Una película de Pedro Almodóvar: Volver, o lo que es lo mismo, un nuevo suspiro y nuevas sonrisas del cineasta manchego a cuenta de los mandamientos que organizan la vida familiar hispánica.
Como nostálgico empedernido, nuestro director vuelve adonde solía: a la mesa camilla —valga esta metáfora: nos hallamos en un pueblo manchego—, al rincón más íntimo de la antigua casa, aquél donde los fantasmas femeninos, sus hijas y las hijas de éstas, al calor del mismo fuego, procuran recuperar el terreno cedido ante hombres que no las quisieron entender. Coincidencia que no deja de ser dramática —la de la incomprensión del compañero—, y que en Volver resulta crucial, pero sólo como desencadenante de un relato en el que las mujeres —éstas que Almodóvar convoca— ordenan sus afectos, cumplen con preceptos postergados y luego se encomiendan a los dioses domésticos.
Como una novelera recopilación de figuras, baste señalar a cuatro personajes: Raimunda, joven, luchadora y muy bella; su hermana Sole, frágil, tierna y miedosa; la madre de ambas, a quien presentaremos como un espectro con cuentas pendientes; y Agustina, una vecina del pueblo, a vueltas con su pasado y con un futuro que se promete breve.
Con estos mimbres, Almodóvar hilvana un relato de supervivencia, un cuento lleno de ritos, impecable en su desarrollo y —cuestión de costumbre— admirable como un retablo biográfico del realizador, quien insiste, esta vez con prudencia y sin ánimo provocador, en varias de sus mayores inquietudes. A saber: la torpe voluntad del deseo, el delicado equilibrio que sugiere la maternidad y la imposibilidad de saber a ciencia cierta qué nos depara el umbral de la muerte.
Curiosidades librescas: el director envió su libreto a Juan José Millás y a Gustavo Martín Garzo. La opinión del primero es reveladora: «El hiperrealismo de las primeras escenas —escribe— te coloca en una situación de enorme tensión emocional. Volver es un juego de manos narrativo permanente, un artefacto prodigioso. Y nunca sabes dónde está el truco». Y añade: «Durante la lectura del guión, como durante la lectura de la novela de Rulfo, el lector tiene una sensación onírica permanente». A la mexicanidad de Pedro Páramo opone Millás el mancheguismo de Volver. Son dos formas de consignar por escrito la substancia del recuerdo. Retorno sobre retorno: volver a La Mancha significa para el realizador volver al seno materno, en toda la literalidad de esta expresión.
A través de su película, Almodóvar propone una lectura que nos refirió a los periodistas el día del estreno: «He pasado por un duelo que yo necesitaba. Un duelo indoloro. He llenado un vacío. Me he despedido de algo —¿mi juventud?— de lo que aún no me había despedido. Quizá necesitaba hacerlo. No hay nada paranormal en todo esto. No se me ha aparecido mi madre, aunque he sentido su presencia más cerca que nunca». Si confía en este testimonio, el lector puede estar seguro de dos cosas: Volver le hará partícipe de ese mismo luto y también consciente de la ternura que en él se respira.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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