Entrevista con León Arsenal: "Última Roma"

León Arsenal

Con ese título, Última Roma, publica León Arsenal su nueva incursión en el campo de la narrativa histórica. Autor riguroso, dotado de una desbordante fantasía, Arsenal va de un género a otro con una intención constante: que el lector disfrute con sus novelas y relatos, escritos con un estilo cuidado, certero y exento de retórica.

Títulos como Máscaras de matar, Los lugares secretos, El hombre de la plata, Las lanzas rotas, La boca del Nilo, Los malos años y La luz de Egipto atestiguan el talento de Arsenal a la hora de contar historias. Un talento que exhibe una vez más en la novela que sirve de disculpa a esta charla.

¿Qué te animó a emplear las nuevas tecnologías en el lanzamiento de Última Roma?

Vivimos una época de florecimiento tecnológico y de penuria económica. Por eso, hay que aprovechar determinados avances a los que no les hemos sacado todo el partido deseable. Nos pasa como a los egipcios, que desarrollaron mucho su arquitectura y su ingeniería, pero para aplicarlas a monumentos, no a la obra civil. Ahora nos ocurre algo similar. Los códigos QR –una especie de código de barras que muestra texto, imágenes, vídeos o enlaces al ser leído con el móvil– se están utilizando de manera muy productiva en exposiciones de pintura. Y es la misma tecnología que empleamos en Última Roma. Por ejemplo en la novela, si aparece Leovigildo, tienes un QR que te va a llevar a la página de Wikipedia sobre este personaje. Si tu móvil estuviera configurado en catalán, en inglés o en francés, se te abriría la entrada en ese idioma.

¿Hay algún precedente que hayas tenido en cuenta a la hora de diseñar esta experiencia digital?

El método no es nuevo. Nastasha Kampush lo empleó en un libro suyo, y también se ha utilizado en algún libro juvenil. En ambos casos, se trataba de lanzar un libro enriquecido, similar a los DVDs que incluyen los extras, las escenas descartadas o el making of. Los QR también se aplicaron a una revista de ajedrez, que permitía a los lectores visualizar los diagramas de las jugadas comentadas. También funcionaron en un periódico, en el que, por ejemplo, la noticia de un naufragio remitía a la filmación del barco encallado. Son caminos interesantes. También lo es el de que parte de la historia esté en papel y parte en internet, pero es arriesgado, porque quien no tenga móvil no va a comprar el libro.

Ya, pero imagina que soy un apocalíptico que se lleva mal con la tecnología, y que no tiene ni iPad ni iPhone... ¿Voy a poder disfrutar de la novela o me voy a quedar a medias?

Ahí está la jugada. En lugar de aplicar una fórmula similar al DVD, en Última Roma hemos usado un concepto más parecido al de una web. Tienes el libro de toda la vida, y lo puedes disfrutar, pero vía QR estás abierto al mundo de la red, y eso te ofrece un montón de material suplementario: desde vídeos explicativos a ensayos online. Ha sido un proceso bastante experimental, pero te da una idea de lo que podría hacerse con esta tecnología. Imagina cómo podríamos abaratar los manuales en los que aparecen imágenes anatómicas, diagramas de ingeniería u obras de arte.

Si he de serte sincero, aún me resulta más atractivo el libro de papel. Por eso me parece inteligente que hayas apostado por enriquecer este formato en lugar de, simplemente, editar la obra como un libro electrónico.

Evidentemente, el libro electrónico es otro camino. Lo que viene a demostrar Última Roma es que el libro en papel le queda mucho recorrido si sabemos dárselo.

Me interesa también la estrategia de márketing que hay tras este lanzamiento. Por ejemplo, el booktrailer parece más bien el tráiler de una película de acción.

Esta es otra faceta en la que hemos explorado nuevas posibilidades. El booktrailer lo realizado Pedro Luis Barbero, que es director de cine y de televisión. Está hecho con imágenes tomadas de filmaciones que están en el dominio público. En España no era posible rodar un booktrailer como los que hoy se hacen para ciertos best-sellers internacionales, con un equipo de actores y un gran presupuesto para lanzarlo en cincuenta países. Por otro lado, tampoco podemos caer en ese tipo de booktrailer cutre, de muy baja calidad, como los hechos por algunos autores.

Sí, uno de esos que parecen un montaje acabado con Photoshop.

