
El público objetivo de Verbo es el adolescente actual, cuyos gustos e inquietudes no están tan definidos como en tiempos pretéritos. Es más, hay sospechas fundadas de que, en realidad, una gran cantidad de estos jóvenes no tienen inquietudes reales, demasiado absorbidos por el comentario banal y el atentado ortográfico en Tuenti.
Verbo nos presenta a una joven con el pavo subido, la mente diáfana y sin problemas más allá de que todo el mundo le eche en cara lo lerda que es. Sus padres tienen que trabajar y su profesor se desespera cuando a la niña le da por perderse por calles y edificios abandonados, lo cual, aparentemente, es un suplicio para tan ególatra criatura.
En un momento en el que la chavala se enfrenta al suicidio –o se cae por la ventana por torpe, no queda muy claro–, entra en un mundo interior en el que sus defensas espirituales y creativas –unos guerreros raperos similares al Equipo Actimel– le ayudan a recorrer una aventura psicológica con varias pruebas a través de las cuales encontrará, o no, razones para vivir y no acabar con su inservible vida.
Una fábula hip-hop
La herramienta que propone la película para que los jóvenes encuentren su mojo creativo y vital es la cultura hip–hop, posiblemente la más valiosa de las llamadas "tribus urbanas", ya que sus miembros hacen algo más que escuchar música o tomar sustancias. Entre sus actividades se encuentra el deporte –skate, parkour, breakdance–, el arte –graffiti, diseños– y la literatura, ya que el rap es su voz, y exige dominio ingenioso y rápido de la rima.
Las batallas de raperos, en realidad, no difieren tanto en concepto de aquellos sangrientos combates literarios entre Quevedo y Góngora, y esa conexión entre nuestros clásicos de las letras y la juventud actual es sugerida por Chapero-Jackson como una inyección necesaria en la desidia del sistema educativo actual, tanto para que los críos no sean unos ignorantes como para que sepan el valor real de la literatura: conocer las palabras de otros para encontrar la voz propia.
Sobre el papel, la película resulta estimable, y hasta valiosa –carne de proyección en una clase de instituto–, pero la ejecución es sumamente torpe, y el supuesto planteamiento complejo y original no lo es tanto: Terry Gilliam lleva décadas haciendo películas similares, y bastante mejor.
La puesta en escena echa mano del ordenador para mostrarnos un mundo con graffiti animado, e incluso una secuencia de anime con fondo musical rapero. Todo muy vistoso, pero, como le pasa a la protagonista, parece no encontrar una personalidad propia ni un argumento sólido al que pueda agarrarse el espectador para interesarse por lo que le pasa a la chavala.
Los actores, quizá con la excepción de Manuel Solo, no se muestran demasiado brillantes o implicados en sus papeles, e incluso hay personajes que apenas dicen una frase ni son presentados adecuadamente, pero cuya desaparición es llorada sin que sepamos de quién están hablando realmente.
Las escenas onírico-simbólico-freudianas son tan pomposas como ingenuas, propias de un cortometrajista adolescente, lo cual no ayuda para que el espectador adulto se termine por tomar la película en serio.
En todo caso, Verbo no va dirigida a espectadores adultos, sino a la chavalería, que es quien tiene que estimar si Chapero–Jackson ha realizado un film de culto generacional o una castaña infumable.
Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes © Aurum Producciones. Reservados todos los derechos.
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