Entrevista con Fernando Sánchez Dragó

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Como interlocutor, Sánchez Dragó sabe exactamente a qué puerto desea conducir nuestro diálogo. Ciñéndome al temario del dossier donde se publicará esta charla, le anuncio que todas mis preguntas han de referirse a los vínculos entre tauromaquia y literatura.

Él asiente y señala una fotografía que cuelga frente a nosotros: el escritor, a pecho descubierto, esquiva a unos cuantos morlacos durante un encierro. Por supuesto, en este caso, es obvia la indicación geográfica y festiva: la Saca, el Monte Valonsadero, los mozos sorianos que siguen corriendo entre toros... Nombres y costumbres que, de palabra, saldrán a relucir a lo largo de la próxima hora.

Aprovecho, no obstante, para interrogarle sobre su última estancia en Japón y, sin evitarlo, también sobre la cretinización de la vida moderna. Se le ve satisfecho, muy cómodo, enfundado en un yukata y rodeado de libros.

La llegada de Naoko, su compañera, me permite intercambiar con Dragó alguna que otra (mínima) confidencia familiar. Con todo, para evitar errores de concepto, la grabadora sólo se pone en marcha cuando empezamos a hablar sobre el asunto prometido.

−Como defensor de la fiesta taurina, ya se ha encargado de delimitar sus posibilidades de supervivencia en más de una ocasión. Pero, en todo caso, más que en su encanto estético y espectacular, usted parece creer en su dimensión arquetípica.

−Sorprende la conservación del toreo, no como un espectáculo meramente folclórico, sino como algo vivo. En cierto sentido, se trata del mayor anacronismo de la historia del mundo. En este momento se mantienen numerosas festividades arqueológicas...

−Por ejemplo…

−Pienso en el Palio de Siena. Pero son fiestas donde la gente se disfraza. Algo muy distinto sucede con los toros, que son letra viva de la sociedad.

−Nos hallaríamos ante un arquetipo, ¿no es cierto?

−Jung decía que cuando un ser humano está delante de un símbolo arquetípico, aunque éste proceda de una tradición religiosa, espiritual o cultural distinta, experimenta una emoción a veces inexplicable. Un ejemplo de las reacciones promovidas por el arquetipo taurino lo hallamos en un medio tan frío como la televisión, donde es muy difícil exaltarse, pues no lo consiente el presentador del programa, ni los focos ni el minutaje. Pues bien, cuando sale a colación el tema de los toros, se desatan las pasiones. Y esto sucede porque nos encontramos, indudablemente, ante un arquetipo.

−Pero no se trataría de un símbolo con alcances universales.

−Vaya por delante que el toro es un arquetipo de los pueblos ibéricos o, todo lo más de los pueblos mediterráneos, o, si nos vamos muy lejos, de los pueblos atlantes. La primera descripción de una corrida de toros está en el Critias y en el Timeo, esos diálogos de Platón donde se nos dice que los diez reyes de la confederación atlante se reunían una vez al año para dirimir los problemas de su alianza. Y el filósofo ateniense, que había recibido estas informaciones vía Solón, a través de los conductos herméticos del Antiguo Egipto, nos dice literalmente que para celebrar este acontecimiento organizaban los atlantes una ceremonia durante la cual el matador, trapo en mano, degollaba a una res luego de capturarla con arreglo al ritual programado. Huelga añadir que, al detallar semejante liturgia, Platón está describiendo, ni más ni menos, una corrida.

−Ya veo. Con todo, me interesa la dimensión moral que usted, como aficionado y estudioso, descubre en esa mitología.

−La fiesta de los toros es una opera aperta en la cual confluyen numerosos motivos esotéricos y no esotéricos del inconsciente colectivo. Por ejemplo, la fiesta reproduce el esquema del laberinto. No en balde Teseo se adentra en el laberinto de Knossos para enfrentarse al Minotauro, un ser que simboliza las pesadillas del subconsciente y, en definitiva, el espíritu del mal. Pues bien, al igual que el recinto donde se atrinchera el Minotauro, también el coso es un laberinto, dividido como está entre la andanada, la grada, los tendidos, la barrera, la contrabarrera, el callejón, los burladeros, el centro. Por ello, en la medida en que el laberinto es un arquetipo de todos los pueblos de la tierra, yo creo que cualquier persona, al margen de su origen ibérico, puede tener acceso a ese mundo mágico de la tauromaquia.

