En una secuencia clave de Infiltrados, Scorsese pone al descubierto el dilema de los protagonistas por medio de un recurso poético.
La pantalla de una televisión emite la última escena de El delator (1935), aquella cinta de John Ford ambientada en la rebelión irlandesa de 1922. Moribundo, el borracho Gypo Nolan entra en una iglesia y pide perdón a la madre de Frankie, el patriota que murió cuando Nolan se rebajó a pactar con los oficiales de los Black and Tans.
Al igual que Judas, Gypo persigue una expiación y, de paso, sirve de alimento totémico a una sociedad que se busca en las viejas verdades. Sin duda, el católico Ford era maestro en ese arte de reelaborar los mitos judeocristianos. La misma etiqueta vale para Scorsese, cuya última obra ensancha el estereotipo de Nolan dentro del universo noir.
Abundando en su gravedad moral, es interesante cotejar el proceso de purificación que rige en Infiltrados −en inglés, Departed: los que han pasado a mejor vida− con la pesadilla budista que propone Juego sucio (2002), de Wai Keung Lau y Siu Fai Mak, la producción china que le sirvió a Scorsese como punto de partida argumental.
El título cantonés de dicho filme, Mou gaan dou, alude al infierno donde el pecador purga sus penas en soledad. Los protagonistas, un policía introducido en las triadas y un mafioso que desdobla su identidad como detective, entablan una relación que se vuelve endiablada.
Ambos tienen como misión el descubrimiento del otro, pero la red de malentendidos es tan tupida que les lleva a dudar de su papel en este juego de lealtades fortuitas. A modo de mensaje final, Juego sucio revela que el traidor acaba por considerar lo propio como extraño.
Dicho de otro modo: de nada sirven los injertos cuando las quemaduras son demasiado grandes.
El soberbio guión de Infiltrados, obra de William Monahan, reconstruye la idea de Lau y Mak en el sur de Boston. En este caso, las relaciones de poder se anudan desde la Unidad de Investigaciones Especiales de la Policía Estatal, donde trabajan los agentes Colin Sullivan (Matt Damon) y Billy Costigan (Leonardo DiCaprio).
Hecho con piel de camaleón, Sullivan −¿un nuevo Mr. Ripley?− es visto como el triunfador que consigue amistades entre la clase alta de Beacon Hill. Cuando irrumpe en la escena policial, nadie puede sospechar que cumple órdenes del jefe de la mafia irlandesa, Frank Costello (Jack Nicholson).
Su oponente, Costigan, piensa que acaso se haya equivocado de tren. Una vez infiltrado en el clan de Costello, debe pactar su vasallaje. No es la Pimpinela Escarlata −muy al contrario: su máscara es igual que su rostro− y además defiende una moral plebeya y cerril que lo asemeja al Amsterdam Vallon de Gangs of New York (2002).
Después de todo, su traumático acercamiento a Costello parece un pretexto para caer desde lo más alto.
Retorciendo magistralmente la fórmula del cine negro, Scorsese aplica a Sullivan el dilema esencial del detective hard-boiled: tentado por una mujer, distrae su mirada del camino marcado por la figura paterna. En este caso, la femme fatale es Mandolyn (Vera Farmiga), una psicóloga de íntegros principios, cuyo compromiso con el impostor podría llegar a redimirlo −o mejor, a normalizarlo−, desdibujando así la autoridad de Costello.
En paralelo, el carismático jefe mafioso se convierte en un padrastro para Costigan, a quien el director reserva el papel de Hamlet vengativo, deseoso de limpiar la corrupción que destruyó su verdadero linaje.
Dado que Sullivan asume plenamente las consecuencias de sus actos, podemos verle como el cínico campeón de este relato. En contraste, Costigan se desespera y requiere, a hurtadillas, la autoridad tradicional que encarna el capitán Queenan (Martin Sheen), con su doctrina aprendida en los polvorientos manuales de la Magistratura.
La conexión de Infiltrados con la lóbrega escenografía de Scarface (1932) permite advertir otros paralelismos con la cinta de Howard Hawks. El principal de ellos es el empleo de la letra X como mensaje cifrado, como una charada que a duras penas oculta una sentencia de muerte para quien la resuelve. De otra parte, al igual que sucede con el gángster ideado por Hawks, Costello parece intuir que la bala con su nombre ya ha sido disparada. Este giro reflexivo lo aleja del histérico Tony Montana de Scarface. El precio del poder (1983), y demuestra que Brian de Palma, buen amigo de Scorsese, sólo atendió a las observaciones supersticiosas del mafioso, omitiendo su descarada destreza en la patria del derecho.
Si hay una figura que vincule a esta película con Uno de los nuestros (1990) y Casino (1995) es precisamente Costello. Para fijar el retrato granuloso de este criminal, Scorsese quería a Robert De Niro, soberbio en ambos largometrajes −dio vida a James Conway y Sam Rothstein, dos tipos con cierta propensión a no ver el lado decente de las cosas−. A última hora, De Niro se desvinculó de Infiltrados ante la perspectiva de rodar The Good Shepherd, y hubo que convencer a Nicholson para que aceptase sustituirlo. Con ello sale ganando el personaje, otro charlatán de porte regio, criador de cuervos, acostumbrado a descubrir las artimañas que emplean los matones para engatusar a su amo.
Hay momentos en que Costello usa palabras de feriante. Otras veces encarna esa hostilidad psicológica que James Cagney atribuía a irlandeses como John Ford, del que había aprendido a esperar lo peor. Malicia: verdades dichas a quien las merece, pero acompañadas por revelaciones que más valdría ignorar. El cliché persiste −en esto se parece a la envidia española− y Nicholson lo asume con picardía.
Quién lo diría, pero es así: tanto en sus pretextos como en sus engaños, Costello personaliza algo muy turbador. Una impresión de déjà-vu, como si el conjunto de la sociedad −la convención que nos salva− estuviera sentenciada a diseminar el relativismo que corroe sus pilares. En todo caso, el desconcierto inspira al propio Scorsese y, entre líneas, añade un significado trascendente a su admirable mascarada.
(Publiqué la primera versión de este artículo en el diario ABC.)
2 días atrás
105 días atrás
105 días atrás
105 días atrás
105 días atrás
175 días atrás
119 días atrás
232 días atrás
241 días atrás
286 días atrás
651 días atrás
1455 días atrás
1455 días atrás













































































