Diálogo con Fernando Savater

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Hoy, la obra de Fernando Savater es admirada en muchos países, y los nuevos lectores que descubren La infancia recuperada, Criaturas del aire o Ética para Amador entienden los motivos de esa difusión. Por su libertad de pensamiento y su criterio razonable, el filósofo y escritor se ha convertido, de un tiempo a esta parte, en una referencia habitual en el debate político. Sin embargo, el diálogo que hoy mantendremos con él se centra en asuntos de muy distinta naturaleza: la lectura, los libros y los profundos sentimientos que inspiran.

El encuentro con Fernando Savater tiene un escenario envidiable: la librería madrileña Biblioketa, cuyo aniversario celebramos. La mañana está terminando. El escritor toma asiento, y cruza los brazos mientras emite un suspiro. En el fondo, está pasándolo bien. Para él, las estanterías llenas de libros que nos rodean son más fascinantes y prometedoras que una puesta de sol.

Savater se ajusta tan perfectamente a la imagen de profesor jovial y un tanto bullicioso, que más de uno no cae en la cuenta de lo certero, audaz y desconcertante que puede llegar a ser en sus opiniones. Desde el principio, queda claro que la balanza de este diálogo se inclina hacia un deseo compartido: que los libros no lleguen a ser nunca piezas de museo.

Fernando, ya es casi un lugar común hablar del desinterés de los más jóvenes por la lectura. ¿A qué causas crees que obedece este fenómeno?

Ahora se dice muchas veces que los niños leen menos que antes. En cierta medida, es normal, porque antes había muy pocas cosas que no fueran el fútbol y los libros. Y a los que no nos gustaba el fútbol, pues teníamos los libros. Tampoco había televisión cuando yo era pequeño, en aquellos tiempos jurásicos, y el cine era una cosa que se iba una vez al mes, cuando era tu cumpleaños. Por consiguiente, los libros eran un refugio y también una fuente de placer.

Casi todo giraba en torno a la lectura, ¿no es cierto?

Las aventuras eran aventuras imaginadas en los libros. Mucho más que vistas en la televisión o vistas en el cine. Pero yo comprendo que hoy los niños tienen muchas cosas. Los libros tienen que luchar con otros entretenimientos para abrirse paso. Es mucho más difícil acercar a los pequeños a ese mundo, pero también hay libros mucho mejor ilustrados. Antes los libros ilustrados eran una cosa bastante rara. Ahora son lo normal. Además, son espléndidos… En eso habéis salido ganando.

Abundan las iniciativas de fomento de la lectura. Sin embargo, dado su escaso impacto, cabe pensar que no lo tienen nada fácil. ¿Has pensado en algún recurso que pueda ser útil en este campo?

Las pasiones no se pueden enseñar. El verbo leer no soporta el imperativo. No se puede decir a nadie “Lee”, porque eso es contraproducente. Las pasiones se contagian. La pasión de la lectura también se contagia. Nadie me podría explicar de una manera más clara lo que significa el placer de leer que ver la ilusión con la que mi madre esperaba todos los años la novela de Agatha Christie.

¿Cada año?

Sí, Agatha Christie ponía todos los años una novela como las gallinas ponen un huevo. Todos los años salía una novela suya, y mi madre vivía de año en año esperando que llegara la novela de Agatha Christie de la editorial Molino. Y la ilusión con la que la esperaba y la leía decían más de la pasión por la lectura que cualquier otra cosa que nadie me hubiera podido decir. No hacía falta que nadie me indicara que la lectura podía ser algo maravilloso. Sólo tenía que ver cómo disfrutaba mi madre con esos libros.

Y eso fue algo que heredaste…

Así disfruté yo. No solamente fui un niño lector sino excesivamente lector. Tampoco es lógico ni bueno que los niños no hagan más que leer. Leí probablemente demasiado, pero aquel fue un paraíso permanente. Fue el periodo más feliz. Luego he intentado recuperarlo. Ya no tengo tanto tiempo para leer, pero quiero recuperar esa orgía permanente de lectura que fue mi infancia.

A veces los padres y los educadores insisten en que los niños lean determinados títulos. ¿Crees que es bueno ser tan previsor?

Los niños deben leer lo que les guste. Por ejemplo, está el caso de Guillermo Brown, el personaje creado por Richmal Crompton. Los de Guillermo fueron los libros de mis diez, doce años.

No eres el único. Mucha gente de tu generación tiene a Guillermo como un santo y seña.