−Simbólicamente hablando, vuelvo a una lectura que también atañe a lo taurino. Me refiero a la que vincula la fiesta con el sexo.

−Muchos toreros se enfadan conmigo cuando yo les digo que una de las grandes explicaciones de la corrida de toros es de carácter erótico. Pues bien, no soy el único en sostener tal argumentación. Ángel Álvarez de Miranda señala que la capa era inicialmente blanca; ésta se fue tiñendo de rojo como reflejo de la costumbre de exponer las sábanas de la reina o la princesa recién casadas para demostrar al pueblo que su matrimonio se había consumado, con lo cual habría descendencia y, por lo tanto, la dinastía tenía asegurada su continuidad.

−Como metáfora es del todo excepcional.

−Sí, desde luego. Es más, cuando el diestro sale a la plaza es yin, mujer. Lleva cinturita estrecha, luce lentejuelas en su atavío, usa zapatos femeninos, y además se contonea, se pavonea, abre la capa. Por el contrario, el toro es yang, es la fuerza viril, el macho por antonomasia. Luego, a lo largo de la corrida, en esta especie de bodas entre el cielo y el infierno, se va consumando una transformación. Al entrar en contacto con la bestia, el torero va convirtiéndose en macho, al tiempo que el toro pierde su fuerza y se vuelve hembra. Cuando llega la hora de la verdad, el diestro ha de introducir un falo -la espada tiene forma fálica- en el hoyo de las agujas, un espacio con forma de triángulo isósceles, el símbolo del sexo femenino desde la noche de los tiempos. Al final, si el falo entra debidamente y alcanza el punto G, el toro cae despatarrado y se rinde. Como sucedía con el esquema laberíntico de la plaza, no hay duda de que esto también es un arquetipo universal, comprensible para cualquier persona.

−Es un fenómeno que sale al encuentro de un espectador predispuesto. Capaz de asumir ese temario simbólico, digamos.

−Resulta muy curioso comprobar cómo en América la fiesta de los toros ha sobrevivido únicamente en aquellos países con fuerte carga indígena, caso de Colombia, Ecuador, Perú, México y Venezuela. En cambio, en el Cono Sur, en países donde el fondo indígena fue prácticamente exterminado y hace siglos que dejó de existir, no hay fiesta de toros.

−¿Y qué explicación encuentra a esta sincronía?

−El inconsciente colectivo de aquellas civilizaciones precolombinas estaba unido, a través de la Atlántida, con el de los pueblos ibéricos. Tras la llegada de los españoles, quedó en evidencia el maridaje entre ambas mitologías.

−Usted conjetura en sus libros más de una prueba al respecto.

−Hay una fiesta increíble, durísima, brutal, celebrada todos los años, el día de Corpus Christi, en Perú. Ese día, en una localidad andina, por la mañana, de forma que la apoteosis de la fiesta coincida con las doce del mediodía, la gente asiste a la plaza para presenciar un singular espectáculo durante el cual se enfrentan un cóndor, animal totémico de los conquistados, y un toro, animal totémico de los conquistadores. Al toro le ha sido desgarrado el lomo hasta dejárselo en carne viva, y al cóndor se le ha cegado y atado al bóvido. El espectáculo consiste en ver cómo el burel intenta desembarazarse del ave rapaz, mientras ésta va rascando, excitada por la sangre, hasta que alcanza el corazón o algún otro órgano vital. Tras el combate, el toro muere siempre.

−Es una imagen formidable. Trágica pero formidable.

