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"La huérfana" (Jaume Colet-Serra, 2009)

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"La huérfana" (Jaume Colet-Serra, 2009)
Sinopsis
Cómo se hizo
No hay nada malo en ser diferente…
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La huérfanaQue La huérfana es mucho más que una película de horror queda claro desde sus primeros minutos. Quizá el mayor acierto de Jaume Collet-Serra sea la importancia que concede al drama íntimo de los personajes. Un drama morbosamente cautivador, que sobrecoge y también conmueve.

En La huérfana la perversidad infantil encaja como la cosa más natural. Da la impresión de que Collet-Serra ahonda en el relato sin apenas esforzarse, con esa sobriedad y ese ritmo profundo y marcado que caracteriza a los cineastas más experimentados.

Seguramente por ello, y a pesar de sus pocas pretensiones, la cinta multiplica por cien lo que lleva dentro, y añade al puro terror sentimientos muy matizados.

Se trata, en definitiva, de una propuesta al viejo estilo, cuyo arco dramático va de la rabia a la desolación, de la ambigüedad a la paranoia.

Desde que la pareja formada por Kate (Vera Farmiga) y John (Peter Sarsgaard) decide conjurar la pérdida de una hija muerta antes de nacer, ya sabemos que los sentimientos de culpa van a ir aflorando. Sobre todo porque Kate se mueve constantemente por arenas movedizas, y debe ir al psiquiatra para no perder la fuerza que le proporcionan sus otros dos hijos: la pequeña Max (Aryana Engineer), aquejada de sordera, y el preadolescente Daniel (Jimmy Bennett).

El matrimonio decide adoptar otro hijo, y es en el orfanato local donde Kate y John encuentran a Esther (Isabelle Fuhrman), una niña de origen eslavo, educada, inteligente y endiabladamente manipuladora. Que sea capaz de convertir el mundo en un infierno no es el peor de sus rasgos. De hecho, Esther guarda secretos que no debo revelar.

La flexibilidad emocional de la que demuestra ser capaz Vera Farmiga surge como resultado lógico de una puesta en escena meticulosamente diseñada. Claro que es Isabelle Fuhrman la que se lleva al gato al agua al contar con un papel asombroso: el de esa niña prodigio, apacible e incomprendida, bajo cuyo anticuado vestido bullen demonios ocultos.

Y sí, por supuesto que La huérfana llega al público proclive a los sobresaltos –sobre todo en el último tramo, que obliga a los personajes a moverse a oscuras diciendo ¿Quién anda ahí?–, pero su idea de que el horror y el drama familiar van de la mano agradará asimismo a otra audiencia más exigente.

Me refiero, por ejemplo, a esos espectadores que descubrieron, en los setenta y primeros ochenta, las novelas del llamado nuevo gótico americano, y que además sintieron una persistente fascinación por los niños malignos –La profecía, El exorcista, Los chicos del maíz–, y más en particular, por ciertas fábulas –Cromosoma 3, It’s Alive– que rebosaban energía sexual y temor a la maternidad. El subtexto de todas ellas era, obviamente, la crisis de la familia tradicional.

Es en ese territorio donde Collet-Serra nos asalta con un miedo cercano, creíble, mucho menos insípido que el que inspiran los psicópatas y otros devoradores de carne cruda del último horror teen.

En todo caso, el sentido adulto de ese planteamiento es más evidente si menciono otras dos películas de culto, con las que La huérfana, a pesar de sus diferencias argumentales, comparte el mismo telón de fondo psicológico: Mala semilla (The Bad Seed, 1956), de Mervyn Le Roy, y Amenaza en la sombra (Don’t Look Now, 1973), de Nicolas Roeg.

Si aún no las han visto, esperen a ver antes el largometraje de Collet-Serra. De lo contrario, podrían adivinar antes de tiempo alguna de las sorpresas que nos propone.



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