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| "Titus" (Julie Taymor, 1999) |
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Guerra, sacrificios rituales, infanticidio, violación, tortura nihilista, mancillamiento del honor, suicidio, y venganza: la voz feroz, cínica y perversamente ingeniosa de Shakespeare ha creado una disertación condenatoria acerca de esta adicción consubstancial a la naturaleza de la humanidad.
La gloria y la victoria en la guerra de una nación es la aflicción y la devastación de otra. A pesar de que en ocasiones se presenta como necesaria, una vez que se acepta y justifica una forma de violencia, se abren las esclusas y las aguas desbocadas se arremolinan en un ciclo vicioso sin fin.
«Durante siglos, Titus Andronicus, una de las primeras piezas de Shakespeare, ha sido tema de dura controversia. Considerada en sus días como su más exitosa obra alimenticia, los refinados siglos que nos han precedido se vieron sobresaltados por la yuxtaposición de elevado drama, descarnada violencia y absurda comedia negra. Son precisamente estas características las que me fascinaron y convencieron de que la pieza era idónea para ser llevada al cine, hablando directamente a nuestro tiempo, una época cuyo público se alimenta a diario de los escándalos sexuales de la prensa amarilla, de grupos de pillaje adolescentes, de juergas a golpe de pistola en los institutos, y de los detalles íntimos acerca del juicio por el asesinato de alguna celebridad. De igual modo, una época donde el racismo, la limpieza étnica y el genocidio casi que ya no impresionan por ser lugar común y aparentemente inevitables. Nuestra industria del espectáculo prospera con explícitos detalles de asesinatos, violaciones, y vilezas en tanto que se hace rara la existencia de una película o pieza teatral que no sólo muestre hechos oscuros sino que se recree plenamente en ellos, poniendo a prueba y desafiando nuestras más sagrados principios morales y legales. Titus Andronicus no es una historia refinada e inofensiva, donde la bondad triunfe sobre el mal, sino una en la que a través de su cruel horror emerge con plena fuerza la irrefutable poesía que encierra la tragedia humana, exigiéndonos que examinemos las verdaderas raíces de la violencia y juzguemos sus distintos actos.
El Gran General Titus Andronicus es un protagonista fascinante y desconcertante. A primera vista, podría ser nuestro Colin Powell o el General Schwarzkopf. El pueblo de Roma, en su admiración y adoración por su triunfante héroe bélico, ruega a éste que acepte ser su Emperador dadas las caóticas circunstancias presentes. Se trata de un hombre de honor, un padre estricto pero tierno, respetuoso para con las tradiciones y la ley, pero cuyo fatal defecto es, irónicamente, esa rigidez e incapacidad para adaptarse al clima emocional que le rodea. Siguiendo el ritual religioso, Tito sacrifica inexorablemente al hijo primogénito de la Reina goda cautiva. La culminación de este acto es el catalizador de los que siguen y que, fuera de todo control, se suceden vertiginosamente. Desde su posición como gran héroe de guerra, Titus se hunde en una locura que rivaliza con la del Rey Lear. El blindaje que le proporcionaba su visión del mundo estalla en mil pedazos y, preso de su locura, puede finalmente ver el mundo tal como es. En una escena agridulce y sorprendentemente absurda, reconoce que la Diosa de la Justicia ha abandonado la tierra, por lo que enrosca cartas en torno a unas flechas y las dispara a los cielos, pidiendo a los Dioses que enderecen sus entuertos. Por último, une a sus penas la venganza y en un último acto punitivo, el Gran General se convierte en alegórico maestro pastelero, sirviendo a sus enemigos en forma de pastel que deberá engullir la propia madre de éstos.
Tamora, la Reina de los godos, bien podría considerarse Lady Macbeth. De hecho, posee mayor dimensión y una psicología más rica que la más famosa de las villanas de Shakespeare. Hecha primeramente cautiva, presencia el brutal sacrificio de su hijo. Después que sus súplicas de gracia caigan en oídos sordos, clama con abrasador odio: "¡Oh, fervor cruel y hereje!" A partir de ese momento, comprendemos sus motivaciones y observamos con horror cómo su avidez de resarcimiento la torna encarnación misma de la Diosa de la Venganza. A lo largo del relato, este singular personaje nos conmueve como madre, nos seduce como atractiva y astuta amante, y nos confunde con su hábil y brillante control en su calidad de poderosa Emperatriz de Roma.
Aaron el Moro es el esclavo, amante y compañero de fechorías de Tamora. Quizá el más desconcertante y a la vez contemporáneo de todos los personajes, Aaron se presenta como un enigma. Su historia va desplegándose a medida que observamos perplejos su magistral manipulación de los atroces acontecimientos. Su desagradable sentido del humor y demás aspectos le conectan con el público del mismo modo que lo hace un Yago o un Ricardo III. Pero lo que le separa de esos grandes villanos es que Aaron es negro. Shakespeare ha urdido una imagen del racismo que no halla parangón en sus posteriores piezas. Los diálogos de Aaron que reflejan su odio hacia el intolerante mundo que le rodea, y las viles palabras que le son devueltas por parte de los otros, nos permiten reflexionar acerca del cómo y el porqué acaba convirtiéndose en esta alma impía. Nihilista, ateo, frío y calculador, esta oscura figura surge como la imagen de Tito en el espejo. Tito empieza siendo un buen hombre; sus actos se rigen por un sentido de honor y moral. Aaron es un diablo ingenioso y autoconsciente que se divierte con horrendos actos de atrocidad insensata. Sin embargo, hacia el final, el cambio experimentado en Tito como cocinero hace que su acto se asemeje estrechamente a los propios de Aaron en cuanto a crueldad e imaginación, en tanto que Aaron el solitario evoluciona hacia la figura del padre afectuoso dispuesto a sacrificarse por la vida de sus hijos.
Sinopsis
Titus Andronicus (Anthony Hopkins), el Gran General romano, regresa victorioso a casa tras una larga guerra contra los godos del norte, en el curso de la cual ha perdido a casi todos sus hijos, con excepción de cuatro.
Lucius, el mayor, le recuerda a su padre que una parte de la ceremonia en honor a la victoria es el sacrificio humano de un enemigo hecho prisionero. Titus elige al mayor de los hijos de Tamora (Jessica Lange), la Reina de los godos, quien ha sido traída a Roma como cautiva junto a sus tres hijos y al moro Aaron.
Aunque Tamora suplica por la vida de su hijo, Titus lleva a su conclusión el ritual, no por ánimo cruel sino por lo que concibe como devoción religiosa. La Reina goda y sus dos hijos restantes, Chiron y Demetrius, juran vengarse. Con ello, se inicia una historia de doble venganza; primero la de Tamora, y luego la de Titus.













































