−Imagínate. Los asistentes, ataviados como los antiguos incas, emprenden luego una peregrinación, llevando en andas al cóndor hasta un precipicio sagrado. Allí, contra el sol del mediodía, el cóndor es liberado, pero cuando echa a volar, comprende que está ciego y que ya no podrá sobrevivir. En ese instante, se deja caer hasta estrellarse contra las piedras del fondo.

−¿Cómo interpreta este desenlace?

−En clave simbólica, la muerte de ambas criaturas totémicas expresa el nacimiento de esa nueva realidad histórica, política y cultural que llamamos Iberoamérica. Lo cual equivale a una fantástica formulación del mestizaje. Así cobra sentido la evidencia de que cosas de este jaez conforman nuestra estructura psicológica. Y no desaparecerán, pese a la continuada presión de lo laico.

−¿Aún cree que el toreo puede resistir el embate de la modernidad?

−Uno de los elementos que han contribuido al mantenimiento de la lidia, a contrapelo de los tiempos, es su lenguaje críptico, al cual sólo tienen acceso los iniciados. Cuando es creado un lenguaje semejante, esa actividad tiende a sobrevivir, como han sobrevivido determinadas sectas iniciáticas, pues la expresión críptica, muralla infranqueable, defiende su espacio de los ataques de la profanidad.

−Sin embargo, no veo que el público medite sobre tales honduras.

−Probablemente la faceta simbólica de la tauromaquia no se conserva en la actualidad con la misma fuerza, pero esto es una corriente subterránea. Siempre he sostenido que el aficionado a los toros no sabe por qué acude a los festejos. Hay algo subconsciente que lo arrastra. Ni siquiera en época de menos corruptelas y alharacas ha tenido la mayor parte de taurófilos conciencia de que cuando acude a los toros, no está viendo un espectáculo deportivo, cultural o artístico, aunque haya en la fiesta una parte de deporte, una parte de cultura y una parte de arte. En realidad, está viendo fundamentalmente una misa mayor, la misa mayor de nuestros orígenes, la misa mayor de los pueblos iberos. Esto la gente lo lleva dentro por genes, por karma, por el inconsciente colectivo, pero sólo una minoría de aficionados que ve los toros de forma lúcida es consciente de esa realidad. Desde ese punto de vista, qué duda cabe de que toda esta aureola profana, laica, que en estos momentos rodea la fiesta, menoscaba un tanto esa vivencia interior, pero yo creo que, en lo fundamental, el aficionado acude arrastrado por una fuerza incontenible. No sabe lo que está haciendo pero lo hace, y algo queda en él.

−¿En qué medida aprueban los taurófilos esa interpretación?

−Cuando doy conferencias organizadas por peñas taurinas, ante un público de aficionados, éstos quedan muy sorprendidos e incluso se irritan cuando escuchan mis explicaciones en clave esotérica y junguiana. Este fenómeno siempre me ha llamado la atención, pues considero que cabe ir a los toros para divertirse y, sin saberlo, asistir a una misa. Nunca he alcanzado a explicarme el porqué de estas reacciones. Por otro lado, son muchos los peligros que se ciernen sobre esa dimensión de la lidia. Confieso que, como espectador taurino, estoy cansado de tanta frivolidad, y sobran ejemplos al respecto.

−Todo apunta hacia un triunfo de la superficialidad. Como si en la lidia fuesen admisibles las mismas licencias que en el fútbol.

−He jurado, y mantendré este juramento, que yo no pisaré nunca una plaza que esté cubierta. Eso es un sinsentido, porque la corrida de toros es una fiesta solar. El color dorado de la tierra del albero reproduce el color del sol en el crepúsculo. Y una de las funciones principales del matador consiste en derramar la sangre del animal más fuerte, el toro, y así devolver a la tierra (simbólicamente el mapamundi) la vida, la energía, la fuerza que está desapareciendo al caer el sol. Desde el punto de vista de una persona que cree, investiga y siente estas cosas como yo, ir a una plaza cubierta es un absoluto disparate, tan absurdo como acudir a una corrida matutina o nocturna, fuera de hora. Porque la corrida de toros debe hacerse cuando el sol comienza a descender.