Es que eso, más que animar a la compra, a lo que anima es a huir del libro. Y si yo quiero un tráiler comercial, necesito a alguien que maneje el lenguaje audiovisual. Como te decía, este vídeo se ha hecho con material libre de derechos, pero ahí entra el talento del realizador, que hace una conjunción de las imágenes recicladas con la música y el mensaje que deseamos transmitir.

Esto me recuerda esas películas de serie B que incluían material descartado de producciones más costosas.

Es algo parecido a esos teaser de películas que no existen, y que están hechos con fotogramas de distintas películas.

En todo caso, el resultado es muy atractivo. Sobre todo porque lo importante es vender el libro, ¿no es cierto?

Por definición, un tráiler cinematográfico está diseñado para animar a los espectadores a ver la película. Nuestro booktrailer tiene el mismo propósito, y además se suma a toda una serie de vídeos, en los que intervienen escritores y guionistas. La productora Enigma, por una serie de filtros, ha homogeneizado todo ese contenido: toda una serie de Phone movies, de entre dos y tres minutos, en las que hemos ido cuidando ciertos detalles. Por ejemplo, la "mosca" es gigantesca, para que se vea en móvil, y casi todas están subtituladas, no sólo para hacer un servicio a los sordos, sino para que puedan visualizarse en lugares de mala audición. Gracias a este formato web, el libro continúa creciendo tras su edición, porque aumentan y cambian los materiales enlazados.

Llevamos un buen rato hablando de márketing y de tecnología, pero curiosamente, esos avances se aplican a una novela ambientada en el siglo VI después de Cristo.

Hemos experimentado con la tecnología, y también lo he hecho con la narración. Pero que no se entienda experimental por fastidiar al lector. Un ingeniero industrial no experimenta para diseñar un coche más incómodo, sino todo lo contrario.

Por desgracia, experimental en literatura suele significar ilegible. Tú en cambio has cultivado siempre la novela popular.

Un escritor es como un maestro de artes marciales, pero escribir un libro es como pegarse en la calle. Cuando aprendes artes marciales, memorizas diez mil formas de golpear, pero cuando llega la hora de salvar la vida, usas cuatro, y de vez en cuando usas alguna más sofisticada porque así lo requieres. Un buen escritor debe saber manejar todas las figuras literarias, pero eso no significa que en cada párrafo haya seis metáforas y cuatro oxímoron. Estos recursos tienen que servir para añadir fuerza a la expresión, no para demostrar que eres muy listo.

La novela histórica es un género al que han acudido autores muy distintos...

Por supuesto. Fíjate en Mika Waltari. Sus novelas históricas no son más que la expresión de sus inquietudes y anhelos espirituales. Ese desasosiego religioso que sufrió lo traslada a El Aventurero Mikael Karvajalka y a Sinuhé el egipcio. Luego tenemos a Gore Vidal, que lo que pretende es retratar dramas humanos universales. Cuando escribe Juliano el apóstata, no digo que el protagonista no le importe un pimiento, pero se nota que lo que le interesa son los dramas humanos. A diferencia de éstos, hay otros escritores para quienes la novela histórica es un marco para la aventura. Y como cualquier género, es un marco muy amplio. En Última Roma yo pretendía trasladar una determinada atmósfera.

Aunque a lo largo de tu carrera no has escrito solo novela histórica, da la impresión de que, en este campo, eres como un arponero que busca su ballena. ¿Estás siempre alerta, persiguiendo temas potencialmente novelescos?

Cada novela es diferente. Última Roma transcurre durante la segunda mitad del siglo VI, en Hispania. La primera inspiración fue un reducto tardorromano, «la provincia de Cantabria», donde se organizó un senado que era independiente. Quería describir, en clave de fantasía, una especie de Reino de Arturo en España.

Ahora que lo dices, cuando leí el argumento, inmediatamente pensé en una novela artúrica. Sobre todo al saber que intervenían los britones: ese pueblo que, huyendo de anglos, jutos y sajones, acabó en las costas de lo que hoy son Galicia y Asturias.

En efecto, me aparecieron los britones. Y luego ese concepto tan fascinante de la renovatio imperi, el afán por reconstruir el imperio romano de Occidente. De repente, todo cuajó en una novela que era muy difícil, porque me iba a exigir mucho, y en la que he tenido que emplear muchos recursos. Al final, de la primera idea no queda nada.

Aparte de esa posible referencia artúrica, en Última Roma también aparecen asuntos que aún nos preocupan, rigurosamente contemporáneos.

