
"La infancia es el reino donde nadie muere". Y es que en Amanecer - Parte I (The Twilight Saga: Breaking Dawn - Part 1, 2011) la madurez sacude a Bella (Kristen Stewart), entendida como la inmersión en las obligaciones de los adultos. La protagonista, con apenas dieciocho años, habrá de enfrentarse a las responsabilidades de un matrimonio "para siempre" –y aquí no se trata de palabras que se lleva el viento–, entre las cuales se incluyen, sorpresivamente en su caso, la maternidad.
La conclusión de la saga Crepúsculo llega, debido a lo voluminoso del libro, dividida en dos partes, que en esta ocasión han sido encomendadas al director Bill Condon. Como viene siendo habitual, la encargada del guion ha sido Melissa Rosenberg, siempre en estrecha colaboración con la escritora Stephenie Meyer.
Amanecer - Parte I arranca con los preparativos de la boda, el momento más esperado por Bella a la vez que ceremonia solemne que consagrará el amor eterno que siente por Edward (Robert Pattinson). Este sacramento no solo normalizará su peculiar noviazgo a los ojos de todo el mundo –como dice uno de los personajes, "las bodas unen a las personas", sean conocedoras o no de la condición de humana y vampiro de los novios–, sino que también otorgará una dimensión carnal al mismo. Por primera vez en toda la serie, los recatados amantes podrán dar rienda suelta a su pasión, si bien la obligación de consumar el matrimonio no les liberará de la culpabilidad inherente al sexo.

Más intimista que las anteriores entregas, Amanecer - Parte I tiene mayor interés en mostrar las tribulaciones de la joven pareja que en acometer un nuevo capítulo de las luchas entre clanes vampíricos y/o manadas de licántropos. La película deja un poco de lado el envoltorio épico-sobrenatural de la saga –por otra parte, despojado de sus elementos transgresores y empleado como excusa para desplegar un edulcorado romanticismo– centrándose en lo que realmente importa a sus fieles seguidoras, esto es, los amores entre Bella y Edward así como lo que le sucede a Jacob (Taylor Lautner), firme en su puesto de tercero en discordia a pesar de saberse descartado en el implacable juego del amor adolescente.
Inmejorables productos de diseño destinados a un consumo juvenil, los libros de Crepúsculo y las películas inspiradas en ellos compensan su discutible calidad literaria y cinematográfica con sus evidentes logros. Convertidas en un verdadero fenómeno sociológico, buscan su razón de ser en las inquietudes propias de su público potencial, plasmando sus sueños de aventura, sus aspiraciones románticas, sus deseos de encajar y, a la vez, de ser "especiales", sin olvidar sus miedos más profundos: el abandono, el rechazo, la soledad.
Una combinación ganadora, a juzgar por sus cifras, en la que no puede faltar el sexo, ingrediente de base disimulado a duras penas por insistentes velos de pureza. Si bien despoja al vampiro y al hombre-lobo de sus componentes más agresivos, suavizando su rabiosa carga sexual hasta extremos casi grotescos –esos vampiros "vegetarianos", casi desprovistos de colmillos–, los diferentes filmes de la saga aprovechan el erotismo mórbido intrínseco a estas figuras.

Amanecer - Parte I no es ninguna excepción al respecto, más bien al contrario, se nutre de las pulsiones básicas exacerbadas por las hormonas, dando forma a fantasías inconfesas de dominación –una heroína de bajo perfil, ambicionada por dos machos alfa– camufladas tras bodas de ensueño, príncipes azules y heroicos sacrificios. Erigiéndose como la entrega más carnal hasta la fecha, en tanto supone la culminación de un noviazgo dolorosamente casto, la película entremezcla el deseo sexual con el temor a la pérdida de la virginidad y a las relaciones íntimas, el placer con el daño físico, el deseo de ser madre con el pavor ante sus (terroríficas) consecuencias.
La fuerza de Bella radicará, una vez más, en su capacidad de entrega y sacrificio. Tras aguantar estoicamente las torturas de la abstinencia en filmes pasados, afrontará con una sonrisa radiante las magulladuras del amor para acabar portando un bebé querido con locura, pero también increíblemente voraz y exigente; tanto, que amenazará su misma existencia. Compendio de virtudes femeninas según su autora –y en el que tiene mucho que ver su condición de mormona–, esta joven pasiva con vocación de mártir desarrollará en Amanecer - Parte I su verdadera dimensión como mujer adulta, gracias a su nuevo rol de esposa y madre abnegada.
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Copyright del artículo © Lola Clemente Fernández. Reservados todos los derechos.
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