
La vida no ha previsto nada para ellos y, en justa compensación, ellos no le piden nada a la vida. Por este motivo, Chrystèle Burrel (Cécile de France) y Christophe Gérard (Vincent Lindon), a pesar de su inexistente educación y su ausencia de valores morales, van de un sitio a otro trabajando como servicio doméstico, con una tranquilidad y una alegría de vivir que te dejan pasmado.
Para ellos, la vida es dulce. De hecho, mucho más dulce que antes de conocerse.
Ellos, que no confiaban en nadie e incluso ignoraban que una persona pudiera estar unida a otra, desde que se conocieron ni se les ha pasado por la cabeza la idea de separarse.
Y eso que ¡anda que no es un listo y poco de fiar su Christophe!
Y él, ¡anda que no tiene que querer a su Chrystèle para aceptar que le engañe!
Sí. Incluso entre animales de esta especie, el amor existe. Y cuando hay amor, reina la confianza, la confianza ciega...
Entrevista con Étienne Chatiliez
"Confianza Ciega”, sólo con este titulo ya reconocemos su firma: decir algo que expresa lo contrario…
El título se impuso de manera natural después de trabajar a fondo sobre los dos personajes. Christophe y Chrystèle son dos seres que no confían en nada ni en nadie, del 1 de enero al 31 de diciembre, que traicionan a todo el mundo porque la sociedad no ha previsto nada para ellos. No han tenido ninguna formación y sólo pueden contar con sus propias fuerzas. No calculan, no premeditan nada. Sólo saben que nadie les dará nada, por eso, cuando algo bueno les pasa por delante, se sirven. El colmo, evidentemente, es que ni siquiera confían el uno en el otro…
¿Cómo nace la idea de “Confianza Ciega”?
Hace tres o cuatro años, Vincent Lindon me llamó y me dijo: "Tengo ganas de trabajar contigo". Hasta entonces, siempre que me habían hecho esta proposición – cosa que no me pasa muy a menudo – me había entrado el pánico y, para no caer en ninguna trampa, por norma siempre había contestado que no. Pero esta vez, pensé que quizá había llegado la hora de evolucionar un poco. Quedamos para comer y le pregunté qué tipo de personaje le gustaría interpretar. Me dijo: "Un cirujano con abrigo de cachemire y un Safrane, un empresario, un abogado,...". Como soy el espíritu de la contradicción, pensé: “Pues vas a ser un camareta”. Y así empezó todo. Después, se me fue ocurriendo que el camarero tendría mujer, que trabajarían juntos y, poco a poco, la historia fue tomando forma…
Christophe y Chrystèle forman una pareja cuando menos chocante…
Tengo mucho respeto por los humildes, los tarados, los simples, los tontos del pueblo, por los que están en lo más bajo de la pirámide social, que no saben nada pero, de repente, te disparan grandes verdades a bocajarro. Poseen este buen sentido, esta especie de inteligencia que sale directamente de los huesos y puede resultar sorprendente. Por muy opuestos que parezcan, creo que no hay mucha diferencia entre Christophe y Jean d’Ormesson. Christophe y Chrystèle son animales, son primates, no han recibido ninguna educación. No tienen sofisticación alguna, ninguna norma de urbanidad, nadie ha metido un disquete en su ordenador. Teniendo en cuenta sus orígenes, podríamos esperarnos que se convirtieran en Mesrine, o en Arlette Laguiller, que se convirtieran o en bandidos o en militantes sociales. Pero son incapaces. Nunca militarán en nada. No tienen ninguna conciencia social ni política, no saben ni lo que eso significa. En cuanto a su manera de ser delincuentes ¡es tan limitada! Se conforman con aliviar a los muy ricos, a esos que, teniendo en cuenta lo que les roban, no les va a cambiar la vida por el hurto. Son incapaces de ninguna premeditación. Su funcionamiento se sitúa casi a nivel del acto reflejo: hay una cosa ahí, la roban y se largan corriendo. El asalto al tren postal no lo conseguirían ni aunque dieran clases nocturnas durante veinte años. Su mejor baza es que no saben nada y son capaces de servirse cuando la vida pasa por delante de ellos – y sus deseos son muy fáciles de satisfacer –. Les resulta muy sencillo estar de buen humor y disfrutar de la vida. No se plantean nada. Y son felices.