Me pareció más interesante centrarme en esos hombres que luchan contra el destino. Hay gente que se conforma porque las cosas siempre han sido así, y otra gente que lucha. Me parece fascinante la idea de quienes son capaces de trascender. Una de las cosas que ha perdido nuestra sociedad es esa capacidad de trabajar para quienes vendrán dentro de tres generaciones. En una época de neoliberalismo cada vez más exacerbado, aquí nadie mira más que a dos años vista. Pero aquella gente trabajaba para el futuro, pensando en las generaciones venideras.

Imagino que, como todo escritor que se enfrenta a este género, habrás tenido que lidiar con los tópicos. No sé si te lo has tomado como Alejandro Dumas cuando decía aquello de "En efecto, violo a la Historia, pero le hago hermosos hijos".

Yo quería evitar la inercia de los tópicos. Cuando ambientamos la novela en la Roma Imperial, inmediatamente el lector se sitúa. Por eso la serie Roma era interesante, justo porque era una Roma diferente a la de Hollywood, que nos muestra mármoles relucientes y togas inmaculadas. Si yo al lector le hablo de la España visigoda, ya estamos arruinados, porque los tópicos dibujan a los visigodos como unos perroflautas con acento alemán. En este caso, introduzco al lector en un mundo que es todavía romano aunque Roma haya caído.

Es muy útil situar al lector en un sitio desconocido, y a partir de ahí llevarle hacia lo desconocido. Cuando un cineasta ha querido hacer una película de indios rompiendo el tópico, sitúa al personaje en el Este o en Inglaterra, y lo manda al Oeste. Porque si no, tú te imaginas al indio emplumado y tiroteando caravanas.

Cuando quieres dar otras visiones, el tópico te fastidia. Por eso, opto por empezar la primera escena con los britones, y luego continúo la narración entre romanos. Leovigildo aparece de forma tardía. Asumo el riesgo de tener un poco perdido al lector, pero de ese modo consigo que se adentre en esa atmósfera tardorromana.

Creo que es el mismo problema que tuvo Robert Graves a la hora de narrar la historia del conde Belisario, un general romano, comandante de caballeros de origen bárbaro, ataviados con cota de malla. Y por supuesto, muy diferentes a la idea que tenemos de los legionarios.

De hecho, los acontecimientos de Última Roma transcurren unas décadas después de lo que cuenta Graves... Y en efecto, es el mismo problema. Mi intención es retratar ese mundo en el que los hispanos todavía se consideran ciudadanos romanos y los visigodos aún mantienen la ficción de que mantienen el orden en nombre de Roma. Todo ello me exigía hacer una novela más historicista. Esa fue una de las razones que condujo a los códigos QR, para no sobrecargar la narración con tantos detalles históricos.

Esa tensión entre los documentos históricos y la libertad narrativa es algo que siempre has tenido presente. Por ejemplo, en las primeras páginas de Los malos años dices que es una novela hecha para que el lector disfrute sin renunciar al rigor. ¿En qué medida ves posible ese equilibrio? ¿No crees que, finalmente, los personajes siempre acaban siendo contemporáneos nuestros?

Hay una corriente de novela histórica que yo no apruebo. Me refiero a la que hace cotidianos a los personajes. Por ejemplo, un Aníbal feminista o partidario de la emancipación de los esclavos.

Es absurdo medir el pasado con nuestros parámetros. Por descontado, el novelista siempre trampea... De haber existido la verdadera Escarlata O'Hara que describe Margaret Mitchell en Lo que el viento se llevó, probablemente le faltarían un par de dientes...

Luego está la postura contraria, que en nombre del realismo histórico llena la Edad Media de personajes sucios, contrahechos o con bubones.

Ya, pero el novelista se mueve siempre en el terreno de la fabulación. De hecho, la propia labor de los historiadores tiene un componente narrativo. Por eso decía Tolstoi que la Historia sería algo excelente si fuera verdad.

Cuando yo hablo de rigor quiero decir que si les pongo estribos a los caballos de Alejandro Magno es por error, no porque vaya por el camino de en medio. Que yo sepa, nadie grabó la noche antes de la batalla de Gaugamela lo que discutió Alejandro en su tienda. Esto es ficción. Lo que yo tengo que hacer es que ceñirme a lo que se sabe, y si yo me salto lo que se sabe, que sea voluntariamente. Si describes una mujer guerrera, búscate una explicación histórica, pero que no sea como esa convención de Hollywood, que te obliga a sacar personajes femeninos o pertenecientes a minorías étnicas por un puro cálculo comercial.

