
Tras debutar en el cine con la magistral The Chaser (Chugyeogja, 2008), el director Na Hong-jin se sumerge en su segundo trabajo The Yellow Sea (Hwanghae, 2010) en el infierno de las mafias. Una fusión del cine de acción más desquiciado con el thriller y con la denuncia social en la que el realizador surcoreano ha vuelto a contar con la potentísima presencia de los actores Ha Jung-woo y Kim Yun-seok, protagonistas de su primer filme.
Clavando la mirada en la cara más peligrosa y oscura de los territorios fronterizos, la acción de The Yellow Sea arranca en Yanji, una ciudad china pero con una importante proporción de habitantes coreanos en la que la pobreza y las mafias son las notas predominantes. Y es que su cercanía a las fronteras de Corea del Norte, Corea del Sur y Rusia convierten a esta región en un lugar privilegiado en lo que respecta a las actividades comerciales y el turismo, pero también a todo tipo de actividades ilícitas, especialmente el tráfico de inmigrantes ilegales.
La película trata de desenmarañar una intrincada telaraña de crimen, vicio y corrupción tomando como protagonista a Gu-nam (Ha Jung-woo).
Taxista de profesión, contrajo tiempo atrás una importante deuda con la mafia china para poder enviar a su mujer a trabajar a Corea del Sur. Tras pasar una temporada sin recibir de esta ni noticias ni dinero, la vida de Gu-nam transcurre entre la sordidez y el patetismo, marcada por las adicciones al alcohol y al juego, por el inmisericorde acoso de sus acreedores y por un odio cada vez más creciente hacia su cónyuge, a la que imagina de forma recurrente manteniendo relaciones sexuales con otros hombres.
Cuando el peligroso Myun (Kim Yun-seok), un jefe mafioso local, le ofrece una jugosa suma de dinero a cambio de matar a una persona en Seúl, Gu-nam acepta, no tanto para pagar su deuda como para tener la oportunidad de buscar –y castigar– a su esposa.

A través del desdichado periplo de su protagonista, The Yellow Sea se introduce en la trastienda de la sociedad surcoreana, incidiendo en males como la proliferación del crimen organizado, la incompetencia de la policía –un tema llevado al paroxismo en The Chaser–, el machismo, el racismo y el maltrato sufrido por los inmigrantes ilegales, en especial los chino-coreanos, denominados despectivamente joseonjok.
Un retrato brutal y descarnado de una humanidad agresiva, casi caníbal, que parece –en palabras de su protagonista– dominada por "una epidemia de rabia" y en la que no queda el más mínimo resquicio para el amor, la ternura o la compasión.
Haciendo uso de una estética realista, a veces mugrienta, que potencia la crudeza y suciedad imperantes –las manchas de sangre, el moho de las paredes, el barro, el óxido, la turbiedad de las aguas–, Na Hong-jin ofrece, como hiciera en su ácida ópera prima, una visión de la naturaleza humana esencialmente perversa, dominada por pecados capitales como la lujuria, la ira y la avaricia. Una propuesta reseñable pero lastrada por un ritmo discontinuo y una trama desigual que avanza a trompicones, vicios narrativos camuflados a duras penas por ingredientes atractivos y poderosos habituales en la cinematografía surcoreana: la desmesura, la violencia explícita y profundamente estetizada, convertida en un fin en sí mismo –la presencia meramente anecdótica de las armas de fuego y el despliegue de un muestrario imposible de armas blancas–, lo imprevisible del azar –que golpea las expectativas del espectador–, el humor negro, negrísimo y una comicidad que roza el slapstick sin desvirtuar por ello una atmósfera de crueldad malsana.
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Copyright del artículo © Lola Clemente Fernández. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes © Fox International Productions, Hong Kong Asia Financing Forum y Popcorn Films. Cortesía de Mediatres Estudio SL. Reservados todos los derechos.
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