
Potente ejercicio de estilo del siempre excesivo director y guionista Tetsuya Nakashima –autor de cintas como Kamikaze Girls (Shimotsuma monogatari, 2004), Memories of Matsuko (Kiraware Matsuko no isshô, 2006) y Paco and the Magical Picture Book (Pako to mahô no ehon, 2008)–, Confessions (Kokuhaku, 2010) desgrana la venganza de una profesora hacia los alumnos que asesinaron a su hija. Una lección magistral sobre la vida, la muerte y la venganza con un envoltorio formal tan arriesgado como fascinante, que no deja indiferente a nadie.
En su país natal, Confessions tuvo una gran acogida tanto de crítica como de público, siendo además seleccionada para representar a Japón en la pasada edición de los premios Oscar (donde estuvo entre las nueve finalistas a la categoría de mejor película extranjera, aunque finalmente quedó fuera de las candidaturas). En España, aunque formó parte de la sección oficial del Festival de Sitges, no llegó a ser estrenada en cines. Eso sí, desde el 5 de julio de 2011 se halla disponible en DVD en las modalidades de venta y alquiler, editada por Mediatres Estudio.

Confessions: semilla de maldad
Justo antes de las vacaciones de primavera, la profesora Yuko Moriguchi (encarnada por la actriz y cantante pop Takako Matsu) se despide de su clase, no sin antes hacer una estremecedora confesión: su pequeña hija Manami (Mana Ashida), muerta al ahogarse accidentalmente en la piscina del colegio, fue en realidad ejecutada a sangre fría por dos de los alumnos allí presentes. Tras esta impactante declaración, la profesora orquestará una venganza tan minuciosa como terrible contra los asesinos de la niña.
Y es que, como dice la protagonista con no poca sorna, "sé cual es mi deber como profesora: corregir a los alumnos cuando van por mal camino".

Cinco confesiones, cinco actitudes hacia la violencia
Adaptación el best-seller homónimo de Kanae Minato, el guion de la película (obra del propio director) se articula en varios bloques, las "confesiones" de los personajes principales. Al relato inicial de la profesora, concebido como dilatado prólogo del filme, le siguen las confesiones de la delegada de clase Mizuki Kitahara (Ai Hashimoto), de la madre de uno de los culpables (Yoshino Kimura) y de los dos pequeños homicidas, "A" y "B" (cuyos nombres se conocerán bastante pronto, pues en esta historia la intriga sobre la identidad de los asesinos es lo de menos). Una estructura que muestra el punto de vista de los diferentes narradores, componiendo un complejo puzzle con una evidente deuda a Rashômon (1950) de Akira Kurosawa.
Como comenta Nakashima, los personajes confiesan "todo lo que les ha pasado. Parece que lo cuentan con total sinceridad, pero en realidad no dicen toda la verdad [...] a veces mienten y otras veces justifican sus acciones". Una narración fragmentada y subjetiva que irá desmenuzando, sin prisa pero sin pausa, las motivaciones y las actitudes de los personajes hacia la violencia: cómo la sufren, cómo la practican y cómo la justifican.
La violencia genera violencia
Nakashima no solo pone a prueba al espectador con una compleja estructura narrativa. También lo hace a nivel visual, con una estética preciosista entre publicitaria y videoclipera que no se priva de nada (especialmente del slow-motion, empleado con fruición). Haciendo uso de una paleta fría de azules y grises, apoyándose en interpretaciones teatralizadas y en cuidadas coreografías de corte casi operístico e incorporando una potente banda sonora,
Confessions dota a las escenas más terribles (por ejemplo, el asesinato de la pequeña Manami) de una inusitada y glacial belleza. Una representación sumamente estilizada de la "ultraviolencia" que remite en muchas de sus escenas a La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971), el gran clásico de Stanley Kubrick.
Barajando temas de candente actualidad como la violencia en los institutos, el maltrato infantil y la controversia suscitada por la ley del menor (como dice el personaje de la profesora, "aunque los demandara a la policía, estarían protegidos por la Ley del Menor y tan solo les pondrían bajo custodia"), la película compone un escalofriante tratado sobre la crueldad y la venganza. O, dicho de otro modo, cómo la violencia –a veces heredada, otras veces inoculada como un virus de unos personajes a otros y siempre alimentada con la soledad y las frustraciones– genera inevitablemente más violencia. En última instancia, cristalizará en una perturbadora imagen de la lucha generacional: una guerra de proporciones épicas entre los psicópatas adolescentes y la madre/maestra, deseosa de darles un escarmiento.
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Copyright del artículo © Lola Clemente Fernández. Reservados todos los derechos.
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