremos a ver bailar al rey. Un texto de la época precisa que el rey se había preparado hasta el agotamiento, “hasta caer enfermo”. ¿Se había herido? Dramáticamente, era la solución más satisfactoria. Pero hay que decir también que con la Academia de Baile que había creado, llegaban los primeros bailarines profesionales. La danza se hacía cada vez más complicada, quizá simplemente Luis XIV no podía seguir el ritmo...
En cada baile, se diría que se trata más de un conjunto escultórico que de una coreografía. La pose triunfa sobre el gesto...
Este baile de corte requería una enorme fuerza y habilidad. Era un baile difícil, muy físico y la coordinación de movimientos (piernas, manos, cuerpo entero) estaba marcada por un simbolismo muy riguroso. En la época que nos ocupa, estos ballets los bailaba una nobleza guerrera y arrogante, violenta y viril, y cuya imagen se aleja sobremanera de la que encontramos a veces para este tipo de coreografía, a menudo galante, por no decir femenina. ¿Lo era realmente? Era un baile de hombres, un baile de poder. Es la opción que hemos elegido y gracias a ello, hemos dado a este baile un toque moderno. Béatrice Massin, la coreógrafa con la que hemos trabajado, manifestó de entrada, su deseo de ponerse al servicio de la película, mejor que imponer una idea un tanto estereotipada de la danza barroca. Hubo cuatro meses de ensayos antes del rodaje, con los bailarines y los actores, con lo que para nosotros eran algunos elementos esenciales: el deseo de una danza viril, casi guerrera, para expresar esta idea de una danza de poder; y además, por la misma razón, la voluntad de una danza bien apegada al suelo, y no expresada por el salto.
Da la impresión – y los actores que ha elegido contribuyen más a ello – de que el Rey, Lully y Molière forman un trío de amigos felices que la razón de estado, las intrigas y las traiciones van, poco a poco, dividiendo y separando...
Creo que hay un poco de eso. Es un trío de hombres a los que va a destruir el poder... Cuando escribo, no pienso en ningún actor, y luego siempre llega el momento delicado en el que hay que encarnar a esos personajes. Benoît Magimel me pareció claro desde el principio: lo comprendí rápidamente, había en su pelo rubio una fragilidad extraordinaria bajo una aparente dureza. Boris Terral se impuso para Lully porque tiene también una gran fragilidad, una sensibilidad sorprendente aunque interprete a un ser violento. Su belleza es importante, la “fotogenia” también cuenta. Elegir a Tcheky Karyo para interpretar a Molière, supongo que resulta sorprendente. ¡Pero rebosa tanta humanidad, tiene una voz tan suave! ¡Molière es el amigo, Molière es él!
Usted ha realizado cuatro películas para el cine. Tres de ellas conceden un gran espacio a la música. ¿Es esencial para usted?
Es una cuestión de estética cinematográfica y, por tanto, es esencial. Mi mayor deseo es el de promover una especie de matrimonio peligroso entre el cine y la música. Un cine en el que la música ya no estaría en segundo plano. En La pasión del rey, como en el Maestro de Música y en Farinelli, la música es el elemento central de la película. Es uno de los personajes fundamentales del relato. Dando tanta importancia a una de las componentes del lenguaje cinematográfico, la música, quiero colocarla en una posición privilegiada para ponerla en el mismo plano que la ficción, y que los dos elementos – música y ficción –, de este modo, puedan interprenetrarse y fusionarse sin que ninguno de los dos sufra en esta cohabitación. No es evidente porque la fuerza de la imagen es muy grande: a veces, hay que borrar la imagen para que la música pueda ser escuchada. Busco una expresión “operística” que gracias a los técnicos de sonido podemos, hoy, realizar alegremente.
Trasfondo histórico
El siglo XVII en Francia es más complejo de lo que parece. Es el período que marca un hito hacia el mundo moderno. Cuando Luis XIII muere en 1643, su hijo sólo tiene 5 años. Francia va a estar regida durante casi 20 años por una mujer, española para más señas (a pesar de su nombre, Ana de Austria), y por un italiano.