−La suya es la mirada de un purista.

−A decir verdad, estamos acosados por todas partes. La fiesta no puede mezclarse con nada, ha de mantenerse pura en sí misma. Por desgracia, ahora construyen plazas repletas de tiendas y bares, empleadas en invierno para celebrar conciertos o combates de boxeo. A no dudarlo, estamos ante un puro dislate.

−Su propuesta, en apariencia, no parece la más popular. Si bien se mira, queda lejos de los antitaurinos y también de quienes corresponden al deseo de modernizar la lidia a toda costa. También en el plano mercantil.

−Son tantas las personas que militan conmigo en estas filas que yo no siento todavía el olor del enemigo. Vivo rodeado de gente a la cual le gustan los toros, como sucede con mi familia. También es verdad que en los círculos esotéricos y conservacionistas que frecuento se alzan voces de sorpresa, manifestando la contradicción aparente de mi discurso, pues me gustan los toros y al tiempo me siento partícipe de las doctrinas de la llamada Nueva Era. Sin embargo, cuando yo explico esa contradicción, como lo he hecho en numerosas conferencias y cursos, la gente siempre me ha entendido.

−Ah, pero qué curioso.

−Por lo pronto, no comprendo cómo los ecologistas pueden estar en contra de una fiesta gracias a la cual se han salvado extensos territorios de la agresión industrial. En buena medida, el ecosistema de la dehesa sobrevive gracias a la ganadería brava. No entiendo cómo se puede discutir la lidia desde un punto de vista ecológico cuando se han salvado de la destrucción tantas dehesas y marismas. Lo considero un despropósito y estoy convencido de que, antes o después, los ecologistas se darán cuenta de que no existe contradicción entre su mensaje y la defensa del toro, un ser que pervive gracias a la fiesta que protagoniza.

−En todo caso, hablamos de una criatura excepcional, de un linaje biológico fascinante.

−El toro de lidia es una creación artificial, procedente del uro, ya desaparecido. Se trata del animal más hermoso que existe, mimado, criado y perfeccionado mediante el cruce de sangres. El toro existe porque se celebran corridas de toros y no al revés, y además de su interés ecológico, proporciona trabajo a mucha gente.

−Parece que su amor por el ganado bravo tiene una dimensión ética.

−En gran medida, lo que simboliza el toro bravo es un mundo arcaico, perdido, un mundo basado en el principio del ser frente al tener. Substancialmente, el mundo de los toros es eso. Cuando estás delante de un astado no hay bromas: eres. No tienes. Eres, o si no, desapareces. En la actualidad no ocurre así. Ahora también se empieza a juzgar al torero por el número de corridas que torea al año, por el número de trofeos que consigue. Por asuntos de ese jaez Es la irrupción del mercado en el seno de la fiesta. Y es que, a diferencia de lo que sucedía en el mundo antiguo, el mundo moderno está fundamentado en el tener.

−Hábleme de su encendida defensa de los encierros. Una defensa que no comparten los taurinos amantes de la reglamentación.

−Fuerza es reconocer que el fenómeno no se circunscribe a lo que pasa en el redondel. La fiera de lidia participa en innumerables festejos populares, y su pretendido confinamiento dentro de las plazas es algo que arranca de los Borbones y la Ilustración. Esa polémica entre castizos e ilustrados detectable en el siglo XVIII es relativa, pues los castizos eran ilustrados y los ilustrados eran castizos. De hecho, a los afrancesados les gustaba mucho la fiesta de los toros, pero eso sí, pretendían europeizarla, someterla a razón. No querían que fuese una especie de happening, una gran fiesta anarquista celebrada en las calles.

−¿Y entonces?

−Decidieron recluirla dentro de las plazas y fue, poco a poco, creándose el reglamento taurino. En otras palabras, se militarizó la fiesta, se organizó incluso a toque de corneta, a toque de clarín, porque a los sectores respetables de la sociedad les daba miedo esa bomba de relojería permanentemente enarbolada que era la fiesta de los toros en la calle. La encerraron, y lo que hoy llamamos fiesta es, en definitiva, esto y nada más que esto. Una fiesta militarizada, recluida, aprisionada.

