
A la hora de comentar una película, dos más dos no siempre suman cuatro. Eso es, por ejemplo, lo que ocurre con la adaptación de Millennium que nos ofrece David Fincher. Lo reconozco: el reparto es sólido, el guionista tiene prestigio, el director es admirable. Y sin embargo...
Ya sé que el material del que está hecha la película es tan explosivo como la novela de origen. Un thriller diseñado con tiralíneas, en el que, al menos en teoría, violencia, corrupción y secretos familiares encajan sin titubeos ni prejuicios.
El problema es que, a pesar de su atrevida oferta, esta muestra de artesanía hollywoodense no se caracteriza ni por la emoción ni por la sorpresa.
Por extraño que parezca, sus revelaciones más llamativas están bien contadas, pero la frialdad general del producto impide que el espectador medio se implique en el relato.
Por lo que sabemos, Fincher tuvo que rodar Los hombres que no amaban a las mujeres a toda velocidad. A pesar de ese calendario infernal, reconozco que el realizador ha sido capaz de planificar con destreza su película. Pero por desgracia, corrección no equivale a maestría, y esta vez Fincher nos entrega un film que quiere ser europeo –distante, gélido y nada complaciente–, y que sin embargo, carece de ese vigor que tienen las buenas películas de cine negro continental.
Para entendernos, si hablamos de film noir, el cine de Jean-Pierre Melville tiene una solera y una mitología de la que carece esta película, asimismo inferior a otros thrillers de Fincher, como los apasionantes Seven y Zodiac.

Con estos datos, se comprende que la puntuación que concedo a Millennium resulte paradójica. Si los ingredientes son tan valiosos, ¿qué ha salido mal en la receta?
Y lo que es más subjetivo: si la mayoría de los críticos muestran entusiasmo, ¿por qué este empeño mío en salir de la unanimidad?
Empiezo por lo último: el éxito literario global de Stieg Larsson viene avalado por una legión de fans que admiran su trilogía de culto. El peso de esa opinión favorable, sumado a lo mucho que últimamente nos gusta el cine de Fincher, crea un efecto bola de nieve que se lleva por delante muchas suspicacias.
Nos hallamos ante una de esas adaptaciones que dividen a su público potencial. Quienes hayan leído la novela, o visto la impecable versión sueca rodada por Niels Arden Oplev, asistirán a este estreno con mucha información suplementaria. En cambio, quienes no hayan oído hablar de Larsson –que son quienes ahora me importan– tendrán alguna que otra dificultad para seguir todos los cabos de la historia. Y eso ya es un todo problema cuando hablamos de cine policiaco.

Por otra parte, una puesta en escena grave y minimalista, sumada a un montaje de corte seco, desaloja de cualquier calidez a un film tan difícil de catalogar como sus protagonistas: el periodista Mikael Blomkvist (correcto Daniel Craig), empeñado en desentrañar un oscuro y folletinesco misterio familiar, y Lisbeth Salander (sensacional Rooney Mara), una hacker llena de recursos, con el ánimo endurecido por todo tipo de abusos.
Contribuye a la aspereza del conjunto la textura fotográfica del film, cuya luz quirúrgica subraya esa incomodidad que ya he señalado. Por momentos, da la sensación de que el director de fotografía Jeff Cronenweth ha enfriado su cámara digital en un congelador.
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Copyright de las imágenes y de la sinopsis © 2011 Columbia TriStar Marketing Group, Inc. Cortesía de Sony Pictures Releasing de España. Reservados todos los derechos.
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