Dos extranjeros, y, para más ignominia, uno de ellos, una mujer... Situación ideal para todos aquellos que tengan alguna razón para quejarse, reivindicar, levantarse o atrapar una parcela de poder, se den prisa por conseguirlo. Richelieu había maltratado a casi todo el mundo, sobre todo a la nobleza: era el momento de la venganza.
Todo ello desemboca en la Fronda, una especie de revolución fallida, en la que todas las fuerzas centrífugas del reino se unieron para sacar algo. Será necesaria la habilidad de Mazarino y la falta de coordinación de los grandes, de los nobles, de los parlamentarios, de los comerciantes, de las gentes de Iglesia y del pueblo llano, para que el poder vuelva intacto al joven Luis XIV.
Pero la Fronda dejará, sin embargo, graves secuelas: la infancia del joven rey estará enormemente marcada por ella (fuga en plena noche, desconfianza hacia la ciudad de París, desconfianza hacia la nobleza...) Una gran parte de sus decisiones futuras se explicarán por este acontecimiento.
El reinado de Luis XIV es doble. Las dos partes resultan de un corte que se produce hacia 1685, todo es tan distinto: las maneras de ser, la manera de vivir, las diversiones, la ropa, los gustos, los placeres, incluso los lugares, que resulta difícil creer que son los mismos cortesanos, y que es el mismo rey.
La primera parte del reinado es viva y brillante; la segunda, grave y gris. Aquí, una corte ligera y casi lunática, adornada con cintas, con plumas, llevando “ringraves” (esta pequeña falda fruncida que los hombres llevan sobre las calzas) y el “fontange” (este peinado inaugurado por la bella señorita de Fontanges un día en el que se despeinó galopando en una cacería). Caracolean de victoria en victoria detrás de un joven rey del que sólo Bernini supo reflejar en mármol el porte altivo, el ardor y la vitalidad.
Pero, frente a esta joven corte de los años 1660–1685, está la “vieja corte”, constituida, en su mayor parte, por frustrados de la Fronda, los vencidos de ayer, que soportan mal las costumbres de la corte joven, su animación, su gusto por el placer y lo acostumbrada que está a la victoria.
Algunos esconden su acritud bajo una capa de moral y religión. Porque una parte importante de los vencidos de la Fronda está compuesta por partidarios de España desde el punto de vista político y desde el punto de vista religioso.
Hay por tanto, en el “partido de los devotos”, tan activo al principio del reinado, un pacto entre política, reivindicación, religión rigurosa y encorsetada, al estilo español y rigor moral. Algunos son sinceros, otros, simples arribistas. Todos ellos son temibles. Tratarán por todos los medios de domesticar a la vez al poder político (el rey) y al poder religioso (la iglesia de Francia, con la que no hay que confundirlos). La reina madre, Ana de Austria, tomará partido por los Devotos, lo que se explica, una vez más, por su atavismo español, cuyo rigor crece con la edad.
El joven rey tendrá que luchar duramente contra todas estas tendencias; muchas veces dando rodeos, otras, afrontando las cosas directamente, incluido el ir contra su propia madre, a pesar de su afecto por ella.
De nuevo, se puede ver como todo este marco, tanto político como moral, intelectual y religioso, se refleja en las obras de arte.
La vieja corte, la vemos reflejada en el viejo Corneille, en su amor por las viejas virtudes heroicas y nobles; el joven Racine, más violento y brillante, está infinitamente más cercano a la joven corte y a su joven rey, por el que manifestará durante toda su vida una especie de veneración.
Molière es el completo reflejo de la joven corte: ya sea en sus intermedios brillantes (la Princesse d’Elide, les Plaisirs de l’Île Enchantée) o en su denuncia de los Devotos y de su “tartufismo”: él también está en total connivencia con el rey.