−Por eso prefiere usted el festejo popular e improvisado.

−Sólo sobrevive el antiguo y profundo espíritu de la celebración toresca en los encierros, donde la gente pierde la compostura, se enciende y participa del desenfreno. Ahí no existe mezcla de arte, deporte, espectáculo, dinero o prensa del corazón. Sin embargo, la americanización creciente que estamos sufriendo supone un serio peligro para estas usanzas. Ya se sabe que uno de los ingredientes clave del american way of life es lo jurídico, los picapleitos, las demandas por daños y perjuicios. Resulta entonces que si a un chaval le dan un tantarantán durante el encierro y sale magullado, demanda al ayuntamiento de turno y le solicita una punta de millones. Como la autoridad municipal no puede pagar esa cantidad, opta por prohibir los encierros o someterlos tanto a norma que pierden su verdadera naturaleza. Dicho en términos más concretos: no hay nada más ajeno a la tauromaquia que el american way of life.

−¿Qué otros riesgos delata la moderna evolución de la lidia?

−Ha desaparecido la figura del torero de cartel, quien era torero dentro y fuera de la plaza, llevaba coleta y era la encarnación del héroe en la sociedad española. El matador ahora viaja en avión, cuando antes iba por los pueblos en un viejo coche negro, con la cuadrilla entera. Ciertamente, un lidiador moderno podría protagonizar una novela, pero seguir en la actualidad a este personaje es como seguir a un futbolista o un banquero. También ha desaparecido la mayor parte de las tabernas y los restaurantes taurinos, esa parafernalia sensual que, en todos los sentidos, rodeaba a la fiesta y convertía lo toreril en materia novelesca.

−Esa vertiente literaria de la lidia es algo que siempre reaparece en sus escritos.

−Mi militancia taurina como escritor tiene que ver con el carácter autobiográfico de mi producción literaria. En la primera novela que escribí, Eldorado, hay todo un capítulo dedicado a describir una corrida de toros en Málaga. El toro viene a ser el hilo conductor del ensayo Gárgoris y Habidis: Una historia mágica de España. El libro Volapié: Toros y tauromagia es una miscelánea que reúne cuanto he escrito sobre toros. Y otro título de inspiración taurina, El mundo por montera (correspondiente a un programa de radio luego llevado a la televisión), me sirve para englobar toda mi obra sobre viajes. Al fin y al cabo, no soy un escritor de géneros claros. No me gustan las fronteras. Cuando escribo novelas, son novelas de ideas, autobiográficas, y cuando escribo ensayos, son muy novelescos y también autobiográficos.

−¿Cómo prosperó en usted la afición?

−La taurofilia creció en mí por tres caminos paralelos. Primero, el contacto con el toro en las dehesas, las vaguadas y los encierros (En Soria he corrido el toro desde niño y lo sigo haciendo.) En segundo lugar, como asistente a las plazas de toros. Y tercero, a través de la literatura. Yo siempre fui un niño letraherido y empecé a leer desde muy pequeño a Hemingway, a Montherlant y otros grandes autores que han escrito sobre la lidia. Quedé tan cautivado por ellos que en cierto modo llegué a pensar, cuando era adolescente, que para ser un gran escritor había que ser aficionado a la fiesta. Y en la medida en que Hemingway o Montherlant eran para mí escritores modélicos, yo los imitaba.

−Instintivamente, hemos vuelto a trazar una causalidad.

−Secretos son los caminos del Señor: yo llegué a los toros en gran medida por la cultura. Esa es la razón por la cual me resulta muy difícil deslindar ambos campos. Porque para mí, los toros son literatura y la literatura son toros.

Publiqué esta entrevista, con otro formato, en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Recupero su estructura dialogada original

Copyright © de la fotografía (Sánchez Dragó en el Parque del Retiro): Guzmán Urrero, 2006. Reservados todos los derechos.

 

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