Robin Lane Fox, el autor de Alejandro Magno. Conquistador del mundo, fue invitado por Oliver Stone a participar como soldado de caballería macedonio en el rodaje de su película sobre Alejandro. Lo interesante es que esa experiencia como extra le permitió a este historiador comprender cómo se movían las masas militares en la guerra antigua. ¿No crees que con la novela histórica ocurre a veces lo mismo? Lo digo porque hay novelas que trasladan el espíritu de una época mejor que cualquier ensayo.

Por supuesto que es así. Y cada cosa tiene su lugar, yo siempre lo digo... No venga usted a aprender historia a las novelas históricas. No me cargue a mí con una responsabilidad que no es mía...

A partir del siglo XX, nuestra mitología histórica procede del cine. Uno puede haber leído ensayos sobre el general Custer como el de Stephen Ambrose, y sin embargo, seguirá viendo a Custer con la cara de Errol Flynn. ¿Eso te hace evitar los personajes más populares, y por tanto, demasiado mitificados?

Muy buena idea tendría que tener yo en la cabeza para emprender una novela sobre Alejandro Magno o sobre Julio César. A no ser que tuviera una ocurrencia como la que tuvo Bertolt Brecht al escribir Los negocios del señor Julio César. Son caminos demasiado transitados.

¿Te molesta que se dé a la novela histórica una dimensión más allá de la puramente literaria?

El último gran juego de mesa que triunfó en nuestra sociedad fue el Trivial y no es por casualidad. Es un juego donde el más tonto puede responder seis preguntas de seis temas. Es un reflejo de nuestra sociedad. Es el espíritu de la todología de los tertulianos, transmitido a la población... No se documente en mi libro, cómprese ensayos... Me descargo de esa responsabilidad.

En general, tus novelas sobre el pasado reflejan la cara oculta de la historia.

Sí, normalmente me muevo en las esquinas de la historia. He rehuido los grandes temas. Por ejemplo, cuando escribo sobre Egipto, no me voy a la etapa de Ramsés, sino al III Periodo Intermedio.

Otro detalle común a la mayoría de tus novelas es la intención de reconstruir una identidad colectiva: un mundo riguroso desde el punto de vista antropológico. Eso se advierte incluso en una novela de fantasía como Máscaras de matar.

Yo siempre he adorado la antropología. A ver si un año de estos saco tiempo para estudiarla... Cuando publiqué Máscaras de matar, decían que el empleo que propongo de las máscaras es original. En realidad, los policías y otros uniformados también lo hacen para revestirse como figuras de autoridad. Y en cuanto a la identidad, también es cierto. Por ejemplo, el personaje de Las lanzas rotas no sabe si es romano o es celtíbero. Está en un mundo crepuscular.

Otros dos rasgos comunes en tu obra: el sentido de la maravilla, como se advierte en La boca del Nilo, y la reconstrucción del pasado español, en títulos como El hombre de la plata, Los malos años, Las lanzas rotas o esta Última Roma.

Es cierto, pero fíjate: el pasado español, para los españoles, es el más exótico que hay. Si hablamos de identidad, probablemente tengamos mucho más que ver con un turco del Estambul actual que con un señor de Murcia del siglo XVII. A mí me interesa la identidad, pero no desde el punto de vista que defienden los nacionalistas. Esto de las identidades es fascinante, pero también puede ser letal.

Es una tendencia tribal... En este sentido, ¿encuentras en la antigüedad equivalentes al nacionalismo de hoy?

El movimiento identitario actual procede del romanticismo. Aquí los nacionalismos son, curiosamente, un hijo indeseado de la Ilustración. Antes los referentes eran los reyes, los papas... Cuando llega la Revolución Francesa, eso queda destruido, y entonces, la gente, a falta de otros símbolos de autoridad, se vuelve hacia la tierra y los antepasados. Cosas que antes habían tenido una importancia secundaria cobran relevancia, y comienza la construcción de la identidad nacional.

Todo eso también se concentra en la novela histórica. Pienso ahora en libros como Amaya o los vascos en el siglo VIII, de Navarro Villoslada, o en las obras de Walter Scott...

Yo no tengo datos para saber que el señor Walter Scott estuviera abriendo el camino para que dos siglos después el partido nacionalista escocés diese la tabarra. Sin embargo, es verdad que, a veces, tanto los manuales históricos como la novela histórica han sido usados como herramienta de falseamiento de la realidad. Pero no se han inventado nada quienes hacen eso. Franco y sus secuaces hicieron lo mismo.

