
Cuba Feliz es la historia de un hombre con un sueño. El hombre en cuestión se llama El Gallo y es un cantante callejero que persigue su sueño a lo largo y ancho de Cuba. El Gallo llega al corazón de las leyendas musicales del país: estrellas de salsa, raperos de los barrios bajos, grupos de viejos bulliciosos, cantantes de boleros, músicos de jazz improvisado, percusión mística o campesinos juerguistas...
En los caminos y senderos, en las carreteras y trenes, y en los patios traseros de las calles abarrotadas la música llega a formar parte de su vida desarraigada y El Gallo convierte los momentos mágicos en canciones que sabe de memoria.
En su recorrido sin rumbo nuestro cantante conoce a una familia de músicos que le reciben como a un hermano y le acompañan en su camino. Con el contacto humano este hombre, cuyo único equipaje es una funda de guitarra y que está completamente apartado de la estructura social convencional, se abre y se transforma. El Gallo descubre la risa en la música, en el baile y en la improvisación y la emoción de las trompetas y de las sencillas canciones tarareadas por sus amigos.
Pero poco a poco el solitario cantante vuelve a la realidad. La vida no es tan divertida como en las canciones ni tan dulce como los cantos místicos. El Gallo ha recorrido Cuba entera pero al final del sueño descubre que ha vuelto al punto de partida, con el cigarro colgando de los labios. Como sueños oxidados, los cargueros van y vienen en el puerto de La Habana.
Notas de Karim Dridi
No sabía casi nada sobre Cuba y aún menos sobre su música, a pesar de que se oía en la radio todo el día. Quería meterme entre bastidores y descubrir todo lo que había detrás de los tópicos de este género musical. Pedí a mi amigo Pascal Letellier, que conoce Cuba bien, que se adentrara conmigo en esta gran isla.
Y poco a poco descubrí que la música de Cuba consiste en una actitud, en una forma específica de ver la vida. Muchas veces es sinónimo de fiesta pero sobre todo es el reflejo brillante del alma rebelde y original de su gente.
Busqué instintivamente destapar sus misterios y observé su fuerza y vitalidad a fin de llegar a la esencia y así comprender mejor la magia que impulsa a los músicos, compositores e intérpretes cubanos.
Fui a Cuba sin ideas preconcebidas, sin nada que demostrar. Simplemente me dejé llevar, fascinado por el poder del sonido y del bolero cubano. Fue sólo cuando vi la versión final de la película que comprendí lo que quería decir el pintor Err con la frase “Lo que hago me enseña lo que busco”.
Quería dirigir una verdadera obra cinematográfica con las mismas aspiraciones que mis películas de ficción: captar el instante, momentos de armonía y ambiente, la apariencia y las emociones. En resumen, quería crear una calle de dos sentidos entre lo que yo vi (el cine) y lo que ellos escuchan (la música).
Una verdadera calle de dos sentidos: entre la música y el cine, entre los músicos y el director, la comunicación entre los hombres. Quería tener la máxima disponibilidad para poder estar presente en los momentos mágicos y para poder seguirles y crear secuencias continuas, puntuadas por la vida misma.
Formamos un equipo de lo más básico. Rodamos con una cámara de mano y un único micrófono en una jirafa. Noté que poco a poco mi perspectiva de la película se confundía con la de El Gallo. El personaje principal es una presencia física y también una perspectiva. Esta película es un viaje musical y el recorrido de El Gallo se funde con nuestra propia exploración de Cuba. Fue mi debut detrás de una cámara. Fue como escribir en primera persona.
Desde el principio El Gallo nos conmovió. Fue así de sencillo. Pero al mismo tiempo parecía lleno de expectaciones y en medio de una lucha antigua. Tomamos la decisión de aceptarle tal cual, sin pensar en las consecuencias. El Gallo no tenía nadie ni nadie que ponerse ni nada para llevar. Se impuso de forma suave en la película a la vez que se convertía en un viajero de “Cuba Feliz”, un viajero que se deja llevar por la corriente de la vida. Fue el primer viaje de El Gallo por Cuba. Durante un tiempo estuvo tan perdido como nosotros. Fue una increíble iniciación.