Nadie sabe por qué a los niños que vivíamos en la dictadura franquista nos sentimos tan identificados con este niño inglés, fruto de la imaginación de Crompton, una institutriz poliomielítica que había tenido que dejar las clases. Nadie sabe por qué nos identificamos con los cottages y con su entorno… pero en fin, fue así. Luego, cuando crecimos, nos empeñamos en que a nuestros hijos también les tenía que gustar mucho Guillermo Brown… empezando por un sobrino mío, el hijo mayor de mi hermano, que se llama Guillermo… De hecho, conozco a mucha gente de mi edad que ha puesto a su hijo mayor el nombre de Guillermo… Pero a lo que iba: hay obligación de que a los niños les guste leer y que tengan sus héroes, pero no hay ninguna obligación de que tengan los mismos que nos gustaban a nosotros.

Los personajes cambian, claro.

No he encontrado a ningún niño al que le gusten ahora las aventuras de Guillermo Brown. Todos los padres que asestábamos a los niños los libros de Guillermo Brown sufrimos un fracaso absoluto. Ahora les gustan otras cosas. Harry Potter es para los niños de ahora lo que fue para nosotros Guillermo Brown… Cuando tengan cincuenta años, a sus hijos les darán como obligación leer Harry Potter, y a los niños no les gustará porque estarán leyendo otra cosa… Eso es normal.

Cierto.

Yo creo que lo importante es que ellos encuentren las cosas que les pueden gustar. Mi hijo, que es hijo de padres separados, vino a vivir conmigo cuando tenía unos doce o trece años. Yo tenía una casa muy pequeñita –la que sigo teniendo–, él era grande y dormía en una cama que estaba metida prácticamente dentro de la biblioteca. Con lo cual, cada vez que levantaba la mano se le caían encima cinco o seis libros de Freud o Aristóteles encima. Y yo pensé que iba a coger un odio a la lectura eterno, porque la verdad es que estar amenazado físicamente por los libros es una cosa bastante desagradable. Y efectivamente, a él le gustaba el baloncesto… cualquier cosa menos leer. Y yo pues nada, pues estupendo, qué le vamos a hacer…

Qué remedio.

Entonces, un día me preguntó: “¿Tú has leído todos los libros que tienes aquí?”. “No, no, qué mas quisiera. Me hubiera gustado mucho, pero no”.  “Claro, y los que hayas leído… No te acordarás de que los hayas leído”. “Pues no, muchos se me han olvidado. A veces los leo dos veces”. “Es que ayer se me cayó encima un libro que empecé un poco a mirar. No te acordarás de él… El hombre que fue jueves”. Y le dije: “Sí, de ese sí me acuerdo. “. Bueno, pues empezó leyendo ese libro de Chesterton, y luego pasó a Tolkien, y bueno, ahora lee más que yo. Y como ya no me acuerdo de los libros que he leído ni la semana pasada, le llamo para pedirle bibliografía.

Así, pues, la lectura sólo se adquiere por contagio.

Creo que esa es la única forma. La única forma de entrar en la lectura es por esa vía. Conviene que no sea adversario o enemigo de otras cosas, Hoy es lógico que los niños lean a partir de televisión, a partir de videojuegos. Es decir, lo importante es que los libros no se conviertan en “lo que hay que hacer”, y en cambio no hay que hacer otras cosas como ver la televisión o jugar con la consola. Tiene que ser complementario. Pero eso sí, es verdad que si los niños ven a su alrededor entusiasmo por la lectura y no ven pedantería, yo creo que volverán a caer otra vez en la trampa de los libros.

La infancia recuperada es todo un catálogo de esas pasiones literarias que adquiriste en la niñez. ¿Crees que este libro se conserva vigente?

El libro habla de mi infancia, así que inevitablemente tiene una vigencia relativa porque las infancias de cada quien son distintas. Yo creo que hay algunos autores que se mantienen a través del tiempo. En La infancia recuperada empiezo hablando de Stevenson y de La isla del tesoro. Está Julio Verne, está Salgari, está Conan Doyle con su Sherlock Holmes… Hay algunos autores otros que han desaparecido del panorama. Por ejemplo, yo hablo de un autor, un cazador inglés, Kenneth Anderson, que escribió libros sobre la caza del tigre. Libros que a mí me entusiasmaban pero que hoy son inencontrables.

Habrá libros que hoy cumplan un cometido similar.

Bueno, sí, habrá otras cosas semejantes. Si hablamos del gran viaje…, el viaje de la época en que yo leía, el viaje por mar era la aventura. Hoy probablemente el viaje aéreo o incluso el espacial son más aventureros que los viajes puramente marítimos. Pero como decía, hay algunos autores que ya nadie conoce. ¿Quien se acuerda de Zane Grey, que era una de mis lecturas favoritas del Oeste? En cambio, hay algunos personajes y títulos que se mantienen. Sherlock Holmes o incluso La isla del tesoro siguen, de alguna manera, teniendo vigencia. El caso Julio Verne es más dificil porque, claro, tuvo tanto éxito en muchas de sus profecías que ya ha dejado de interesarnos. Ya todo lo que pronosticó se ha cumplido. Y lo vemos como vulgar. A ver, ¿por qué este señor daba tanta importancia a los submarinos?.. Por lo demás, hay algo que sí seguirá, que es el fervor con el que yo leía esos libros.