Por último Lully: cada una de sus obras, sin excepción, participa de la vida de la joven corte: ballets de corte, intermedios, comedias–ballets, ópera, pero también grandes obras sacras (Te Deum, De profundis: victoria y duelo). Su muerte coincide con el cambio de tono del rey (1687).
La danza en el siglo XVII
Para nosotros, en el siglo XXI, la danza sólo puede ser dos cosas contradictorias: un arte difícil practicado por profesionales sometidos a durísimos entrenamientos o una diversión para todo el mundo, el sábado por la noche, y que no pretende ser un arte.
En el siglo XVII (como hoy en Bali) es un “arte para todos” que recorre todas las clases sociales, puesto que el minué de la corte es un baile popular; como en Indonesia, todo el mundo se reconoce en él. Pero la jerarquía piramidal de esta época hace que la nobleza deba ser las más “preparada”, y el rey, el más brillante de todos los nobles. Así, Madame de Sévigné, cuando va al campo, ve allí los bailes de la corte ejecutados por los campesinos, y lo encuentra muy bien; y el pueblo llano de París corre para ver bailar al rey sus propios bailes.
La sociedad de esta época creó un arte que era, a un mismo tiempo, común a todos y, a la vez, elitista, lo que podría parecer contradictorio...
La danza es, en cualquier caso, una actividad esencial de la nobleza, como la equitación y la esgrima. Todo joven “de buena cuna” la practica todos los días con asiduidad.
Porque es al mismo tiempo la expresión del ideal físico y moral de la época: un perfeccionamiento de la naturaleza.
Bailar, es ir más allá, llegar con tus miembros y tu cuerpo al súmmum de la gracia y de la armonía.
El “Ballet de Corte” fue, de este modo, durante más de cien años una de las ocupaciones favoritas de los círculos reales. Era un verdadero espectáculo, con trajes, decorados, tramoya.
Enrique III, Enrique IV, Luis XII y, sobre todo, Luis XIV destacaron en él. Se trataba de bailes difíciles, no era en ningún caso un juego de aficionados. La gente corría por ver el espectáculo que se ponía, a veces, varios días seguidos en una sala de 3000 sitios: y el cronista Loret se queja de haber estado a punto de morir aplastado en la puerta.
La música, reflejo de la armonía universal
Es una antigua tradición, que se remonta por lo menos a la Grecia Clásica, la de ver en la música, vinculada a las matemáticas, una especie de “modelo” de la armonía del mundo.
Esta reflexión, a la vez sobre el arte, sobre el hombre, sobre el mundo (y, por lo tanto, a la vez estética, psicológica, filosófica) recobra actualidad en el Renacimiento italiano: astrología y música, caminan de la mano. En la mentalidad de los hombres del Renacimiento, hay unas fuerzas misteriosas que actúan, entre el macrocosmo (los astros) y el microcosmo (el hombre), lo que, entre otras cosas, explica la importancia de la astrología en esta época.
Por tanto, dentro de su mentalidad, la música participa de ambos mundos: se mueve en el aire, tiene un poder emotivo sobre el hombre, sus leyes son matemáticas como el movimiento de los astros. Por eso funciona como “intermediario” entre ambos mundos. Los sonidos de la música, más sutiles que las formas físicas, tienen, por tanto, poder para comunicar el macrocosmo con el microcosmo. Tiene el poder de actuar sobre los seres. Son capaces, por su propia fuerza, de excitar la cólera, el amor, o de calmar las pasiones. Por eso, en la antigua leyenda, Orfeo, el inventor de la música humana, puede encantar a las bestias salvajes, mover las rocas, en una palabra, dominar el Universo: puede incluso dominar las fuerzas del otro mundo y bajar al Reino de los muertos para buscar a su amada Eurídice.
