
Dirigida por Haruki Kadokawa, Kagetora, el guerrero (Ten to chi to, 1990) narra el histórico enfrentamiento que en el siglo XVI mantuvieron dos importantes señores feudales.
Se trata de los caudillos Kagetora (Takaaki Enoki) y Shingen Takeda (Masahiko Tsugawa), cuya lucha se desarrolla con gran espectacularidad en la cinta, por medio de masivas cargas de caballería y combates con espada.
La película alude asimismo al romance surgido entre el primero y Nami (Atsuko Asano), la hija de uno de sus samurais de confianza, Usami (Tsunehiko Watase).
En el film hay tres encuentros entre Kagetora y Nami, y todos ellos están impregnados de un fuerte simbolismo.
El primer encuentro tiene lugar durante una cacería. Kagetora persigue al galope a un ciervo que se interna en el bosque. Este es frondoso y está cruzado por un riachuelo surgido en las cercanías de una cascada. En un calvero se alza una especie de escenario donde Nami interpreta una canción con su flauta mientras sus damas de compañía evolucionan con la música. Extasiado con la armonía de la imagen, Kagetora decide no interrumpir a Nami.
Disponemos en esta secuencia de una serie de informaciones que son fácilmente comprensibles para un espectador japonés cultivado. El que se elija este ambiente, al margen de sus posibilidades estéticas, tiene que ver con una determinada interpretación clásica de este entorno vegetal. Quizás sea interesante atender a lo escrito por Lafcadio Hearn con relación al árbol que el director relaciona con Nami: "El pino es un árbol simbólico en este país de los símbolos: siempre verde, es al mismo tiempo el emblema del cariño firme y de una larga y fuerte vitalidad. Sus hojas en forma de agujas se dice que tienen el poder de ahuyentar los demonios".
Si nos guiamos por esta explicación, resolvemos en gran medida la cualidad esencial de la secuencia, ambientada en un entorno que, desde un punto de vista simbólico, destaca un motivo positivo, relacionado con el amor que nace entre sus dos protagonistas. No olvidemos que Kurokawa aborda de modo entusiasta la reconstrucción de una época y, a buen seguro, respeta el trasfondo simbólico de ésta.
Tras esa relación, cabe hablar asimismo de un pictoricismo en la composición de los planos de Nami que nos recuerda el estilo de la escuela de pintura decorativa Sôtatsu–Kôrin , que se desarrolló entre los siglos XVII y XIX, y que dio un tratamiento excepcionalmente luminoso a las escenas de naturaleza. Esta aparente digresión nos sirve para confirmar el conocimiento de Kurokawa de sus referentes artísticos, por lo que, si existe la cita pictórica, muy probablemente se dé la intencionalidad simbólica.
El segundo encuentro está marcado por la floración de un enorme bosque de cerezos. Los pétalos rosados inundan el paisaje en esta nueva reunión de la pareja en la que, una vez más, Nami ofrece a Kagetora su interpretación de flauta. De nuevo recurrimos a Hearn para establecer uno de los varios simbolismos que se aplica al cerezo: Sus flores inmaculadas simbolizaban esa delicadeza de sentimientos y pureza de vida que son el complemento y el honor de la verdadera caballerosidad.
Este planteamiento alcanza una particular dimensión si atendemos al significado de la secuencia. Kagetora ha hecho voto de castidad para cumplir exclusivamente a sus tareas marciales, en tanto que Nami se muestra respetuosa con esa decisión, pero no oculta su fascinación por el guerrero. Son expresiones en extremo sutiles, pero que a ojos del espectador japonés traslucen un romanticismo contenido que la fuerza simbólica de los cerezos refuerza.
Podemos aventurar incluso que el director identifica a Nami con esos cerezos, pues en el plano de la despedida entre Kagetora y ésta, ella se integra de forma casi natural en la nube de pétalos que surcan el cuadro. Si es una metáfora lo pretendido, será pertinente otra consideración del escritor Lafcadio Hearn:
"Es un grave error afirmar, como lo han hecho algunos escritores, que los japoneses no comparan a las mujeres con las flores y con los árboles. Una graciosa joven es cosa corriente compararla con un sauce esbelto, y como acaba de verse, su encanto juvenil y la bondad de su corazón se simbolizan por el cerezo y el ciruelo floridos".
