Ryan Reynolds: notas de Rodrigo Cortés
El rodaje fue breve, exigiendo una enorme concentración mientras permitía que la propia película se nutriera de su energía precisa, tensa y rigurosa.
En ocasiones, se realizaron tomas de seis minutos sin cortes, favoreciendo que Ryan Reynolds lograra una absoluta organicidad dramática, permitiendo que sus emociones crecieran y fluyeran, se desarrollasen y derramasen torrencialmente con total impunidad, sin intromisiones artificiales.
Los elementos a nuestra disposición eran, objetivamente, mínimos, pero, lejos de considerarlos una carencia, los convertimos en nuestros mejores aliados: sólo quedó lo esencial.
Tuvimos que manipular y cuidar los más ínfimos detalles dramáticos de este microcosmos permitiendo que el drama del personaje enterrado fuera el principal conductor de nuestra atención vapuleada.
Ryan Reynolds es un Stradivarius. El mejor con que uno pueda soñar.
La narración está llena de inflexiones: angustia, pánico, desesperación, calma, resignación, violencia, negación, terror, esperanza, tristeza, sufrimiento, humor negro, exasperación, dolor, fatiga, confianza… Ryan busca la verdad en cada plano, y su sentido del timing es sencillamente extraterrestre.
¿Cómo es posible buscar la luz más conveniente mientras se grita a través del móvil poniendo la carne de gallina a cada miembro del equipo, consiguiendo ser firme pero empático, modulando la voz en progresión, estropeándola de forma controlada, manteniendo un sentido del tempo perfecto y golpeando la linterna con el puño en cada micropausa sin tapar el diálogo, mientras se hace girar el cuerpo hacia un lado para evitar una sombra y ayudar a hacer más fluida una corrección de cámara, virando levemente la dirección de la linterna, rebotando su luz contra el techo para autoiluminarse la mitad correcta del rostro cuando la arena tapa por un instante una fuente de luz? Nadie lo sabe.
Él lo hizo día tras día durante tres semanas.
Regresó a Los Ángeles destrozado físicamente, tratando de justificar en la aduana por qué caía arena cada vez que parpadeaba: su sentido del compromiso fue más allá del deber.
Sólo 17 días de rodaje, ¿a alguien le importa? 25 planos cada día. A veces 30. A veces 35. Un día, 52.
¿Cómo lo hicimos? Ni siquiera lo sé, así que supongo que no lo hicimos.
Copyright del texto © Rodrigo Cortés. Reservados todos los derechos.













































