Por este motivo, si la música es la imagen de la armonía del mundo, el que ostenta el poder aquí abajo tendrá que tener algún tipo de relación con la música. De este modo, la aparición del joven rey en el papel del Sol en un ballet de corte tenía un significado profundo para todos los espectadores. Su danza simbólica en medio de las estrellas, causaba una fuerte impresión en ellos.
Luis XIV y la danza
Luis XIV practicó con pasión durante toda su juventud esta actividad “notable”, esta ceremonia mediante la cual el hombre barroco celebraba su dignidad (instante privilegiado en el que el hombre, por el espectáculo de su cuerpo y su rango, se manifiesta en toda su perfección).
Pero la transformó de manera insensible, y del “ballet de corte” hizo el “ballet del rey” en el que todo el espectáculo se organizaba alrededor de su persona. Con su música, Lully, le ayudará a conseguirlo, también él tan notable bailarín como compositor.
Luis XIV comprendió que el poder pertenecía a aquél que elaborase la mejor “imagen”. Lo que hoy significa la televisión, correspondía entonces al ballet. La diferencia es que un jefe de estado actual no contiene en sí mismo todo el estado, mientras que entonces la encarnación del reino en la persona de su rey era tan total que el “cuerpo del rey”, como lo llamaban, se identificaba completamente con su reino.
Lully conseguirá encontrar, en cada etapa de la transformación de la persona del rey, de su “querer ser”, de su “querer ser su reino”, la imagen que llamaríamos “mediática” exactamente adecuada. La evolución del arte de Lully será de este modo, durante 30 años, la transformación progresiva de la imagen que el rey quiere proyectar en el mundo, sobre su reino y sobre su pueblo. Primero joven galante, cuando Luis XIV tiene 15 o 20 años (Ballet de la Galantería), luego héroe de novela (Los Placeres de la Isla Encantada), luego héroe mitológico (Alejandro), luego dios (Apolo, Júpiter, Neptuno...).
La etapa siguiente será la creación de la ópera. ¿Por qué?. Sencillamente porque en 1670, Luis XIV renuncia a bailar, como un verdadero profesional que siente que ha alcanzado ya sus límites técnicos. ¿Tuvo un accidente? Es perfectamente posible, e incluso probable. Hay, curiosamente, una pequeña duda al respecto. Sabemos por el diario de sus médicos, que ensayó los papeles que debía bailar en Les Amants Magnifiques (Apolo y Neptuno) “hasta caer enfermo”. Pero no sabemos lo que ocurrió. En todo caso, en la segunda representación, hizo que le sustituyeran...
Lo importante a lo largo de los veinte años de “carrera” del regio bailarín, es:
a) La evolución del estilo y del género, cada vez más grandiosa, cada vez más majestuosa.
b) La presencia cada vez más fuerte del rey en la coreografía. Al final baila él solo, rodeado de algunos cortesanos virtuosos y de los más brillantes profesionales. El ballet de corte se ha convertido en ballet del rey.
c) La desaparición brutal del ballet de corte desde el día en el que el rey decide no volver a bailar, mientras que desde hacía cien años era una de las actividades preferidas de los cortesanos.
Podemos comparar la privación de actividades políticas, que se le fueron quitando progresivamente a la nobleza, con gran riesgo de Saint Simon (desaparición del primer ministro, todas las altas funciones ocupadas por “burgueses”, Colbert, Louvois, etc, en lugar de duques y semejantes...) y la privación de la nobleza, progresivamente despojada de su diversión favorita en provecho de la persona del Rey y de algunos profesionales (Lully, Beauchamps, etc).
Una vez más la imagen del ballet es una imagen “mediatizada” de la evolución de la sociedad y del poder, deseadas ambas por el rey.
