
Las pretensiones desmedidas suelen molestar –y de qué manera– al aficionado a los géneros populares. Por suerte, Outlander no cae en esa tentación, y por eso mismo despierta una clara simpatía.
Tras una premisa que parece extraída de los libros de ufología de Erich Von Daniken –un viajero del futuro llega a la época de los vikingos para aniquilar a una bestia extraterrestre–, la cinta de Howard McCain se presenta como una sanísima revisión de la fantaciencia de los ochenta. Es más: abundan en ella las citas de películas como Alien (1979), La Cosa (The thing, 1982), Starman (1984), Predator (1987) y Terminator (1984).
Rodada con buen diseño artístico en escenarios naturales de Nueva Escocia, Outlander ha sido definida por el montador David Dodson como una película de cincuenta millones de dólares que tiene la apariencia de haber costado el doble. No le falta razón. Y aunque no se trata de un producto original –más bien es todo lo contrario–, entretiene y demuestra una buena factura.
Buena parte del mérito se la lleva el eficaz reparto –en particular, Jim Caviezel, John Hurt y el bueno de Ron Perlman–, aunque, para ser sincero, eso no significa que debamos minusvalorar el trabajo de Howard McCain: un artesano humilde, sin otra intención que la de divertir al público.
El realizador le encanta la fantasía heroica, y eso se advierte en todo el proyecto. Tiene toda la lógica del mundo que McCain también haya escrito un guión sobre el personaje más emblemático de este subgénero, Conan el bárbaro, que será rodado por Brett Ratner en 2010.
En todo caso, el impulso literario que mueve a nuestro realizador no depende de Robert E. Howard –el creador de Conan, Red Sonja y Solomon Kane–, sino de un poema épico anglosajón, el Beowulf.
Inspirándose en el mismo poema, Michael Crichton escribió en los setenta su novela Devoradores de cadáveres (Eaters of the Dead), luego llevada al cine como El guerrero nº 13 (The 13th Warrior, 1999). Más recientemente, Robert Zemeckis adaptó el Beowulf por medio de la animación CGI. En la película de McCain, se preserva parte del argumento original, pero adornándolo con detalles propios de laciencia-ficción.
Como les dije, aquí el festival de referencias abarca un buen número de títulos, pero me quedo con los homenajes que Outlander tributa a Los vikingos (1958), de Richard Fleischer, El planeta de los simios (Planet of the Apes, 1968), de Franklin J. Schaffner, y La guerra de los mundos (The War of the Worlds, 1953), de Byron Haskin. Ahí es nada.
Sinopsis
Año 509. Es la era vikinga y una nave espacial acaba de estrellarse contra un majestuoso fiordo. De la nave siniestrada, desembarcan Kainan, un guerrero humanoide y también el Moorwen una criatura salvaje dispuesta a vengar la muerte de su raza a manos del ejército del guerrero.
Aislado en este nuevo planeta, en el que la gente vive a miles de años de la desarrollada civilización que ha dejado atrás, Kainan decide buscar y derrotar a su mortal enemigo. Pero antes de poder llevar a cabo su misión cae preso de los vikingos. Tras salvar de una muerte segura a Rothgar, jefe de los vikingos, Kainan será poco a poco aceptado en el clan y comenzará una estrecha relación con Freya, la hija de Rothgar a la que contará su pasado y la dura pérdida de su familia a manos del Moorwen.
La vengativa bestia asedia el bastión vikingo y finalmente se presenta en la aldea. Es atrapado por los vikingos, pero consigue escapar hacia el bosque tras herir mortalmente a Rothgar y raptar a Freya. Kainan y los vikingos se enfrentarán a una última desesperada misión: matar al monstruo o ser destruidos.
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