En La Habana El Gallo es un hombre aparte. ¿Cómo podemos describirle? A veces es un bardo marginado y otras veces es una figura destacada, protegida por el poderoso Sindicato de Escritores de La Habana (que no es sólo una institución oficial sino también un centro de tertulia y reuniones de intelectuales que empiezan a las cinco de la tarde a la sombra de los árboles del jardín). Es aquí donde conocemos a nuestro cantante. Todo el mundo conoce a El Gallo y todos le aprecian, o al menos le toleran. Estaba allí con su guitarra, esperando el momento en que alguien se acercara para invitarle a una copa y pedirle una canción. ¡El hombre es un tocadiscos humano! El apodo “El Gallo” le sienta bien porque canta día y noche y su voz en lo único que tiene para ganarse la vida.
El Gallo tiene un repertorio increíble. Sabe de memoria casi todas las canciones de Benny Moré y de Pepe Sánchez. Es como la memoria viva del bolero cubano, cuyas canciones vende como si fuera un trovador urbano. Es imposible entrar en el mundo de la literatura, el teatro o la poesía cubanos sin dar con El Gallo, una figura extraña e inolvidable y un auténtico pícaro.
El Gallo tiene 76 años y es pobre. No sabemos mucho de las aventuras de la vida de este mestizo. Habla poco. Canta, y sus canciones están llenas de leyendas además de cosas de su vida diaria: sus preocupaciones, sus esperanzas, sus amores, su edad, la muerte... Para él la vida es una lucha. Esta palabra es un sinónimo de la revolución, de la resistencia y de la supervivencia. Así que “El Gallo” lucha y sus canciones son eslóganes nostálgicos.
Las primeras palabras que intercambiamos con Pepín Vaillant – el trompetista más excéntrico y loco de la isla – fueron en francés, lo cual hablaba con un acento mezclado con el inglés americano y el español. Pepín creció en el París de los años 40 y 50, en medio de la vida nocturna del barrio de Pigalle. Ha conservado su apariencia rara, los ojos grandes y brillantes, y un curioso dialecto de los años 50. Habíamos conseguido al hombre que buscábamos y, antes de dejarle, le propusimos hacer unas fotos en la calle. Y allí, delante de su desvencijada casa de Santiago, el viejo artista se rió mientras posaba, trompeta en mano, levantado una larga pierna por encima de su cabeza en un grotesco movimiento acrobático de los viejos tiempos. Fue tan inesperado que pronto estábamos rodeados de paseantes curiosos, sorprendidos por lo que veían.
Pepín también nos habló de sus giras musicales, de España y de Sevilla, donde vivió varios años en el barrio de Triana: “En Sevilla yo era un gitano más..” Pepín sujeta la trompeta en la mano derecha y parece escribir el sonido con el dedo índice de la mano izquierda. Así fue cómo descubrí las manos de este hombre. Eran manos extraordinarias, con dedos largos y ágiles. Eran increíblemente expresivas y hermosas y sin duda marcaron cada paso en la carrera de este músico y actor. En una mano sujetaba la trompeta melosa, la trompeta para la novia o la trompeta cantante mientras los cinco dedos de la otra mano dibujaban en el aire comentarios, órdenes y adornos.
Mirta Gonzales
Con más de sesenta años cumplidos, Mirta se ha jubilado y tiene tiempo para ensayar y hacer realidad el sueño de su vida: cantar y formar un grupo con algunos amigos violinistas y percusionistas.
¿Quién es Mirta? Es una mulata cubana. Nació en La Habana y ha hecho toda clase de trabajos, principalmente el de sastra. Tenía una pequeña tienda y tras su divorcio dependía de la tienda para sacar adelante a su hija y a sí misma. Su marido trabajó como copista en el Sindicato de Músicos de la Habana y mediante esta conexión Mirta entró en contacto con los artistas y músicos de la ciudad. Mirta siempre ha cantado, pero como amateur, y nunca llegó a ser artista profesional, lo cual en Cuba necesitaba una formación específica. Hoy todo ha cambiado y Mirta tiene planes para grabar su primer álbum.
Alberto Pablo
Conocimos a Alberto una noche en Trinidad. Tocaba solo en un túnel y alrededor del cuello llevaba guirnaldas de latas vacías que tintineaban en el viento del océano. Sus dedos ágiles, el toque flexible y la variedad de sonidos crearon una mezcla sorprendente, a veces burlesca. Nos causó una gran impresión. La sesión duró una o dos horas – ya no me acuerdo. Alberto guardaba silencio bajo su gorra de cuero y los dos tambores rugían en la noche como dos bestias salvajes haciendo el amor.