El ballet de la noche
Era uno de los espectáculos más sorprendentes del siglo XVII. Duraba seis horas y reunía todos los tipos de espectáculo posibles, todos los tonos (poético, realista, burlesco, pastoral, erótico, mitológico, patético, alegórico, bufón, afectado...), todos los géneros (comedia, mimo, danza, canto). Trajes suntuosos o burlescos, cambios de decorados a telón abierto, tramoya, transformaciones, metamorfosis, trucaje... Se pasaba del Olimpo a la corte de los milagros, y Júpiter, Vulcano, Baco se codeaban con mendigos y tullidos; las musas con las brujas y su aquelarre, los héroes de leyenda (Angélica y Medos, Regis y Bordamante...) con los domadores de osos y los bohemios.
Es el barroquismo en estado puro, y la réplica francesa a la ópera italiana: los franceses gustan de la danzar y del espectáculo más que de la música, y los italianos prefieren el canto por encima de todo... ¿Por qué este ballet? Su creación en 1653 no fue fruto de una casualidad.
Mazarino, ferviente admirador de la ópera, había intentado en varias ocasiones introducir este arte típicamente italiano que los franceses se empeñaban en despreciar. Fracasó en todas ellas. De ahí el intento de hacer algo “tan fuerte” pero “a la francesa”, es decir dando prioridad a la danza, y destacando las cualidades de bailarín del joven rey (15 años).
Luis XIV representaba 6 papeles, entre los que destacaba el de “Sol Naciente”, totalmente simbólico, con un sorprendente traje (se han conservado todos los dibujos de los trajes).
El ballet de la noche fue el primero en el que participó Lully: tres semanas más tarde fue nombrado “compositor de la música del rey”.
Luis XIV artista
Todo el mundo sabe que el siglo XVII es uno de los más grandes de la historia en lo que a creación artística se refiere. Abundan los genios, en literatura (Racine, Corneille, Molière, La Fontaine... toda la Francia clásica...), en arquitectura (Mansart, Le Vau...), en pintura (Le Brun, Mignard...), en escultura, en danza y, evidentemente, en música: Lully, Charpentier, Couperin, Delalande, y tantos otros. De lo que sabemos menos, es del papel personal que desempeñó Luis XIV. Está en el centro de este inmenso movimiento artístico. Su presencia lo llena todo. No se contrataba a un cantante sin que él lo hubiera escuchado personalmente ¡(tres veces)! Ni un organista, ni un maestro de capilla, sin que él presidiera el tribunal, y a veces impusiera sus gustos. Todo Versalles fue construido bajo su dirección exigente. Su arquitecto, Mansart, era una de las pocas personas que tenía permiso permanente de entrada en los aposentos del Rey. Tenemos huellas de su autoridad absoluta en materia de arquitectura. Y lo más sorprendente es el acierto de su instinto artístico, y de la calidad de las elecciones que realizó personalmente.
Tenemos, por ejemplo, todos los diseños propuestos por los arquitectos para el patio de mármol de Versalles: eligió el bueno... Sabemos que fue él el que impuso a Delalande como maestro de capilla: su elección era la correcta... De todos los autores de moda, eligió a Racine y le convirtió en uno de sus íntimos: era la elección correcta.... y así podemos seguir hasta el agotamiento.
Obviamente, para la música dramática (primero el ballet y luego la ópera), eligió a Lully.
La música en la corte
Desde los orígenes de la realeza, la música siempre ha desempeñado un papel estructural en la vida de la corte, en dos planos: litúrgico y profano.
Siendo el rey el representante de Dios en su reino, la música de su “capilla” tenía una importancia capital, y formaba parte de su vida cotidiana (la misa de todos los días...). Había, por lo tanto, una primera organización, llamada “capilla”, que estaba formada en la época de Luis XIV por hasta 180 músicos y cantores. Los mejores compositores de la época se sucedieron al frente de ella, y Luis XIV vigilaba personalmente su elección y sus composiciones.
Pero en el campo de la vida cotidiana profana, la música también tenía su importancia: música militar, música de la danza cotidiana, y música de la cámara para los espectáculos o los conciertos.
