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| "Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 2" (2011) |
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Bueno, eso no nos ocurre a los demás. Casi nadie escribe un cuento juvenil y amasa con ello una fortuna que consigue figurar la revista Forbes. En cualquier caso, J.K. Rowling merece elogios menos materialistas que éste, y lo mismo cabe decir sobre la estupenda saga cinematográfica que llega a su colofón con Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 2.
Vistas así las cosas, podría decirse que el estreno de la última entrega de la serie será recordado como uno de esos acontecimientos que un día no muy lejano provocarán nostalgia en los innumerables seguidores del joven mago.
Con buena parte del camino dramático ya recorrido, el director David Yates afronta el último tramo del relato con las fuerzas bien dosificadas. Una vez más, demuestra que se trata de un realizador brillante, con el entusiasmo y la pulcritud narrativa necesarios para un empeño de estas características.
En la octava y última entrega –correspondiente al séptimo libro– comparece buena parte de los personajes que nos han acompañado durante los últimos años, y este sentimiento de despedida se refleja en una sucesión de desenlaces y epílogos que adornan el eje central del filme: el duelo definitivo entre Harry y Lord Voldemort.

¿En qué consiste el encanto de la saga? Si nos fijamos en su versión cinematográfica, es evidente que cumple a rajatabla los parámetros argumentales que George Lucas extrajo de El héroe de las mil caras, una obra del antropólogo Joseph Campbell que se ha convertido en libro de cabecera para la mitad de los guionistas de Hollywood.
Seguramente por ello, no es difícil reconocer en esta entrega final de Harry Potter los mismos recursos narrativos y de construcción de los personajes que uno puede hallar en Star Wars, en Matrix o en la versión cinematográfica de El Señor de los Anillos. De hecho, llega un punto en el que Harry nos recuerda a Luke frente a su Vader particular, o a Frodo ante el abismo, tentado por la posibilidad de un poder inconcebible.
Incluso hay una escena donde la realidad y el mundo virtual se confunden, como ocurría en la trilogía de Neo.

Las reacciones ante la primera entrega de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte oscilaron entre el entusiasmo –profesado por quienes disfrutaron con el tono denso y melancólico de aquella road movie juvenil– y la decepción de los que, habiendo leído el libro de Rowling, echaron de menos detalles –digámoslo así– fundamentales.
A decir verdad, el guionista Steve Kloves ha trabajado otra vez bajo la atenta mirada de la propia J. K. Rowling, quien ejerce de productora junto a David Heyman y David Barron. Lo cual nos lleva a creer que nada de lo que la película ofrece, incluidos ciertos cambios respecto a la obra literaria, se ha hecho sin el consentimiento de la máxima responsable de la franquicia.
No voy a contar nada del argumento. Baste decir que las revelaciones son decisivas e inesperadas, y ello asegura un buen puñado de sorpresas para el espectador que no haya leído los libros de J.K. Rowling.
El itinerario iniciático de Harry alcanza un final satisfactorio, y lo mismo sucede con el de sus inseparables amigos. Incluso la imagen que tenemos de alguno de los héroes y villanos de anteriores entregas se modifica de forma sustancial.

El responsable de la dirección artística, Stuart Craig, vuelve a lucirse con unos decorados que, ya en la primera parte, acreditaban unas sensacionales facultades creativas.
A estas alturas, decir que la dirección artística y los efectos visuales de HP 7 son sensacionales no es una novedad. Tampoco se puede criticar al elenco, encabezado por algunos de los mejores intérpretes de la escena inglesa. Y sin embargo... Digamos que la épica no es todo lo cálida y rotunda que uno esperaba, y que las emociones tampoco fluyen con la naturalidad deseable.
Cuando muere un personaje importante, se nos relata con un cierto distanciamiento, como si los ingredientes dramáticos no estuvieran bien equilibrados. De igual modo, parece que algo se echa en falta cuando llega el momento de la verdad, y la vida de Harry depende de su varita mágica.
Qué duda cabe: la película se ve con agrado, pero no sé si premia adecuadamente la devoción de sus seguidores. Acaso porque, después de tantos años, uno desearía utilizar en esta crítica adjetivos como magistral o desbordante, en lugar de correcta y entretenida.

De cualquier modo, hay mucho que agradecer a los libros y a las películas de Harry Potter –para empezar, su fomento de la lectura entre los más jóvenes–, así que una buena dosis de simpatía debe sobreponerse a dichas objeciones.
En realidad, esta última película de Potter que llega a nuestras pantallas es el resultado de un largo y meticuloso periodo de posproducción, en el que se han corregido fallos y añadido efectos gracias a los prodigios de la tecnología digital. Las dos últimas cintas se rodaron entre el 19 de febrero de 2009 y el 21 de diciembre de 2010, pero es obvio que el mundo de Harry tiene mucho de ilusión, y eso es imposible de reflejar mediante los métodos tradicionales.A diferencia de la anterior entrega, más realista y con un aire vérité que a algunos nos recordó el cine inglés de los setenta, la segunda parte de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte se presenta como un festival colorista, en el que todo el poderío visual de la saga queda de manifiesto.













































































