
Hace unos meses, coincidiendo con el rodaje de Sangre de mayo, un grupo de periodistas visitamos sus deslumbrantes decorados. Treinta mil metros cuadrados, en la localidad madrileña de Fuente el Saz del Jarama, convertidos en una perfecta y bellísima reproducción del casco histórico de Madrid allá por 1508.
Durante aquella visita –y sin haber visto un solo metro de película–, tuve el placer de entrevistar al director artístico, Gil Parrondo, ese genio premiado con dos Óscar por su labor en Patton y Nicolás y Alejandra.
También charlé con José Luis Garci, pensativo –en el exacto sentido de la palabra– y no sé si inquieto por el hecho de llevar a la pantalla una lección viva de historia.
Acostumbrado como está uno a que los prejuicios dominen a más de un opinante, me dio por pensar que esta adaptación galdosiana, respaldada por la Comunidad de Madrid, no iba a recibir veredictos amables en determinados medios. Y no por una cuestión de calidad o de méritos, sino porque a Garci no se le perdonan dos cosas: su americanismo –llámenlo fidelidad al Hollywood de la edad dorada– y su capacidad para no caer en el sectarismo político.
¿Visos de inquina? Gajes, en cualquier caso, de mantener la independencia durante tanto tiempo en una industria frágil, pequeña, casi siempre orientada contra esto y a favor de aquello, o lo que viene a ser lo mismo: condicionada por poderes públicos que, demasiadas veces, la emplean como correa de transmisión ideológica.
Y en esas andamos. Además, en el caso de Sangre de mayo, se añade otro supuesto pecado que purgar, dado que la cinta es patriótica –alguno que yo me sé añadiría: en el buen sentido–, y explica nuestra identidad colectiva de forma inteligente, rigurosa con los acontecimientos –ay, del pasado–, sin caer en el aldeanismo de quienes hoy reescriben las crónicas con un solo propósito: volver incomprensible la palabra España.
Eso me recuerda, por cierto, que el párrafo anterior, a estas alturas, debe sonarles fatal a quienes ya se han convencido de que ciertos sentimientos, por ejemplo la defensa de la historia en común, van en contra de la diversidad. Por ese lado, la demagogia ha hecho su efecto y tiene difícil remedio. Ya ven que no es posible quedar bien con todos.
A la hora de poner en imágenes este drama español, con sus contradicciones y su deriva trágica, José Luis Garci ha contado con un equipo técnico de primera. Después de verla en pantalla, no imagino Sangre de mayo sin los decorados de Gil Parrondo, construidos por Ramón Moya. La ambientación de Julián Mateos es magnífica, lo mismo que el documentadísimo vestuario de Lourdes de Orduña.
No se queda atrás Félix Monti, cuya fotografía merece el reconocimiento de la Academia. Dejo para el final, en este apartado, la banda sonora de Pablo Cervantes. Cuando el músico adapta partituras clásicas, lo hace con respeto y talento. Cuando incorpora sus propias notas, logra que la épica se adueñe del oyente.
El guión de Sangre de mayo, firmado por Garci y Horacio Valcárcel, sobrevuela dos de los Episodios de Galdós, y a partir de ese punto, ensambla un melodrama coral, donde caben la intriga palaciega, la comedia de costumbres, el romance y laaventura.
Todo ello al servicio de un concepto principal: la idea de que España, a pesar de sus héroes y de sus intelectuales, sufrió un destino dramático. Dicho de otro modo: la grandeza del país careció de percha en la que posarse, y el mismo pueblo que se batió unido y con honor frente a Napoleón, le bailó las gracias al tirano Fernando VII. Átense cabos alrededor de ese drama en el que, si algo falta, son buenos gobernantes y líderes razonables.
Garci se mueve cómodo en los salones de palacio, en los jardines y en las calles más castizas. Sabe atrapar la vida, caracteriza bien a los protagonistas y hace muy creíbles a los restantes personajes. En este sentido, Sangre de mayo tiene a su favor unos diálogos de época que no resultan anticuados. Escritos sin rebuscamiento, con la conciencia de que deben hablar por sí solos.