Tenía, por tanto, una organización compleja:
1. La Capilla: maestros de capilla, organistas, cantores y orquesta.
2. La “Ecurie”: música para tocar al aire libre, instrumentos de viento, trompas de caza, oboes, trompetas...
3. La cámara: “Los 24 violines del rey” (en realidad una orquesta de cuerda), cantores solistas, pajes de música, clavecinistas, célebres solistas... Su jefe era el Superintendente de la música del rey, puesto que Lully ocupó a partir de 1662.
Había, evidentemente, “pasarelas” de un campo a otro. Se reforzaba la música de la Capilla con los instrumentos de la “Ecurie” los días de grandes fiestas, y los 24 violines participaban algunas veces en el culto. Lully, como Superintendente, no tenía que componer música religiosa. Compuso, sin embargo, Te Deum, Misereres, De Profondis para las grandes celebraciones.
La ópera italiana y la ópera francesa en el siglo XVII
Las dos formas de ópera, a la italiana y a la francesa, tienen un origen común, pero van siempre a velocidades diferentes.
El origen: en Italia y en Francia al final del Renacimiento (hacia 1570–80) una misma tendencia humanista (son los hombres de letras los que están a la cabeza y no los músicos) busca la manera de encontrar el secreto perdido del teatro de la Grecia Clásica: unir poesía, música y danza. En 1577, se crea en París, bajo el patrocinio de Carlos IX, la Academia de poesía, música y danza. En 1585, se crea en Florencia, la Camerata Bardi, que tiene exactamente el mismo proyecto.
Pero los franceses sienten una predilección por la danza y los italianos son fervientes admiradores de la música y del canto: proyectos casi idénticos darán como resultado, por tanto, creaciones muy diversas:
En Francia, la creación del ballet de corte (1582) que da prioridad a la danza.
En Italia, las primeras tentativas hacia la ópera (Dafne, 1597), que dan prioridad al canto.
La primera ópera que puede considerarse como tal, Eurídice de Peri, se estrena en Florencia en 1600, luego vendrá el Orfeo de Monteverdi (1607).
La ópera italiana es, en su origen, una representación musicada, que trata de transcribir, lo más fielmente posible, la recitación dramática (“recitar cantando”). La música se pega al texto, transcribe los sentimientos uno a uno, frase a frase.
Evoluciona rápidamente, se hace más “espectacular”, se pliega al gusto barroco por el contraste y por lo fantástico.
Hacia mediados del siglo XVII, con Cesti, Cavalli, y, más tarde, Legrenzi y Stradella, llega a un primer momento de plenitud, particularmente en Venecia, en donde la recitación musical y el despegue del canto se equilibran.
Setenta años después, los franceses siguen sin “morder el anzuelo” de la ópera, y las tentativas de Mazarino para introducirla en París son auténticos fracasos (El Orfeo de Luigi Rossi en París en 1647). El ballet de corte sigue reinando en Francia como dueño y señor.
Tendrá que ser Lully, un italiano afrancesado, el que adapte al gusto francés el arte de la declamación musical, y cree la ópera francesa en 1673. Lo hace de manera muy sutil: adaptando la “recitación musical” a las particularidades del idioma: porque para un francés, cada palabra debe ser inteligible, y insertando en la ópera el máximo de danza y de espectáculo, para que guste al público parisino
La ópera francesa conservará esta estructura hasta la muerte de Rameau, un siglo más tarde. Desde el punto de vista musical, por su manera de concebir la relación de la lengua con la melodía, está modelada sobre el esquema de la ópera italiana de mediados del siglo XVII y no cambiará. Entre el “recitativo” y el “aria”, no hay ruptura: se pasa de uno a otro. Las grandes escenas (por ejemplo la gran aria de Armida, tan famosa en la época) es una verdadera recitación dramática cantada.
La presencia incesante de la danza, en particular, le da un carácter espectacular que no posee la ópera italiana.
