
Si el buen cine engorda, he vuelto a fracasar en mi dieta. J. Edgar es un biopic sombrío, fascinante y revelador. Casi tanto como el verdadero J. Edgar Hoover.
A estas alturas ya sabemos que el auténtico Hoover fue un personaje digno de su tiempo, en lo bueno, en lo malo y en lo peor. Biografías tan desmitificadoras como la de Anthony Summers han contribuido a situarle en una perspectiva ajustada. Su enorme poder como director del omnipotente FBI desde 1924 a 1971 le convirtió en centro de la vida norteamericana. Frente a sus innegables éxitos policiales, los investigadores mencionan su represión contra los activistas de los derechos civiles, el miedo que inspiró a varios presidentes, sus conspiraciones y sus arreglos con los jefes de la Mafia. Detrás de su máscara de honorabilidad tradicional, Hoover ocultaba sus amores homosexuales, su afición al travestismo –¿una leyenda urbana?– y esa irresistible afición al lujo que le vinculó a millonarios no demasiado recomendables.
"Explorar semejantes contradicciones –nos dice Summers– equivale a hacer un viaje vital por nuestro siglo, una época de engaño, a los demás y a nosotros mismos, en lo que se refiere a nuestros valores, nuestras libertades y nuestros héroes. Debido a que la vida de este hombre abarcó un periodo en el cual el sueño americano se malogró tanto, quizá comprenderle a él nos ayude a entendernos a nosotros mismos".

Con su talento intacto a pesar de la edad, el maestro Eastwood ha comprendido a la perfección esa ambigüedad moral, y nos regala una magnífica película en la que varias décadas de historia son puestas bajo la lupa. Sin adornos poéticos ni sensacionalismo –no insiste en la faceta fetichista y sexual–, pero con la claridad de ideas necesaria para convertir a Hoover en un ser humano apasionante y también temible.
De Leonardo DiCaprio solo cabe decir que merecería el Oscar por su interpretación del director del FBI: un papel complejo, incómodo, lleno de aristas y sin claras motivaciones para su proceder, más allá de la imagen de la madre – Anna Marie, interpretada por Judi Dench– o de sus atormentadas inclinaciones eróticas y amorosas.
Patriotismo y represión: no es una visión amable de la condición humana, pero se ajusta bastante al periodo histórico que refleja, cuyos ecos resuenan en cintas como JFK, de Oliver Stone.

La sutileza del guionista Dustin Lance Black logra que los aspectos más controvertidos de Hoover encajen con el relato sin necesidad de tomar partido (Esto último se lo deja al espectador). Sin embargo, es cierto que a la narración le hubiera hecho falta una reescritura final para poner orden en sus pasajes más confusos.
Por su parte, el uso de contraluces, sombras, tonos sepia y colores desaturados contribuye a caracterizar eficazmente esta fábula de intrigas, codicia, engaños, conductas sórdidas y buenas intenciones enturbiadas por la política.
Naomi Watts (Helen Gandy, secretaria de confianza de Hoover durante 53 años) y Armie Hammer (Clyde Tolson, su mejor amigo, su amante y algo más) construyen sus personajes con soltura y eficiencia. Lo mismo puedo decir de Damon Herriman (Bruno Hauptmann), Jeffrey Donovan (Robert F. Kennedy), Josh Lucas (el aviador Charles Lindbergh) y Lea Thompson (Lela Rogers, madre de Ginger Rogers).
Entre los defectos de la película figura el maquillaje. Decir que no está a la altura del resto de la producción es casi una obviedad.
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Copyright de las imágenes (Fotos de Keith Bernstein) © Malpaso Productions, Wintergreen Productions. Cortesía de Warner Bros. Pictures International España. Reservados todos los derechos.
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