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Mié05232012

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"Camino a la libertad" (Peter Weir, 2010)

Índice de Artículos
"Camino a la libertad" (Peter Weir, 2010)
Cómo se hizo
El libro original: la verdadera historia
El trabajo de preproducción y desarrollo
Las localizaciones
Acerca de los gulags
Todas las páginas

Camino a la libertad

Una epopeya hermosa y conmovedora. Aunque Camino a la libertad (The Way Back) refleja una durísima aventura de supervivencia, lo mejor de esta película de Peter Weir está en el dilema moral que agita a sus protagonistas, un grupo heterogéneo que personifica lo más noble de la voluntad humana.

Weir es uno de los mejores cineastas de su generación. Con un clasicismo admirable y un asombroso poderío narrativo, nos cuenta en Camino a la libertad la historia de un grupo de presos que escapa de un campo de trabajos forzados estalinista.

Pese a la insoportable hostilidad del clima siberiano, consiguen librarse de sus perseguidores y recorren diez mil kilómetros a pie, huyendo del Terror, a través de estepas heladas, desiertos de fuego y cordilleras inexpugnables.

Parcialmente inspirado en un libro de Slavomir Rawicz, La increíble caminata (The Long Walk: The True Story of a Trek to Freedom), la película nos propone un reflejo verosímil de la aventura real que, allá por los años cuarenta, protagonizaron varios prisioneros polacos deportados en Siberia.

Como en otras cintas de Weir, la brillantez formal de Camino a la libertad queda fuera de duda. Una vez más, el cineasta australiano cuenta con viejos camaradas como el director de fotografía Russell Boyd, el diseñador de producción John Stoddart, la diseñadora de vestuario Wendy Stites y el montador Lee Smith. Por razones fáciles de entender, todos ellos convierten la película en un festín para los sentidos.

Hablamos de una narración serena, inteligente, emotiva, que en ocasiones alcanza una insoportable dureza, y que pese a ello, nos obliga a creer en la bondad, en el espíritu de superación, en la camaradería y en el perdón.

El reparto brilla a la misma altura. Jim Sturgess encarna con prestancia al joven oficial polaco que lidera a los evadidos. Sin embargo, los dos intérpretes que convierten esta experiencia cinematográfica en inolvidable son Ed Harris y Colin Farrell, dos actores cuya madurez y eficacia resultan casi desafiantes.

Con todo, no se trata de una película para todos los públicos. El gusto de una parte de la audiencia, distorsionado por el frenesí colorista de la MTV y los videojuegos, probablemente no acepte de buen grado un relato como éste, en el que dominan las secuencias de largo aliento y esas panorámicas que Weir hereda del estilo de David Lean.

A quienes no estén familiarizados con el experimento revolucionario soviético, la primera parte de Camino a la libertad tampoco les parecerá significativa. Sin embargo, en la cinta de Weir se presenta, quizá por vez primera, ese "negro abismo de opresión y terror" del que un día habló el novelista Vladimir Nabokov.

Gracias al cine, casi todos los espectadores han oído hablar de Auschwitz. Sin embargo, sólo algunos espectadores habrán oído nombres como los de Kolymá, Vorkutá y Solovetski: gulags, centros de internamiento en Siberia, convertidos en máxima expresión de la política de colectivización forzosa mediante el terror.

Entre 40 y 50 millones de personas pasaron por los gulags. En el fondo, se trataba de letales campos de concentración, pero dado que Stalin (salvo en las campañas genocidas de sus años finales) no se propuso la aniquilación completa de un grupo étnico, su crueldad estructural parece menos fotogénica que la de Hitler y sus campos de exterminio.

Ni siquiera en tiempos de la guerra fría se rodaron películas serias sobre la tiranía estalinista. Cuando en 1946 apareció en Francia Yo elegí la libertad, el libro de Victor Kravchenko (un alto dirigente del partido comunista de la URSS convertido en disidente y perseguido), los crímenes estalinistas aún eran ignorados por la intelectualidad occidental.

Escritores como Solzhenitsin (Archipiélago Gulag, 1973-1978) y Varlam Shalamov (Relatos de Kolymá, 1978) intentaron poner las cosas en su sitio, pero el cine siguió sin dar crédito a sus escalofriantes relatos.

Se han rodado muchas películas sobre el Holocausto, pero nadie ha puesto en imágenes la gran hambruna ucraniana de 1933, que acabó intencionadamente con la vida de seis millones de kulaki (campesinos, pequeños propietarios) a los que Stalin consideraba reaccionarios.

En Camino a la libertad intuimos lo que de verdad fueron los gulags. Infiernos blancos a los que iban a parar ciudadanos de todo tipo, acusados de crímenes estúpidos –haber viajado al extranjero, tener determinados estudios, ser amigo de alguien que había hablado mal del bolchevismo...–. En realidad, se trataba de cárceles de esclavos, trabajadores forzosos que demasiadas veces morían al cabo de tres meses, congelados por el frío, extenuados en la minas o talando árboles, ciegos y en los huesos a causa del escorbuto y la disentería, devastados por una dieta infrahumana de anchoa salada y puré de alforfón aguado.

"A comienzos de 1930 –escribe Martin Amis– se deportó y encerró en campos a millones de familias enteras de kulaki, los agricultores perseguidos; y durante la guerra y después de ella se deportó a poblaciones enteras y se las encerró en campos. No, los niños estaban allí, como víctimas, y no sólo en los transportes. En el genocidio nazi murió alrededor de un millón de niños. En el Terror famélico de 1933 perecieron alrededor de 3 millones".

Murieron en torno a cinco millones de prisioneros de los gulags. Las causas eran diversas. A las torturas de los interrogadores se sumaban las infligidas por unos presos privilegiados, los urka, considerados por el estalinismo Elementos Socialmente Simpatizantes. En realidad, los urka componían un ejército de asesinos, violadores y saqueadores, tan infames que se consideraba adecuado que destrozasen la vida a presos de una clase superior.

En Camino a la libertad, Colin Farrell da un certero retrato de lo que venía a ser un urka: un criminal grotescamente tatuado, inmoral, capaz de llevarnos a una visita guiada por el Infierno. O lo que viene a ser lo mismo: un guerrero de Stalin, eternamente alimentado por el odio.

Sinopsis

Aprovechando una ventisca nocturna para cubrir sus huellas, siete prisioneros, atrapados en el reinado de terror de Stalin, escapan de un gulag soviético en 1940. Ahora son hombres libres aunque, casi con certeza, acaben muertos... pues la larguísima caminata que les aguarda hasta llegar a lugar seguro desafía toda probabilidad razonable de una resolución feliz y el terreno que habrán de atravesar es implacable.

Con escaso equipo, sin comida, y sin certeza alguna de su posición ni de la dirección que deberían seguir, emprenden un viaje que los obligará a afrontar grandes penalidades y situaciones dramáticas. Empujados por sus instintos animales más básicos —supervivencia y miedo— pero dependiendo a la vez de rasgos humanos más evolucionados —compasión y confianza— el grupo sufrirá experiencias que los transformarán, profundas y atroces, angustiosas y eufóricas.

Se rigen en todo momento por un principio inapelable: seguir adelante, seguir adelante, seguir adelante...

 



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