
Lo verdaderamente cómodo en una película de terror psicológico es que no te moleste el guionista con ideas nuevas o soluciones sorprendentes. Esto no lo pienso yo, claro. Es lo que, sin duda, se dijeron los productores de este rutinario suspense, redimido por la presencia del gran Dennis Quaid.
Dirigida por Martin Guigui a partir del guión de Bruce Wilkinson, Beneath the Darkness presenta graves desequilibrios narrativos. Detrás de la sólida y exuberante interpretación de Quaid, se camufla un enredo sin mucha substancia, forzado y poco rentable en sustos y sorpresas.
En Beneath the Darkness, el actor interpreta al encargado de una funeraria, Ely Vaughn. Viudo desde hace poco, Ely inquieta a los jóvenes del pueblo, sobre todo por el morbo que conlleva su oficio.
Los adolescentes –tan curiosos, temerarios y poco despiertos como suelen serlo en este tipo de películas– espían a Ely, con el convencimiento de que los rumores que sobre él circulan son sólo la punta de un terrorífico iceberg.

El caso es que Ely termina drásticamente con la carrera deportiva del mejor lanzador del instituto, Danny (Devon Werkheiser). El testigo del crimen es su amigo Travis (Tony Oller), a quien la policía no hace caso. De hecho, las autoridades consideran que la muerte de Danny fue un triste accidente.
No adelanto más: Travis y sus amigos Brian (Stephen Lunsford) y Abby (Aimee Teegarden) juegan a detectives para desenmascarar al psicópata que tienen por vecino.
En fin, cualquier thriller psicológico no estará del todo bien visto si no incluye determinados clichés. Ya saben: la torpeza o la desconfianza policial, el asesino que es visto como un ciudadano ejemplar, el juego del gato y el ratón... Sin embargo, a pesar de lo necesarios que son esos estereotipos, es una lástima que aquí se combinen con tan escasa fortuna.
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