Suele decirse que uno rueda una película “contra” la anterior. ¿Diría usted que “Confianza Ciega” puede verse como una reacción a “Tanguy”?
“Tanguy” transcurría en un mundo de ricos por exigencias del guión. Y, además, me apetecía demostrar que uno no es idiota por el mero hecho de ser burgués. Pero, es cierto que después de “Tanguy” me apetecía volver un poco con los pobres. Porque también me gusta ese mundo, increíblemente simple, incluso primario, como era el de los Groseille en “La vida es un largo río tranquilo”.
¿Cómo se explica el interés recurrente que siente por esos dos universos: los ricos y los pobres?
Pasé la infancia en el Norte de Francia. Es una región en la que coexistían esos dos mundos: los burgueses por un lado y los pobres de los caseríos de mineros, por el otro. Siempre me han gustado los dos y creo que me quedaría eternamente entre dos aguas, no puedo optar por ninguno: me encantaría ser el burgués de los pobres y el izquierdista de los burgueses.
Aunque encontremos muchos elementos recurrentes de su universo en “Confianza Ciega”, la gran diferencia con todas sus películas anteriores es que ésta narra una historia de amor…
Es cierto que esta vez he cambiado algo de registro. Ya no tengo la misma a edad y cada edad tiene sus propios placeres. Me parece muy patético intentar reproducir lo que hemos hecho unos años antes porque el único interés de la vida reside en evolucionar, en cambiar. Dicho esto, hacer una historia de amor no es que sea tampoco lo más original del mundo. Lo que me divertía era utilizar la película para rendir honor y gloria a los más pirados. Porque el objetivo, evidentemente, es que al final de la película, después de haberse reído a placer de Christophe y Chrystèle - que actúan como auténticos animales -, el espectador empiece a pensar que quizá son más humanos que él.
Nada más conocerse, Christophe y Chrystèle se acuestan juntos antes de limpiarse respectivamente los bolsillos, lo que da bastante buena idea de las bases en las que se asienta su relación. ¿Ha sido difícil encontrar el equilibrio de esta relación?
A Christophe y a Chrystèle, les tenía muy claros en la cabeza antes de empezar a escribir la primera línea. Si me decían: van vestidos así, sabía inmediatamente si sí o si no. Sin embargo, la escritura del guión fue larga y difícil. Con Laurent Chouchan, lo revisamos muchas veces (habrá quien piense que deberíamos haberlo revisado muchas más…). Explicar como eran los personajes era relativamente fácil. Pero darles una existencia en actos concretos, era un trabajo hercúleo.
Después de “Tanguy”, es su segunda colaboración con Laurent Chouchan. ¿Qué tipo de guionista es?
Laurent se pone totalmente a mi servicio, cosa no muy corriente. No trata de hacer su película, sino la mía. Existe una gran connivencia entre nosotros, se produce una auténtica colaboración. A mí me gusta contar, él sabe escribir. Maneja muy bien los engranajes propios del guión y, además es divertido y eso, ya es un talento en sí mismo.
Vincent Lindon, que estaba, por decirlo así, en el origen del guión, parecía destinado para el papel de Christophe, ¿cómo fue el proceso de selección de Cécile de France para el papel de Chrystèle?