El gran percusionista Tata Guines considera a Alberto un maestro y sin duda es uno de los grandes músicos místicos de la isla. Pero es un campesino frustrado. Es austero como los pobladores de la sierra árida donde domina la santería, un dominio ineludible en estas tierras antiguas.
Aníbal Avila
En el pobre barrio negro de Santiago, Aníbal vive en una de las casuchas construidas por la empresa Bacardí – en sus días de gloria – para alojar a sus trabajadores. Allí la gente juega al dominó, charla, repara los viejos coches y observa lo que ocurre en la calle inundada por el olor de la levadura de las cercanas cerveceras. La música de los radiocasetes, que sueña a todo volumen, apenas tapa el ruido ambiental.
Aníbal ocupa un lugar especial en Santiago, el capital de la música cubana. La verdad es que quedan muy pocos músicos negros de su edad y talento. La mayoría de los que tienen entre 30 y 45 años han abandonado la isla para probar suerte en Europa, México o Florida, donde dicen que hay dinero fácil. Aníbal procede de la clase trabajadora con tradiciones sencillas.
Le encanta tararear: “Hicimos el amor pero cuando me desperté vi que era sólo un sueño. La realidad me pesa demasiado. La razón me dice al oído: estás loco...pero no me importa”. Nos infundó energía durante todo el rodaje, y nos llevó a escuchar a los viejos soneros y a los raperos de los barrios peligrosos de la ciudad. También fuimos al barrio de Tivoli para un concierto “trovadora” en casa de Zaïda. Así es cómo su trompeta con energía solar marcó la entrada de Santiago en la película porque las emociones de Santiago se sitúan a medio camino entre la conmovedora trompeta estilo casero de Pepín y el sonido elegante y travieso de Aníbal.
Armandito Machado
Armandito es el guía. Tiene cuarenta y tantos años y es un músico con una pasión por todo lo que tiene que ver con la música y la danza en su ciudad de Santiago de Cuba y sus alrededores.
Armandito normalmente toca contrabajo y dirige su banda “Los Guanches” con un verdadero deseo de contribuir al ambiente en días de carnaval y de dar a conocer el sonido santiaguero por el mundo entero.
Representa una nueva generación y los viejos abuelos de Trova y Changuy en Guantánamo podrán contar con él para perpetuar su música.
Mario Sánchez Martínez, conocido como “Juan”
Juan nos habló largo y tendido sobre su trabajo en la banda Café Mezclado y de las dificultades de dar a conocer su música. En Cuba existen muchos circuitos musicales y se entrecruzan. Todo está permitido y todo es posible. Solo que es extremadamente difícil empezar.
El rap y el reggae evocan fascinación y rebelión. Y queda claro que su posición es más política que social. Juan muestra una gran admiración por Pepín Vaillant y no cree que se haya distanciado de la música cubana.
Pero el rap cubano es distinto de otra música rap por al menos cuatro motivos:
En primer lugar, los raperos cubanos están familiarizados con la teoría musical y han estudiado polifonía. Su música está “trabajada”. En segundo lugar, el rap cubano depende en gran medida de la improvisación, de la típica espontaneidad de los músicos santiagueros y de la cultura poética de Cuba.
Tercero, el hecho de que el rap es un arma. Su ideología va en contra de la propaganda oficial y refleja el amor que sienten los cubanos por la política y la sátira. La última diferencia radica en el desconocimiento de los raperos de las modas artísticas y musicales del resto del mundo. No tienen acceso a una información directa y los cubanos cantan rap y reggae sin conocer el fundamento de esta música.
La banda sonora original
Rodar mientras suena música es una sensación única. Te conectas de otra manera con el ritmo porque la música establece la velocidad de la cámara y nosotros la seguimos, navegando por un océano de frases musicales. Cuando rodamos una pieza musical “desde dentro”, como lo que hicimos aquí, ya tenemos el principio pero también escuchamos acercarse el final.
Cuando estaba verdaderamente sincronizado con la música que tocaban, establecí una relación simbiótica con mis músicos acompañantes. El papel de la música fue crear una conexión entre la persona detrás de la cámara y el músico que tocaba.
Copyright de texto e imágenes © Vértigo Films. Reservados todos los derechos.
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