Eso no cambia.

En cierta ocasión, a Jean Cocteau le preguntaron: “¨Usted tiene en esta casa una magnífica biblioteca. Si hubiese un incendio, ¿qué libros se llevaría usted?”. Y él dijo: “Me llevaría el fuego”. Pues, en el fondo, lo que queda es el fuego.

Frente a la lectura, como decías, surgen los vídeojuegos como una alternativa de enorme atractivo. Y de esa confrontación suele salir perdiendo la lectura.

Sinceramente, creo que si cuando yo tenía ocho o nueve años hubiera habido vídeojuegos, yo me hubiera dedicado a los vídeojuegos como un salvaje. No puedo decir otra cosa… Me hubieran encantado los videojuegos. De hecho, ahora no me atrevo a probarlos –y eso que mi mujer es muy aficionada–, porque tengo miedo de meterme en ese mundo y ya dejar de hacer lo poco que hago.

Lo que dices sorprenderá a más de uno. Es más habitual creer que los vídeojuegos desincentivan la lectura.

Es que no creo que se pueda decir que eso de los vídeojuegos está mal. Claro que hay otras cosas. además de eso. La dificultad reside en el hecho de que es verdad que las cosas electrónicas son extraordinarias. Además, los chicos que entran en Internet, leen. Lo que pasa es que no se leen libros, y no se leen quizá el tipo de cosas que uno quisiera. El único argumento que se me ocurre es que los libros son el único aparato cuyo motor somos nosotros.

Es verdad.

Todos los que hayáis viajado por Estados Unidos –en Inglaterra también pasa–, habréis tenido la siguiente experiencia. Vas a un hotel, pongamos que a la habitación 14, y entra un señor contigo y te enciende la televisión. Yo siempre le pregunto: “¿Se va usted a quedar usted aquí a ver la televisión conmigo? ¿Ah, no? Pues entonces apáguela porque no la voy a ver”. Y es que la televisión funciona sola. Pero los libros, si no estás tú, no los lee nadie. Es decir el motor del libro somos nosotros. Ponemos el fuego, la velocidad, y manejamos la historia a nuestro modo. Tengo un amigo que trabaja en computadoras y que me dice que, si el libro se hubiera inventado después que la computadora, todo el mundo hubiera creído que era un gran avance. Y es verdad que el libro, como artefacto, está muy bien pensado.

¿Qué opinas de los soportes de lectura electrónicos?

Tampoco hay que mitificar la idea del libro de papel. Si se lee en otro soporte, en una pantalla, pues no pasa nada. Hay grandes autores de nuestra tradición –Platón, Séneca– que nunca leyeron libros como los que leemos nosotros. Nunca tuvieron un libro en sus manos. Tuvieron otra cosa, que era lo que había entonces para transmitir los textos. De modo que si dentro de cien o doscientos años hay otra cosa en la que se lee, las historias estarán ahí. Aunque se lean en una pantalla. No hay que dramatizar.

Lo importante es rodear al niño de lecturas…

Si en una casa hay afición a los libros, la gente lee. Antes o después, los niños tropiezan con algo que les guste, Porque los niños sienten curiosidad en principio por todo lo que hay. Una cosa que a mí me parece fundamental es que los padres cuenten cuentos a sus hijos. Esa es una obligación que hay que tener. Hay que contar cuentos. Mi madre me contaba los cuentos con un libro en la mano. Me contaba el cuento, que era lo que a mí me gustaba, de tal manera que yo estuviera convencido de que el cuento salía del libro, y que ella era como la intermediaria. Eso es una forma práctica de que los niños vayan tomando afecto a los libros. Les cuentas el cuento, pero que ellos sepan que ese cuento está ahí, para cuando ellos quieran o puedan leerlo por sí solos.

¿Conoces a los nuevos personajes que pone hoy de moda la literatura infantil y juvenil? ¿En qué medida crees que algún día podremos considerarlos clásicos?

