
La definición "documental de animación" aúna dos términos que pueden parecer contradictorios a simple vista. Sin embargo, es como el director israelí Ari Folman concibió su película Vals con Bashir (Vals Im Bashir, 2008), que relata sus experiencias reales en la guerra del Líbano.
La cinta narra los acontecimientos que siguieron a la invasión del Líbano (en junio de 1982), durante la cual el ejército israelí, siguiendo las órdenes de Ariel Sharon, penetró en el interior del país represaliado y se quedó a las puertas de Beirut. Actos que tuvieron como consecuencias la firma de un tratado con los palestinos, la ascensión a la presidencia del cristiano Bashir Gemayel, su posterior asesinato y la venganza del mismo por parte de sus seguidores. Tras el atentado que costó la vida a Bashir, las tropas falangistas cristianas entraron en los campos de refugiados de Sabra y Chatila y masacraron a los palestinos que se encontraban allí, sin discernir entre hombres, mujeres, niños o ancianos. El ejército israelí no sólo no hizo nada por impedir el exterminio, sino que ofreció apoyo logístico.
Pero Vals con Bashir no es una película bélica al uso. Supone un raro híbrido entre ficción y realismo, entre obra de denuncia y reflexión filosófica. Folman teje una telaraña de recuerdos borrosos, de pesadillas que atormentan las noches de los ex combatientes, de ensoñaciones que tratan de ocultar el horror contemplado, permitido y cometido.

Una realidad de pesadilla
Vals con Bashir se abre con una imagen surrealista, delirante: un grupo de veintiséis perros corriendo por las calles de una ciudad, parando el tráfico, chocándose con el mobiliario urbano, asustando a los viandantes y reuniéndose finalmente debajo de la ventana de un hombre, al que ladran y sacan amenazadoramente los dientes.
Poco después, el espectador descubre que esta imagen turbadora se trata del sueño recurrente de un ex soldado. Este le cuenta al protagonista (que es el director) la que cree es la explicación del mismo: durante una incursión nocturna a una aldea libanesa, tuvo que matar a todos los perros para impedir que alertaran a sus dueños de su presencia.
Durante la conversación con su amigo, un Folman de dibujo animado se da cuenta de que ha olvidado por completo sus misiones en la guerra del Líbano. Hay un enorme vacío en su memoria. Sin embargo, poco a poco y a su pesar empiezan a llegar imágenes a su mente, retazos de un pasado que creía borrado. Pero Folman duda de la veracidad de sus recuerdos, por lo que a lo largo del metraje trata de recabar los fragmentos perdidos interrogando (entrevistando) a amigos suyos, antiguos compañeros de armas.
Cada una de estas charlas desencadena un maremágnum de imágenes sobre el conflicto. La pantalla se ve invadida de escenas que no solamente pretenden ser reales, sino también oníricas, que condensan los sentimientos y la frustración de los ex combatientes. Así, las secuencias descarnadas de luchas y masacres, de sangre, suciedad y cadáveres, se alternan con las fantasías que sirven de refugio para el dolor y la culpa. Como declaró su autor, "la animación me pareció la única solución, porque concede una gran libertad imaginativa. La guerra es muy irreal, la memoria es muy ladina, más valía hacer semejante viaje con la ayuda de buenos grafistas".
En ese sentido, cabe destacar la escena en la que una enorme mujer desnuda surge del mar y protege amorosamente a un soldado, mientras muchos de sus compañeros mueren en el barco en el que viajaban, abrasados en un bombardeo. Poco después de relatar su ensoñación, ese mismo soldado describe con crudeza cómo acribilló, llevado por el miedo, a una familia entera que huía en su coche.

La guerra y el olvido
Vals con Bashir emplea el cine como instrumento para recomponer la memoria, reivindicar las injusticias y afrontar los traumas. El propio director debe encarar el miedo a (re)descubrir no solamente acontecimientos que habría querido olvidar, sino también verdades sobre sí mismo que preferiría no saber. El término de la película supone precisamente la culminación de ese viaje a través de los recovecos de la mente: la evocación de las matanzas de Sabra y Chatila, que Folman casi había conseguido eliminar de su memoria (Como afirma su personaje al principio del filme, "aquello no se almacenó en mi sistema").
Hasta el revelador final, el protagonista solamente es capaz de visualizar una escena, que se repite a lo largo de la película y que resultará ser una alucinación. En ella, se ve a sí mismo emergiendo del agua y caminando por la playa de Beirut. Mientras se abrocha la camisa, paseando por las calles, contempla a un grupo de mujeres palestinas que corren despavoridas.
Pero estas imágenes recurrentes de la playa son falsas. Folman se enfrenta a la verdad cuando se contempla a sí mismo en una estremecedora escena en la que se encuentra, junto a otros soldados israelíes, iluminando la noche con bengalas para facilitar a los falangistas su siniestra labor. El filme finaliza, apropiadamente, con imágenes de archivo de los asesinados.
El genocidio, la memoria histórica y el cine
En este ejercicio de recuperación de la memoria (histórica), el director acude a un pasado más lejano, el de los campos de concentración de Auschwitz, para darse cuenta de que, durante la guerra del Líbano, él mismo asumió "el papel de un nazi". No en vano, el filme ofrece una estampa de los palestinos escapados de la masacre muy similar a la de los judíos del gueto de Varsovia.
Vals con Bashir muestra influencias de Shoah (Claude Lanzmann, 1985), uno de los documentales más importantes sobre el Holocausto que, con algo más de nueve horas de duración, recopilaba testimonios de todo tipo –víctimas, verdugos, testigos, historiadores– con la intención de elaborar una suerte de historia oral que condensara los recuerdos de aquella tragedia.
Folman toma el formato de entrevista de Shoah así como su visión subjetiva e intimista de los acontecimientos históricos, poniendo de relieve las huellas imborrables que estos dejan en la vida de los individuos. Dicho de otro modo, se trata de dotar de rostro y de sentimiento a la Historia abstracta.
De la misma forma que esos crímenes no deben ser olvidados, como postulaba Shoah, Folman dedica a las víctimas "lo único que nuestra impotencia puede regalarles, la memoria"¹.
¹ Adorno, Theodor W, Educación para la emancipación, Madrid, Morata, 1998.
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Copyright del artículo © Lola Clemente Fernández. Reservados todos los derechos.
Copyright de las imágenes © Bridgit Folman Film Gang, Razor Film, Les Films d'Ici, Arte France, Israel Film Fund y Noga Telecommunication - Chanel 8. Cortesía de Golem. Reservados todos los derechos.
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