Enseguida me di cuenta de que, sin parecerlo, estos dos personajes eran difíciles de interpretar. Vi a mucha gente, hice muchas pruebas, hice sufrir a muchos, incluso a Vincent. Porque aunque Vincent formaba parte del proyecto desde el principio, quería que estuviera en la película porque era realmente Christophe y no porque se hubiera decidido de antemano. Empezó con las pruebas y bastó un minuto para que las dudas, la falta de imaginación, las incógnitas que me planteaba se esfumaran. Quiero volverle a agradecer la paciencia que tuvo conmigo. Cécile, por su parte, me había fijado en ella, como todo el mundo, pero me parecía demasiado joven, en todo caso más joven de lo que teníamos en la cabeza al escribir el guión. Y en su caso también, las pruebas fueron formidables. Luego, tercera fase, los dos juntos, no había duda: eran ellos.
¿Qué tipo de actores son?
Son muy distintos, tanto por carácter, origen, como por la forma de interpretar, pero tienen en común su sentido del trabajo. Ambos saben que el talento no basta, que la suerte no basta, que también hay que trabajar, y eso es lo que hacen. Existe entre ellos una complementariedad y una estima recíproca. Vincent es un actor que se implica mucho y tiene una precisión alucinante. Mira a la diana y, cada vez que lanza una flecha, va directa al centro. Haber aceptado ser este magnífico cretino y hacerlo con casi nada, es estupendo. Con él, todo es ligero, discreto, sensible, nunca hay nada grosero en su interpretación, su personaje está muy bien interiorizado, es como en el patinaje artístico, lleva la carga sin que se note el esfuerzo. Chrystèle no podría hacer lo que hace sin el trabajo de Vincent. Cécile, por su parte, entendió muy rápido el personaje. Cécile es belga, yo soy del Norte. Y gente como la que vemos en “Confianza Ciega” hay más en el Norte y en Bélgica que en la Provenza. Cécile y yo no hemos vivido en los mismos lugares en la misma época, pero nuestras miradas se han posado en el mismo tipo de gente. Cuando empecé a hablarle de este universo, del personaje, me dijo al instante: “Ya veo como es". El primer día había entendido perfectamente hacia donde tenía que ir. De repente, en el rodaje, tenía los zapatos correctos, las piernas correctas y las mañas necesarias cuando todo se ponía cuesta arriba. Sólo tuvo que ayudarse adoptando un acento. Era su bastón de peregrino para no ser ella misma. Está absolutamente genial en la película. Aunque sea muy joven, tiene un talento y un oficio increíbles.
Entre Christophe y Chrystèle, es claramente ella la que domina…
Como en la vida misma… Siempre he tenido la impresión de que la mujer representa la decisión - es ella la que decide en muchos aspectos - y el hombre representa la autoridad, o al menos eso es lo que necesita creer...
En “Confianza Ciega”, encontramos casi todos sus temas preferidos: los ricos y los pobres, Paris y provincias, la usurpación de la identidad... ¿Le parece que su universo se va perfilando de película en película?
Lo primero que busco es ser honesto conmigo mismo. Durante mucho tiempo me he preguntado por qué hacía películas, por qué yo, por qué los otros. Siempre dudaba de mi legitimidad. Y al final, he ido dejando de hacerme preguntas. Me he dicho: hablo de lo que me toca la fibra y ya veremos si toca la fibra de los demás. La confianza ciega es, sin duda, la película en la que he metido más cosas en las que creo, la película en la que me he escondido menos. Pero, vuelvo a repetir que cada edad tiene sus placeres. A veces, miro qué hora es y pienso: ¿Ya hemos llegado hasta aquí? Tengo la impresión de haber empezado ayer, hago muy pocas películas. Sigamos adelante. El otro día leí una frase de Almodóvar que decía: "Cada vez me apetece menos inspirarme en lo que viene de fuera, y más en lo que viene de mí".
Su trabajo nos recuerda a veces al de un retratista. “Confianza Ciega”, como sus películas anteriores, puede verse como una especie de crónica de la sociedad francesa. ¿Dónde encuentra sus fuentes de inspiración?
