Entrevista con John Carlin: El factor humano

John Carlin

En 1985, después de medio siglo de odio racial, Nelson Mandela aprovechó el mundial de rugby para cambiar el rumbo de todo un país. Testigo de aquel milagro, John Carlin nos habla hoy de ese episodio al que dedicó un libro, El factor humano, adaptado por Clint Eastwood en su nuevo film, Invictus.

Sí, era urgente. El futuro de Sudáfrica se prestaba a discusión, pero Mandela necesitaba cortafuegos si no quería lamentar un récord absoluto de calamidades. ¿Era posible unificar con discursos o con leyes a un pueblo fracturado? Quizá. Pero a corto plazo, era imprescindible que sonase de nuevo y con otro ritmo el viejo sonido de la dignidad nacional.

Mandela emprendió una estrategia alocada que fascinó a los anunciantes de desastres. Primero se granjeó el afecto de los Springboks, el equipo de rugby predilecto de los afrikaners, y luego consiguió que aquellos enormes y rubios jugadores resultaran simpáticos para la mayoría negra, que hasta entonces los odiaba.

No contento con eso, Mandela pidió a los Springboks otro pequeño favor: debían ganar una Copa del Mundo en la que partían como perdedores en todas las apuestas.

Esta hazaña es el argumento de un libro espléndido El factor humano (Playing the Enemy, 2008), adaptado al cine por Clint Eastwood en Invictus, una película sutil, conmovedora y rebosante de optimismo.

Charlar con John Carlin equivale a una lección de historia. Especialista en la realidad africana, a la que ha dedicado el libro Heroica tierra cruel (2004), es además un fino analista del deporte entendido como batalla de almas e ideas. Para comprobar esto último, basta con revisar otro libro suyo, Ángeles blancos (2004), o el documental Kicking the Habit, sobre Diego Armando Maradona.

Colaborador de casi todas las cabeceras de prestigio que uno pueda recordar –desde el New York Times hasta El País–, Carlin es un periodista sabio, y también un escritor con una curiosidad ilimitada. Preguntarle hoy sobre El factor humano y sobre la realización de Invictus nos permite entender mejor a ese personaje al que nuestro interlocutor tanto conoce y tanto admira. Me refiero, claro está, a Nelson Mandela.

El hecho de que, durante el estreno de gala de Invictus en Los Ángeles, usted se sentara junto a la hija de Mandela, Zindzi, ya me parece, de por sí, interesante. ¿Qué se cruzó por su cabeza en ese momento?

Vi la película en París, solo, en una sala de de Warner Bros, y luego volví a verla en el gran estreno en Los Ángeles. Posteriormente la vi de nuevo en Johanesburgo. Pero el momento fundamental para mí fue ese que comentas, cuando la hija de Mandela se sentó a mi lado.... Verás, te voy a contar la historia completa. Ya escribí sobre ello en El País, pero no lo conté todo, porque era demasiado autobombo, pero ahora que me estás entrevistando creo que eso está permitido....

Desde luego que sí.

Cuando estuve en Sudáfrica como corresponsal entre el 89 y el 95, una de las cosas que hice durante mi primera etapa ahí fue escribir mucho sobre los crímenes de Winnie Mandela.

Winnie se convirtió en una especie de matriarca mafiosa de Soweto. Una pandilla de jóvenes que estaba con ella hizo cosas horribles. Incluso mataron y violaron. Por eso Winnie Mandela se transformó en una figura bastante odiada en Soweto. Yo profundicé mucho e hice investigaciones sobre este tema, y esa fue la causa de que Winnie no me quisiera nada. Es más: me acusó públicamente de trabajar para el servicio de inteligencia militar y para la policía política... Y su hija, Zindzi Mandela, está muy vinculada a su madre.

Entiendo.

Zindzi tuvo sus quince minutos de fama en 1985, cuando a Nelson Mandela le ofrecieron la libertad a cambio de que renunciase a ciertos principios. Mandela escribió una carta famosa diciendo "Sólo un hombre libre puede negociar". Era una carta muy desafiante, que su hija Zindzi leyó ante un estadio con cien mil personas en el 86.