Durante ese período, mientras que la ópera francesa permanece anclada en esa estructura estable, la ópera italiana va a evolucionar rápidamente en dirección opuesta desde finales del siglo XVII, bajo la influencia de Scarlatti. El canto se independiza de la recitación: todas las óperas a partir de, aproximadamente, el 1700 están marcadas por un corte neto entre el “recitativo secco”, cuya única función es la desarrollar el hilo dramático, explicar al espectador la sucesión de acontecimientos, contar una historia, y el “aria” que, por el contrario, se detiene para desarrollar un “afecto”, un sentimiento lírico, patético o jubiloso en el que se da libre curso a toda la vena melódica del compositor. Una ópera es, a partir de ese momento, una sucesión de “arias” unidas por recitativos.
Es esta la forma de ópera que, desde Italia, se extenderá por toda Europa (a excepción de Francia), en músicas tan diversas (aunque todas ellas italianizantes) que van desde las de Haendel en Londres, Hasse en Dresde, hasta Gluck, Haydn y Mozart, que seguirán practicándola en la primera parte de su carrera musical.
Molière, Lully y Luis XIV
Fue Luis XIV el que pidió (ordenó...) a Molière y a Lully que colaborasen en espectáculos comunes: así nace en 1664 la comedia–ballet. Molière había hecho un primer intento con Les Fâcheux, insertando algunas danzas en su comedia; pero la primera obra lograda es el Mariage Forcé, seguidos de Plaisirs de l’Île Enchantée, en el que se mezclan íntimamente el arte del teatro y la coreografía.
Durante casi diez años, van a colaborar componiendo juntos 13 obras, siendo las más conocidas El Burgués Gentilhombre, George Dandin, El Señor de Pourcegnac, de las que olvidamos con demasiada frecuencia que tienen tanta música y danza como comedia.
Molière, como dramaturgo, influye profundamente en el arte de Lully, obligándolo a insertar su música y su coreografía en una dramaturgia. Un ballet es una sucesión de cuadros. Una acción dramática supone una historia que se cuenta, que avanza y que se encamina hacia un desenlace. Lully asistió, gracias a su colaboración con Molière, a la revelación de esta dimensión temporal y dinámica de la obra teatral.
Molière puede ser considerado, por lo tanto, si no como uno de los creadores, al menos como el impulsor de la ópera francesa por la influencia que ejerció sobre su colega músico. Muy pocos, entre los hombres de letras, lo imaginaban. Bien pocos entre los músicos también... Lully, sin Molière, habría sido sin duda el compositor de ballets más grande de su época. Pero no está tan claro que hubiera creado la ópera
En 1670, Luis XIV deja de bailar; el ballet de corte desaparece, ¿qué hacer?
Molìere tira de nuevo de Lully sugiriéndole la tragedia–ballet. Psyché, su obra común, es una obra mágica, maravillosa, y constituye el paso previo a la creación de la ópera francesa, que verá la luz en 1673 con Cadmus et Hermione, luego con Alceste. Pero Lully sentirá entonces la necesidad de trabajar con un libretista más flexible que Molière. Porque en todas las comedias–ballets, y en Psyché, Molière ejerce su autoridad y dirige la dramaturgia de la obra: el músico Lully está a su servicio. Situación insoportable para ese espíritu autoritario...
Esto acarreará la ruptura, e incluso, hay que decirlo, la traición de Lully.
La música de la película
La música de una película, en general, está destinada a acompañar la historia que se cuenta, a subrayar los principales episodios, a comentarlos y, si es posible, a aumentar el impacto emocional.
En La pasión del rey hace más. Cuenta por sí misma la carrera musical del Rey bailarín y de su compositor preferido: Lully. Incluso más, puesto que es por sí misma el descubrimiento de una obra, ya que aparecen con mucha frecuencia piezas inéditas, desconocidas, nunca interpretadas en un concierto...
La primera característica de esta banda sonora es, por lo tanto, el extremo cuidado con el que se ha llevado a cabo la documentación musical. Ha habido que analizar minuciosamente la obra de Lully, no sólo sus óperas, sino la música de sus ballets, compuesta en su juventud, cuando empezaba al lado del joven Rey. Esta música nunca ha sido editada, sólo existe en los manuscritos de la época, que ha habido que descifrar, poner en partitura y ejecutar.
