
En el momento menos esperado puede sacudirnos la tragedia. El final de un día cualquiera, incluso uno feliz, puede convertirse en el momento más trascendente y a la vez más espeluznante de toda nuestra vida. Este es el punto de partida de Otra Tierra, un filme independiente de modestísimo presupuesto que por lo pronto ha cosechado merecidos premios en Sundance –el Alfred P. Sloan y el Especial del Jurado– y en Sitges –a la Mejor Actriz–.
Después de realizar el documental Boxers and Ballerinas (2004), Mike Cahill debuta en el cine con este sugestivo proyecto escrito al alimón con su amiga y colaboradora habitual Brit Marling, que también hace las veces de protagonista y coproductora.
Apoyado en la cautivadora presencia de la actriz, Otra Tierra aborda la historia de Rhoda, una adolescente con un futuro prometedor que comete un acto "que es imperdonable". Tras celebrar su admisión en el Instituto Tecnológico de Massachusetts con unas cuantas copas de más, la chica se distrae al volante mirando un extraño punto azul en el cielo –que, según dicen en la radio, es un planeta nuevo– y estampa su coche con el de una familia. Las consecuencias serán terribles: el padre, en coma, la madre (embarazada) y el hijo, muertos.
Cuatro años después, ese dichoso punto azul resulta ser, ni más ni menos, que otra Tierra, quizá una imagen especular de nuestro planeta con su Luna incluida, que en cualquier caso se acerca de forma paulatina.

Por su parte, Rhoda deja atrás el reformatorio, pero no así el recuerdo de ese suceso fatal que le acompañará el resto de su vida. Sin querer retomar los estudios, se autocastiga dedicándose profesionalmente a la limpieza, un trabajo con el que, a nivel simbólico al menos, trata de lavar sus pecados.
Tras un intento de suicidio frustrado, Rhoda reúne al fin el valor suficiente para hablar con la víctima superviviente, John Burroughs (William Mapother), ya recuperado del coma pero destrozado anímicamente. Si bien la protagonista no se atreverá a confesar al hombre quién es y lo que hizo, hará todo lo posible por tratar de sacarle del agujero emocional en el que se encuentra. Una decisión que dará comienzo a una compleja y arriesgada relación, tan reparadora como dolorosa, en la que dos personajes rotos por la misma desgracia tratarán de sobreponerse juntos, aunque también, como ella misma confiesa, puede que "solo sea el modo de sobrevivir a lo que he hecho".

Puro cine indie con envoltorio de ciencia-ficción, Otra Tierra combina el mito del doble que tanto juego ha dado en el cine –por ejemplo, en La doble vida de Verónica (La double vie de Véronique, Krzysztof Kieslowski, 1991), mencionada por Cahill como uno de sus referentes– con la posibilidad de la existencia de realidades paralelas, una conjugación de fantasía y ciencia –que contó con el asesoramiento del astrofísico Richard Berendzen, que incluso cedió su voz en momentos vitales del filme– en la que resuenan clamorosamente los ecos de Fringe. Claro que, en última instancia, todo ello funciona meramente como excusa para desplegar una historia íntima (y mínima) sobre la culpa, el perdón, la redención y la búsqueda de la paz interior. Un relato que traspasa el imaginario del Nuevo Mundo –esto es, la búsqueda de una segunda oportunidad– a ese otro planeta (casi) exacto al nuestro que flota en el cielo, etiquetado con nuestra arrogancia habitual como "Tierra 2".
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Copyright del artículo © Lola Clemente Fernández. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes © Artists Public Domain y Fox Searchlight Pictures. Cortesía de 20th Century Fox. Reservados todos los derechos.
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