Y ahora llega este reencuentro.

En el estreno de Los Ángeles, Zindzi se sentó a mi derecha, y aunque hablamos con cierta cordialidad, hubo tensión de fondo, porque tenemos nuestra historia... El caso es que se inició la proyección, y de repente, ella me empezó a tirar de la manga de la chaqueta, señalándome esos momentos en que Morgan Freeman clava al personaje.

Faltaban cinco minutos para el final de la película, y en la parte más emotiva, Zindzi me cogió de la mano, y me dijo: "Debes estar muy orgulloso de lo que has hecho por Sudáfrica". No soltó mi mano hasta el final, y cuando llegaron los títulos de crédito, se acercó otra vez y me dijo: "Tú y yo hemos tenido diferencias, pero eso ya está todo en el pasado".

Con lo cual tienes la película definitiva sobre la reconciliación, y ahí, en vivo y en directo, Zindzi y yo, hicimos nuestra personal reconciliación. Después hubo una gran fiesta, durante la cual nos abrazamos, y ya casi fue exagerado.

¿Y qué me dice del capitán de los Springboks, Francois Pienaar? Tengo entendido que él también se conmovió durante la proyección.

Con él tengo una relación muy buena. Somos amigos. Su esposa, que estaba con él y con sus dos hijos en Los Ángeles, me dijo que nunca en su vida –y lo tiene que haber conocido desde hace dieciséis o diecisiete años–, nunca había visto a su marido más conmovido, más emocionado que durante la proyección de Invictus. Francois lloró como un niño, de principio a fin.

Lo cierto es que tanto el libro como la película demuestran que el deporte es un estado de ánimo.

El aficionado experimenta una reacción muy primitiva, muy elemental. Se suspende la razón. Cuando la gente entra en ese fervor, viendo un partido cuyo resultado es importante, se encuentra en un estado tremendamente emocional y muy susceptible a lo que sea... Mandela entendió eso, y es otro aspecto de su brillantez como político.

Yo mantengo que Mandela es un genio de la política, un genio total como Mozart lo fue en la música.

¿Qué intentan hacer los políticos? Conquistar a la gente. Él conquistó a todos, incluso a la gente más improbable. Y entendió que el deporte se puede utilizar para fines políticos. Es curioso que más políticos no lo hayan hecho.

Desde luego.

Fíjate: Mandela llega a la presidencia en el 94. La situación del país es tensa, la democracia es frágil y hay una elevada posibilidad de terrorismo de extrema derecha. Un año después, llega la Copa Mundial de rugby, que simboliza la división. El equipo de los Springboks viene a ser el símbolo del odio y de la opresión de los blancos a los negros. Un político normal pensaría: "Esto es terrible, vamos a procurar minimizar el daño. A ver si logramos sobrevivir a la tormenta. Cerremos los ojos y que pase cuanto antes".

Esa sería la respuesta de un político normal, pero Mandela ve una oportunidad gloriosa de unificar al país. Cree que el deporte tiene la capacidad de mover el mundo de una manera que no es factible para la política.

Muy pocos políticos hubieran advertido esa oportunidad. Por ejemplo, aquí en España, un país fracturado también... ¿Alguien ha pensado en utilizar el triunfo de la selección española o su situación favorable en el Mundial? ¿Por qué no utilizar eso? Ni se les ocurre.

Son contextos diferentes, lo sé, pero es algo que aquí sería de utilidad.

En la interpretación que Morgan Freeman hace de Mandela, se advierte que su rasgo más importante es la capacidad de seducción. ¿Cómo es posible que lograse ponerla en práctica con tanta eficacia?