Hago como todo el mundo: miro, escucho, observo. Al principio quería ser pintor, precisamente para hacer retratos. El problema es que los modelos no se parecían a lo que el pincel pintaba… De hecho, es con el cine como consigo traicionarlos lo menos posible, ser fiel a lo que he podido observar. No siempre funciona, todavía hay cosas que se me escapan, pero ya está, empiezo a controlar mejor las cosas. Es verdad que se pueden ver mis películas como una galería de retratos. Me encanta. Es evidente que Christophe y Chrystèle no han salido de un sombrero de copa, llevan mucho tiempo madurando. Cuando miro las libretas en las que escribo algunas chorradas de vez en cuando, sé que me gusta ese tipo de gente. En mi norte natal, en el instituto público en el que estudié, había una enorme mezcla social. Sin ser ricos, lo éramos mucho más que muchas otras familias. Cuando le decía a un compañero: "Vamos a tu casa" y me decía: "No, a mí casa no", le seguía con la bici, veía donde vivía y entendía porque no quería que fuéramos. Son cosas que te marcan y que te llegan muy dentro. Lo que realmente me interesa es la gente.
Da igual que sean ricos o pobres…
Dicen que siempre critico a los burgueses. Pero, me encantan los burgueses. Me encanta su cultura. Como ex burgués que soy, quiero rehabilitarles. No vienes de una tribu africana diciendo que todos son gilipollas. Tratas de demostrar a los etnólogos que algunos son buena gente. Yo les quiero con locura, aunque me encante "untarles el morro". Los Terion, interpretados por Martine Chevallier y Jacques Boudet, no están ahí por casualidad. Él está de vuelta de todo y ella se ha dado a la bebida, pero me gusta mucho esta pareja, se quieren y ése es el único punto en común que tienen con Christophe y Chrystèle. Me entran ganas de defenderlos. En ciertos aspectos, me recuerdan a mis tíos Jean y Colette, a su sofá color Cointreau y a su moqueta color bronce. Uno no es muy consciente de lo que recibe de pequeño. Luego, te las tienes que apañar con lo recibido. Si hubiera nacido en Uzbekistán, las cosas serían, sin duda, muy distintas.
En “Confianza Ciega”, hay una gran dosis de humor ácido. Por ejemplo, cuando la madre de Chrystèle se queja de que, desde que a su hija mayor le han salido “tres pelos en la ciruela", su padre se la come con los ojos. ¿La provocación es para usted un motor esencial?
Los provocadores son tímidos que empiezan por provocarse a sí mismos. Al primero que choca la escena que acaba de contar es a mí. Esta expresión “tiene tres pelos en la ciruela”, la escuchamos Laurent y yo en un programa de televisión, “Strip-Tease” para ser exactos. Cuando escuchas una frase así y estás trabajando sobre el tema del incesto, no te puede dejar indiferente. Pero una vez más, soy al primero que le choca. Alguien totalmente liberado no escribiría nunca eso, porque se siente a gusto con todo.
¿Sabe dónde está el límite? ¿Practica la autocensura?
Cuando flirteamos con lo prohibido, el peligro, obviamente, es pasarse de la raya, es decir, dejar de ser divertido. El humor es un arma extraordinaria que sirve para que la gente baje las defensas y, gracias a la risa, admitan algo que no admitirían de otra manera. Pero esta arma puede volverse contra nosotros si la manipulamos mal. El riesgo siempre está ahí, eso es lo que le da valor. Me acuerdo de un espectáculo de Pierre Desproges en un escenario en el que hacía chistes sobre los campos de concentración. Al principio del espectáculo, la gente se partía de risa y, luego, cuando se centraba en el tema, notabas como se crispaban las mandíbulas, algunos no sabían si salirse de la sala. A partir de ahí, todo el trabajo de Desproges consistía en recuperar al público y devolverles el buen humor. Me parece un trabajo admirable. Un tipo que se atreve a subirse solo a un escenario y no se arriesga, no se merece el puesto que ocupa. Siempre tiene que haber un peligro en el humor. Provocar por provocar carece totalmente de interés.
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