Si nos acercamos a la secuencia desde un punto de vista pictórico, el trabajo de fotografía interpreta una composición propia del impresionismo japonés desde un marcado acento nacionalista, pues no en vano se está remarcando la presencia de un elemento tan significativo para las esencias simbólicas del archipiélago como lo es el cerezo.
De buscar un referente con parecidos matices, los términos pictóricos se encaminarían hacia Kaii Higashiyama y su particular relación con la naturaleza que, en palabras del escritor Yasushi Inoue –muy semejante al antedicho planteamiento de la simbiosis–, se traduce en las siguientes palabras: "Hay en las pinturas de Higashiyama, fundamentalmente paisajes, algo prodigioso, que deriva de la forma en que el artista se acerca a la naturaleza. El pintor no impone a ésta su personalidad, pues sabe muy bien que el hombre no tiene derecho a subyugarla, aunque, por otra parte, el artista no es tan modesto como para dejar a la naturaleza libre en sus propios recursos".
La forma en que se plantea la secuencia que analizamos es muy semejante al modo en que este pintor trata los paisajes, difuminando el detalle, priorizando el color y, sobre todo, creando esa visión de la naturaleza partiendo de miles de pequeñas hojas o pétalos.
Este tipo de paisaje, típicamente otoñal, es llamado por los japoneses momiji o kôyô, y no sólo ha dado lugar, como he comentado, a obras fílmicas o pictóricas, sino también literarias y musicales.
Tras vencer en duelo a Usami, que lo ha traicionado, Kagetora atraviesa un bosque para alcanzar la mansión de Nami. Llueve en la oscuridad, atenuando el agua las formas de la fronda, componiendo, en suma, un ambiente casi fantasmal. Tras recibir la noticia de la muerte de su padre, Nami entona una vez más la tonada que parece ligarla con Kagetora.
Es el tercer y último encuentro que el film nos muestra entre ambos. En este caso no hay que buscar una interpretación simbólica en las especies vegetales.
Al margen de la utilidad funcional, su significado simbólico del engawa, a juicio de Kurokawa, enfatiza la continuidad entre el interior y el exterior. Refiriéndonos exclusivamente a una secuencia del film Kagetora, el guerrero, hay una implícita identificación de la tristeza de Nami con la tormenta que se abate sobre el bosque, reforzada por el hecho de que ella reciba la noticia desde el engawa, que no establece rupturas con éste, sino una genuina simbiosis.
La lluvia, la exuberancia de la vegetación y el hecho de que Nami esté destinada a ser la esposa de Kagetora completan un significado que, desde la perspectiva japonesa, liga lo telúrico y lo espiritual, la fertilidad terrenal y la empatía de las almas. Al margen de la eficacia simbólica del cuadro, esta secuencia es asimismo una prueba de la resignación y fortaleza de Nami, cuyo clan está marcado por la traición de su padre y que aguarda a que el amor de Kagetora la libere de esa prisión oscura –el bosque lluvioso– y la conduzca a una posición más honorable.
Por otro lado, y mucho más importante, es una extraordinaria demostración de afecto de Kagetora, puesto que es él en persona y en solitario quien atraviesa el bosque para comunicar la noticia a Nami y rendir a ésta pleitesía, pese a ser ahora el jefe máximo de su clan. Ahora más que nunca la joven se presenta como una especie de vestal, guardiana de un conocimiento místico ligado al bosque que siempre rodea su presencia.
Copyright de las imágenes © Haruki Kadokawa Films. Reservados todos los derechos.
125 días atrás
125 días atrás
126 días atrás
177 días atrás
8000 días atrás
330 días atrás
3281 días atrás
2550 días atrás
2915 días atrás
8412 días atrás
1847 días atrás
3673 días atrás
4039 días atrás













































