Después de este trabajo de documentación, viene la interpretación propiamente dicha. Confiada a músicos especializados, bajo la dirección de Reinhard Goebel, que tocan instrumentos de época, se busca que sea lo más fiel posible, lo que no perjudica para nada su fuerza y su vivacidad:
Unicamente músicos con una gran experiencia en esta música antigua, podían devolverle la vida y la energía a esta música.
Por tanto, toda la carrera musical del gran Gian–Battista Lully desfila por la película.
Pero sus contemporáneos también están presentes.
Por eso, desde el principio, desde el gran Te Deum que Lully dirigirá en su juventud y que causará su muerte accidental, podemos comprender que se trataba de un ballet de corte aún antes de su llegada, o en sus inicios. Escucharemos la Bocane de Cordier, la pieza más célebre de los “veinticuatro violines del Rey”.
Más tarde escucharemos fragmentos de Pomone, de Robert Cambert, la ópera del rival de Lully, y primera del género compuesta en Francia. Es la obra que hará nacer la envidia de Lully y le empujará a componer también él este género. Estos fragmentos de Pomone son totalmente inéditos; y nos daremos cuenta de que la música no era mala, sino más bien todo lo contrario...
Pero, para volver al desarrollo cronológico, los verdaderos inicios de Lully como compositor se encuentran en el famoso Ballet de la Noche, que tuvo una repercusión inusitada en la época. Escucharemos la danza en la que el Rey representa al Sol Naciente, que Luis XIV bailó a los quince años, música también inédita que escucharemos por primera vez desde el siglo XVII.
A continuación se suceden las danzas extraídas de los ballets más antiguos, compuestas entre 1655 y 1660 en su mayor parte: Ballet des Plaisirs, Ballet de Xerxès, Ballet d’Alcidiane, que muestran la evolución del compositor y del ballet, cada vez más majestuosos, a imagen del propio rey. Porque lo más sorprendente del asunto es, quizá, la manera en que Lully mimetiza musicalmente al personaje del Rey en su evolución.
Luego aparece la comedia–ballet, fruto de la colaboración del Comediógrafo Molière y del Músico Lully, que culmina con las escenas hilarantes del Burgués Gentilhombre.
Pero no se abandona por ello el Ballet de Corte: camina en paralelo a la Comedia–Ballet, y finalizará con los Amantes Magníficos. El Rey lo baila por última vez en el papel de Apolo. En ese momento se da cuenta de hasta qué punto la creciente dificultad de la coreografía está superando sus capacidades técnicas, y por ello, renunciará a bailar.
Lully, que ha caído en la trampa, después de constatar el éxito de la Pomone de su rival Cambert, se orienta hacia la ópera, de la que despreciaba hasta el momento el gesto y las maneras. Pero es un paso más en la dirección que deseaba Luis XIV, hacia una mayor grandeza, majestuosidad y heroísmo.
Escucharemos entonces algunos de los grandes fragmentos de esta obra lírica (Atis, Perseo, Isis, Armida) y en particular los fragmentos de los Prólogos, siempre destinados a festejar la grandeza del Rey–Sol: Prólogo de Isis y de Amadis en los que solistas y coros rivalizan en este sentido, sin estar exentos de brillo ninguno de ellos.
Hay una música, por último, que aparece en varios momentos. Son las famosas Folies de España que fue uno de los aires más familiares de la época, algo como “la canción del verano” del siglo. Esta melodía española estaba en todos los oídos. Todos los compositores de la época escribieron variaciones sobre ella, retomándola sin cesar y transformándola hasta el infinito. Lully no fue una excepción y su versión tiene bastante fuerza. Precisamente con estas Folies de España termina la película, después de que se hayan transformado en un verdadero leitmotiv.
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