Esa es la clave, y esa es también la clave del libro... Mira, él logra dos hazañas políticas absolutamente inverosímiles, que lo hacen entrar en la Historia como el gran político que es. En primer lugar, consiguió convencer a los negros, después de siglos de humillación, para que no optasen por la venganza, sino por la reconciliación. Eso, en sí, ya es increíble. Pero es que, además, también logró convencer a los blancos, programados para verle como el Osama Bin Laden sudafricano, y consiguió que cayeran rendidos a sus pies y le coronaran rey de Sudáfrica.

Aunque en el libro lo cuento con más detalle, eso puedes verlo en la película de Eastwood: Mandela conquista a las masas, pero también a cada persona que él conoce individualmente.

Es cierto.

Hay algo que me ha encantado de la reacción de la gente a mi libro –me imagino que sucederá lo mismo con la película–, y es que le ha gustado por igual a lectores de izquierda y de derecha, incluso aquí en España, donde las posturas son siempre tan antagónicas. Y esto nos da la pauta para responder a tu pregunta.

El factor humano: eso es lo que Mandela valora por encima de las etiquetas y las banderas.

Mandela reconoce que la preferencia política que nos toca en suerte es una casualidad de la vida, del mismo modo que es una casualidad que nacieras blanco y no negro. Y es cierto: yo observo a mis amigos –unos más de derechas, otros más de izquierdas–, y su opción política es circunstancial. Depende de los padres, de algo que les pasó o vieron... Mandela entiende que, más allá de las distinciones ideológicas, hay un ser humano con el que tiene más puntos en común que puntos de división.

Cuando a ese tipo que lleva la banderita del PP o del PSOE se la quitas, encuentras que hay algo mucho más importante: un ser humano vulnerable, que lo pasa bien o mal, como todos los demás. Y Mandela apela a eso: a lo que nos une y no a lo que nos divide.

Por encima de todo –y éste creo que sea quizá su secreto–, Mandela apela a lo mejor del ser humano, y consigue que uno se sienta mejor persona después de estar con él.

Eso explica por qué tantas personas a las que yo entrevisté durante la preparación del libro se conmovían al hablarme sobre él. De hecho, creo que la mitad de los entrevistados lloraron.

Entre los personajes sobre los cuales Nelson Mandela tuvo este impacto, destacaré a tres: Kobie Coetsee, que fue ministro de Justicia y Servicios Penitenciarios durante los últimos doce años del apartheid; Niël Barnard, que había dirigido el Servicio Nacional de Inteligencia sudafricano durante los últimos catorce años del apartheid; y el general Costand Viljoen, que había sido jefe del ejército sudafricano y luego se convirtió en líder de la extrema derecha y organizador de células terroristas para luchar contra la democracia.

A estos tres tipos los entrevisté, y los tres... adoran a Mandela.

Resulta increíble.

El ministro de justicia lloraba hablando de Mandela. ¡Lloraba! El jefe de los servicios de inteligencia, cuando le entrevisté, siempre se refería a Mandela como the old man, el viejo, como si estuviera hablando de su padre. Y el general, que iba a ser el jefe del IRA sudafricano contra Mandela, ahora venera el suelo que pisa.

¿Y qué hay de los jugadores?

Para escribir el libro, entrevisté a la mitad de los Springboks. Por la época en que sucedió todo, ellos eran apolíticos, y aceptaban el racismo, como el resto de la gente común. Estos tipos grandes, corpulentos, se emocionaban al hablarme de Mandela. No lloraban recordando su gloria deportiva, lloraban recordando a Mandela.

En este sentido, una de las escenas que me conmovió de la película es aquella en la que Matt Damon entra en la celda minúscula donde Mandela permaneció encarcelado en Robben Island.

Hace poco, entrevisté para un documental a uno de esos jugadores tan grandotes de los Springboks, y le pregunté, precisamente, por ese día en el que visitaron Robben Island. Empezó a hablar y no pudo terminar. Estaba llorando al recordar ese momento... No sé si te he respondido, pero esa pregunta tuya es la clave: cómo carajo logró Mandela hacer lo que hizo. Pero sólo te puedo dar una aproximación.

Copyright del texto y la imagen superior © Guzmán Urrero Peña. Reservados todos los derechos.


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