Creo que fui la primera persona que escribió en español sobre Tolkien. Todavía no se había traducido ni al francés, y faltaba mucho para que se tradujera al español. De hecho, por aquel entonces intenté aprender el poco inglés leído que conozco –soy un poco como Tarzán, el personaje de Rice Burroughs, que aprendió a leer pero no sabía hablar–. Creo que los personajes de Tolkien pueden entrar dentro de la línea de personajes clásicos. Lo mismo sucede con las novelas de Harry Potter, y con otras que vendrán… Hombre, es verdad que hoy hay una masificación de las novelas. Hay un millón de imitaciones malas de Tolkien, hasta tal punto que cuando cojo un libro y hay un brujo y un dragón, ya me entran náuseas. Estamos estragados de todas esas cosas. La masificación hace que, en cuanto un producto tiene éxito, haya un millón de copias, y eso degrada un poco el nivel. Es verdad que en la época de Guillermo Brown no había aquí otras imitaciones. Pero las historias de Enid Blyton, por ejemplo, fueron muy imitadas en toda Europa. Pero Guillermo, en cambio, fue un fenómeno muy particular de España.

¿No tuvo el mismo éxito en otros países?

En Italia, un poco. En Francia es completamente desconocido… El Museo del Juguete en Londres, que es un museo muy bonito, y está relativamente cerca de Whitechapel, celebró el centenario de Richmal Crompton. Se inauguró entonces una exposición sobre Guillermo, que yo naturalmente fui a ver. Y estaba allí el armario de Guillermo con sus cosas, y también se exhibían las traducciones. Había portadas de todas las traducciones. Pues bien, no había ninguna lengua en la que estuvieran tan representadas como en español. Seguro que ahora hay otros personajes interesantes, atractivos, pero no los estoy siguiendo.

¿Cómo seleccionabas los libros cuando eras un crío?

Lo único que no me gustaba leer es que fuera algo para niños. En cuanto me decían “esto es para niños”, inmediatamente no lo leía, porque quería leer libros que entonces se consideraban para adultos. Así, Salgari o Julio Verne no eran específicamente para niños. Digamos que no estaban protagonizados por “La Buena Juanita”. El libro de Guillermo era sospechosamente parecido a los que uno temía que le regalaran. Además, estaba protagonizado por un niño que hace esas cosas más o menos triviales y escolares e infantiles… Pero claro, cuando lo leías te dabas cuenta de que no. Vuelvo a preguntármelo: ¿Por qué hay tantas personas de mi edad que enlazaron con Guillermo de ese modo tan especial? Es un fenómeno que no se ha repetido luego y que no ha habido casi en ningún otro país, Quizá sea un poco la idea de encontrar a un trasgresor bueno. La primera rebelión era la de Guillermo.

¿Crees que es bueno que los niños se enfrenten a lecturas que quizá no comprenden del todo?

Lo de entender o no entender... Bueno, todos los libros que tienen una cierta calidad tienen niveles de lectura diferentes. Hay libros que uno lee a lo largo de la vida varias veces. Y yo soy de los que subrayan los libros. Cuando leo un libro quince años después de haberlo leído la primera vez, siempre me digo: “Pero por qué subrayé yo esto que es lo único no interesante que hay en la página”. Bueno, porque ahora me interesan otras cosas. Entiendo el libro de otro modo. Eso también pasa con estas cosas. Un niño entiende lo que él tiene que entender. Me ocurría con las novelas que son para jóvenes pero que tienen un poco más de complejidad. Ahora, cuando leo a Julio Verne, descubro cosas que no vi cuando las leí por primera vez. También pasa con novelas como Moby Dick. Y desde luego con Swift y Los viajes de Gulliver. No hay un autor más atroz, más cáustico, más pesimista que Jonathan Swift. Sin embargo, ese libro suyo que es una sátira del ser humano, es algo que leen todos los niños porque salen gigantes y enanitos. Y eso es verdad, pero con los años descubres qué cosas quería contar Swift.

A pesar de todo lo que llevas dicho, aún me cuesta imaginar un trasvase entre los vídeojuegos y el mundo del libro.

Pues mi novela El gran laberinto se basaba precisamente en eso. A mi mujer, como ya dije antes, le gustan mucho los vídeojuegos. Estábamos un día hablando del esquema del relato iniciático en el vídeojuego: dos o tres personajes que tienen que obtener una victoria… Y ahí está la premisa del libro: una especie de supuesto videojuego que se convierte en una novela.

Con la televisión ese trasvase parece más inmediato.

Hombre, hace ya dos décadas largas emitieron una serie sobre Sandokan. Por aquel entonces, Salgari estaba completamente olvidado. Y eso que fue el primer autor de bestsellers, el primer autor que vendió un millón de ejemplares. Bien, pues esta serie de Sandokan con Kabir Bedi logró que los libros de Salgari volvieran a leerse, y se vendieron muchísimos. Ese trasvase es pertinente. Ahora ha pasado con El Señor de los Anillos. Hay mucha gente que quizá lo ha empezado a leer a raíz de la película de Peter Jackson.

Imagen superior: Fernando Savater, en la librería Biblioketa, Madrid, 2008 © Fotografía de Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.


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