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| Alicia en el País de las Maravillas, de Tim Burton |
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A fuerza de empeño y de talento, Burton convierte su Alicia en un prodigio visual, de ritmo ágil y deslumbrante en su imaginería. La película es como un buen truco de ilusionismo: sorprende y el espectador disfruta con ello. Sin embargo, el guión deja abiertos resquicios que merecen un cierto reparo.
Los seguidores de la obra de Lewis Carroll formamos una fraternidad bastante maniática, que aprecia tanto sus criaturas delirantes como su empeño en relacionar asuntos tan diversos como las matemáticas, el cuento de hadas, los juegos de palabras, el ajedrez, la poesía y el caos.
Siempre incomprendidos por la mayoría de los niños, los dos libros que Carroll dedicó a Alicia -Alicia en el país de las Maravillas (1865) y A través del espejo (1871)- resultan especialmente evocadores para los adultos, pero su disfrute por parte de los más pequeños depende de adaptaciones más o menos afortunadas. De hecho, el propio escritor redactó una Alicia para niños que aligera la sensación de pesadilla y la sobrecarga simbólica de los textos originales.
Consciente de esa dificultad, la guionista Linda Woolverton ha tomado el mismo camino que James V. Hart y Nick Castle cuando exploraron el mito de Peter Pan en el guión de Hook.
En este caso, Alicia (Mia Wasikowska) se presenta como una joven casadera, que regresa al País de las Maravillas para recuperar una parte de su memoria, poner en orden sus ideas, y de paso, cambiar el destino de un mundo fantástico, que se debate entre la crueldad de la Reina Roja (Helena Bonham Carter) y la inocente disposición de la Reina Blanca (Anne Hathaway).
A Carroll le admiran los lectores por una cualidad que sólo suena bien en inglés: el nonsense. En efecto, nadie como él para hilvanar rimas absurdas y encontrar sentido a telarañas verbales con las que uno puede sentir miedo o partirse de risa.

En la película, tres personajes comparten ese don: la Oruga (Alan Rickman), el Gato de Cheshire (Stephen Fry) y muy especialmente, el Sombrerero Loco, encarnado por Johnny Depp con sutileza y convicción.
Curiosamente, aunque Woolverton ha incluido a otras figuras conocidas –ahí están el Conejo blanco (Michael Sheen) e incluso el Galimatazo (Christopher Lee)–, su guión no logra redondear el homenaje a Carroll, y acaso deje insatisfechos a los seguidores del escritor.
Así, aunque visualmente descubrimos una ingeniosa recreación de Wonderland –toda una apoteosis de la desmesura–, el relato se asemeja mucho más a las novelas que L. Frank Baum escribió tras el éxito de El Mago de Oz.
Al igual que Baum en sus libros, Woolverton prefiere una épica optimista, y se empeña en descubrir un fondo admirable en esos personajes que Carroll describió como seres demenciales. De igual modo, las trampas lógicas y los desafíos al ingenio son aquí sustituidos por una combinación de sorpresas extravagantes y fantasía heroica.
Pero que nadie se llame a engaño. La infidelidad, en casos como éste, es un pecado venial, porque el mérito de Alicia en el País de las Maravillas reside en su portentosa apariencia.
Frente a ese sorprendente trabajo de vestuario, dirección artística y efectos visuales en 3D, el espectador se deja arrebatar por la inverosímil aventura de Alicia. Y es que, después de todo, su idealizado mundo se ciñe de forma milimétrica al la estética de Burton, con su teatralidad, su tono gótico, sus relampagueos de dibujo animado y su aire vintage.
Como curiosidad, cabe señalar que, al margen del texto de Carroll, la película enlaza con fuentes no tan conocidas. En este sentido, nuestro compañero Vicente Díaz destaca ciertos paralelismos de la cinta con un videojuego, American McGee's Alice, donde una Alicia adolescente regresa al País de las Maravillas, que se halla sumido en una atmósfera oscura y un tanto siniestra.
(Copyright © Guzmán Urrero Peña)













































































