
He de confesar que la idea me caía bien. Al principio, cuando sólo era un proyecto, llegué a atribuir a Immortals la capacidad de revitalizar el peplum, en la estela de Troya y 300. Como tantas otras veces, me equivoqué.
El caso es que los relatos mitológicos de Teseo y la Titanomaquia quedan pulverizados en esta apabullante y agotadora extravagancia, mediocre a pesar del talento que rebosa en el equipo técnico y artístico.
El realizador Tarsem Singh se entrega a una orgia visual tan llamativa como la que propuso en La celda (The Cell, 2000). Por desgracia, el prodigioso barroquismo de aquella cinta aquí se queda en pirotecnia publicitaria. Muy vistosa, incluso atractiva –caramelo para la vista–, pero vacua y reiterativa. No negaré la belleza de algunos escenarios y la habilidad de Singh para aprovecharlos, pero su excesiva estilización acaba restando credibilidad a lo que realmente debiera importar: la historia.

El vestuario de la gran Eiko Ishioka –autora de los imponentes diseños de La celda– tampoco está a la altura. Llegado un determinado momento, uno ya no sabe si madame Eiko conoce el significado de la palabra moderación. Supongo que los actores, en su fuero interno, se habrán preguntado si, en lugar de rodar una película de época, iban a asistir a un carnaval gay o a un cabaret futurista. El caso es que esas máscaras de amo sadomaso, esos cascos de fantasía y esas armaduras pintadas de purpurina son un reto para el público menos atrevido. Con todo, estaremos de acuerdo en que el Olimpo nunca ha estado más cerca del glam.
Es una lástima que, a diferencia de lo que ocurría en 300, el guión sea tan decepcionante –de hecho, es pésimo–, porque el reparto resulta bastante seductor.

Henry Cavill (Teseo) es un héroe convincente, con una presencia física que nos hace esperar lo mejor de su papel protagonista en la nueva entrega de Superman.
El villano es el rey Hiperión (Mickey Rourke), decidido a robar el arco de Epiro para liberar a los Titanes y emprender una guerra total contra los dioses.
Para dar vida a este canalla, Rourke, según confesión del propio Singh, se ha dejado llevar por su intuición. Al trabajar sin una autoridad que le contenga, el actor saca a relucir sus inocentes manías. Susurra tétricamente sus líneas de diálogo mientras se mesa los grasientos cabellos. Ordena una ejecución o una sesión de tortura al tiempo que mastica ruidosamente gajos de naranja. Aplasta nueces en sus manos poco antes de planificar un asedio... En fin, hace de Rourke, en su versión más incontenible y pasada de rosca.
En la piel de Fedra, la virgen adivina, Freida Pinto cumple con la única misión que le ha sido encomendada: demostrar que su fotogenia no conoce límites.
Al final, uno sale de la proyección con este criterio paradójico: a pesar de los efectos visuales, a pesar de la personalidad del director, a pesar de los combates a cámara lenta, a pesar de todo lo bueno que queramos buscar en ella... Immortals es una película olvidable, desacertada y sin el más mínimo encanto.
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Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes (Fotografías de Jan Thijs) © 2011 Universal Pictures. Reservados todos los derechos.
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