Como puente entre la generación de los maestros del cine argentino y la nueva remesa de jóvenes cineastas, aparece Marcelo Piñeyro.
Su irrupción en el mundo audiovisual tiene importancia no sólo por sus cualidades narrativas, sino porque ejemplifica un modo de hacer cine en el que las pretensiones artísticas no dejan atrás al público general. Piñeyro filma a favor del espectador, y acaso este interés comunicativo se deba a que dio sus primeros pasos en el campo del cine publicitario.
A decir verdad, casi toda su filmografía ha dejado su huella en los índices de taquilla. En 1984 ejerció como productor ejecutivo de La historia oficial, ganadora del Oscar a la Mejor Película Extranjera. En 1993 se estrenó en el oficio de director con Tango Feroz, cuyo enorme éxito popular impulsó la carrera de Piñeyro hacia nuevos y reconocidos proyectos: Caballos salvajes (1995), Cenizas del paraíso (1997), Plata quemadaKamchatka (2002). En definitiva, películas exitosas, acentuadas a partes iguales por los críticos y la audiencia menos sofisticada. (2001) y
En esos años, la importancia del realizador argentino se hizo visible en España, a tal punto que fue acá donde obtuvo financiación para algunos de sus largometrajes. Este sincero compromiso con la industria española obtuvo un sello definitivo en 2005, cuando Piñeyro se encargó de adaptar en El método la pieza teatral El método Grönholm, de Jordi Galcerán, que presentaremos como una de las mejores ofertas de la moderna escena ibérica.
La versión fílmica de la obra de Galcerán cambia de valor algunas referencias de esta última.
Es más: según todos los indicios, modifica las intenciones del dramaturgo. Si en la comedia original era el humor un recurso preferente, Piñeyro opta por resaltar las connotaciones socioeconómicas del argumento, definidas tanto por la postura política del realizador como por el espacio narrativo en el que ésta se yuxtapone. Así, película y pieza teatral nos relatan un proceso de selección de personal destinado a ocupar puestos ejecutivos en una empresa multinacional.
Pero allí donde Galcerán se burla con eficacia y buena literatura de los juegos de poder y de las pequeñas miserias que revela cualquier competencia, Piñeyro prefiere introducir reflexiones en torno a la economía global, elevando un dedo acusador hacia el modelo capitalista. Y si bien este despliegue, por mesurado, no alcanza un nivel panfletario, es palpable que se aloja por completo en una jurisdicción menos simpática, y también menos irónica que la ocupada por su referente teatral.
Como largometraje, El método es impecable en términos técnicos e interpretativos, pero es probable que quienes hayan disfrutado de la versión teatral prefieran distanciarse de ciertos esencialismos ideológicos, respetables y acaso necesarios, pero excesivamente subrayados en un marco donde ha de dominar la sonrisa.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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