Las escenas de acción –menos de las que quizá hubiera requerido el proyecto– resultan correctas, pero no llegan a fascinar. José Luis Garci marca intenciones, pero fallan algunos matices. Así, cuando entra en juego la multitud, se echa en falta una mayor implicación de algún que otro extra –una sonrisa a destiempo o el cuchillo mal empuñado pueden arruinar todo un plano–, y eso me lleva a pensar que, dada su falta de costumbre, el cine español debiera aplicarse más a la hora de elaborar este tipo de secuencias.
Ese detalle, aunque lo saque a relucir, no es decisivo. Sangre de mayo luce bien su presupuesto –quince millones de euros–, y exhibe generosamente sus medios humanos: nueve mil figurantes, cincuenta jinetes y otros cincuenta especialistas vestidos de época.
Lástima que, como le cuenta el director a Antonio Astorga en el ABC, Garci no pudiera rodar el asedio al Parque de Monteleón.
“La única pena que me queda de la película –dice el realizador en esa reveladora entrevista– es no haber podido sacar el asedio al Parque de Monteleón porque el presupuesto no dio. Tanto hablan de esos quince millones de euros... pero es la mitad de lo que se gastó mi admirado Milos Forman en Los fantasmas de Goya. Cuando digo admirado, lo digo de corazón porque le conozco y le tengo un gran cariño. Nosotros tuvimos que mutilar una parte del guión, probablemente la más épica, que es cuando Daoíz está en el Parque de Monteleón junto a treinta y tantos soldados y les dice mirando un papel: «¡Esta es una orden cobarde y no vamos a hacer caso de ella!» Y la rompe delante de todos. Rápidamente, ordena que se abran las puertas, que pase la gente y que armen al pueblo. En ese momento les dan de todo, hasta estoques de torero. Pero ya bajan por lo que hoy sería la calle Ruiz los mamelucos y los cañones. Y ahí vendría la gran pelea tipo «El Álamo», que yo quería haber hecho. Saltando por los muros del Parque, rotos por los cañonazos, la muerte de todos, de los héroes, el sablazo a Daoíz. Pero tuvimos que obviar esa parte porque teníamos que haber montado el Parque de Monteleón entero, filmar por los cuatro lados, colocar decorados, poner trozos de huerta y de calles por donde seguía entonces Madrid. No se podía. Y pasamos a cuando llevan en la carreta a Daoíz para que le den los santos óleos. No me quejo del presupuesto ni mucho menos, pero...”.
En cuanto al reparto, ésta es una de esas producciones en las que el nivel alcanzado es irreprochable. Quim Gutiérrez domina estupendamente su papel protagonista, Paula Echevarría extrae mucho encanto de su interpretación, y Manuel Galiana construye, desde la sabiduría, un personaje lleno de ternura, compasión y espiritualidad.
Carlos Larrañaga, sensacional, parece dispuesto a robar cualquier escena. La misma entrega demuestran Miguel Rellán y Tina Sáinz –ambos parecen salidos de un libro de Dickens–, Paco Algora, Manuel Tejada –otro papel muy bien trabajado–, Fernando Guillén Cuervo, Carlos Hipólito, María Kosti, Juan Calot y el eficacísimo Enrique Villén.
Ninguna interpretación es rutinaria en Sangre de mayo, pero hay dos que merecen un punto y aparte. Lucía Jiménez encarna a una modistilla valiente, desenvuelta y apasionada, que prende en la imaginación del espectador a pesar de la brevedad de su papel.
En un registro opuesto, Natalia Millán da vida a la aristocrática Natalia. A Millán, con mucho bagaje escénico a sus espaldas, le viene como anillo al dedo este desempeño, en el que caben la distinción, el juego seductor y una absoluta conciencia de que el poder lo es todo.
Es cierto que Garci desarrolla el último acto con un punto de melancólica ambigüedad –atención a las palabras puestas en boca de Carlos Larrañaga–, pero ello no resta energía emocional a una de las mejores películas históricas del reciente cine español. Un espectáculo maduro, brillante, que desvela plano a plano ese clasicismo narrativo que Garci siempre está dispuesto a ofrecer.
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