A falta de tronos y tiaras, la gente da importancia a unas raíces étnicas que nunca existieron como entidades políticas.

Por ejemplo, la imagen tradicional que tenemos de los escoceses viene a ser un invento. Para empezar, hay muchos escoceses molestos con que se diga que la lengua de los escoceses es el gaélico, y no el escocés germánico. Ambas lo son, pero viste más la otra versión.

En el fondo, es lo mismo que ha pasado con el celtismo en España. Ha dado lugar a libros maravillosos, pero también tiene mucho de fantasía histórica.

Yo puedo decir que somos hijos de Numancia, pero eso no debe pasar más allá de la metáfora. La invención de la identidad es un problema que ha sacudido a toda Europa...
Por poner un caso, cuando los protonacionalistas vascos del XVIII se apropian del tetraskel, dicen que es el lauburu vasco, pero en realidad, ese símbolo estaba por toda España. Y por toda Europa. No es otra cosa que una forma de la esvástica, que es el símbolo más antiguo. No es casual que aparezca entre los indios americanos o entre los primeros cristianos. Es el símbolo del sol naciente. Y la cruz gamada es el símbolo del sol poniente. Pero identificarlo con una idea nacional es otra cuestión.

Hay otro fenómeno interesante, y es que en los tiempos de Alejandro Dumas, no creo que el lector de Los tres mosqueteros se tomara ese libro como fuente de autoridad. Sin embargo, ahora tenemos a muchas personas que leen El código Da Vinci como si estuviese lleno de datos reales, o que se creen lo que dicen obras de pseudohistoria como 1421: El año en que China descubrió el mundo.

Hay un montón de ideas en busca de justificación literaria. A mi juicio, uno de los éxitos de El Código Da Vinci es que se alimenta de esa especie de deseo de que la mujer hubiera tenido mucha más participación en el origen del cristianismo. Lo mismo pasa con los templaristas ávidos de secretos... ¡Pero qué secretos! ¡Si Jacques de Molay, el último maestre templario, era analfabeto!

Es muy fácil encontrar un público objetivo. Hay gente que desea que, literariamente, se les de cierto pienso. Antes hablábamos de Walter Scott. Su novela Rob Roy nos habla de una lucha dinástica, en la que los escoceses católicos se ponen del lado de los Estuardo. Pues bien, en la adaptación cinematográfica que se rodó hace unos años, los escoceses son tratados como perros, y eso les lleva a una rebelión. Algo que no tiene nada que ver con la historia de Escocia.

Así alimentas una imagen de país sometido, de que aquello fue una guerra de independencia: el mito de los bravos escoceses, sometidos a sangre y fuego por los ingleses. Hay público para eso. Pero la realidad fue muy distinta. Fue una guerra entre dos dinastías por el trono de Escocia y no pocos clanes se pusieron del lado del rey inglés, que lo era también de Escocia, frente al pretendiente Estuardo.

Otro ejemplo: en 1719, cuando los españoles invadieron Gran Bretaña por Escocia, se les unieron varios clanes escoceses, entre los que estaba el MacGregor (liderado por el auténtico Rob Roy). Libraron una batalla contra los ingleses, a su vez apoyados por otros tantos clanes. Una novela así no atrae a ese público que busca historias maniqueas de ingleses opresores y pacíficos escoceses obligados a tomar las armas. El verdadero Rob Roy vivió guerreando y rapiñando toda su existencia.

Como ensayista, eres coautor de Una historia de las sociedades secretas españolas. Este es otro tema muy adecuado para un thriller conspirativo, en la línea del de Dan Brown.

Mucho. Todo el mundo se imagina que las sociedades secretas se reúnen tipos cubiertos con capuchón. En realidad, las sociedades secretas son como los cárteles... Todo el mundo sabe que hay unos tipos que manipulan los precios de los pisos y quienes son, pero estos se cuidan de reconocerlo. Es un típico caso de sociedad secreta. Maligna en este caso.

También fascinante.

Y tranquilizadora. Porque uno necesita saber que hay alguien al timón del barco. Aunque sea Fu Manchú. Pensar que no hay nadie al timón es aterrador. Necesitamos creer que todo es parte de un plan o de una conspiración. Es el caso de quienes creen que a Cuba no la perdimos por culpa de nuestra decadencia social y política, sino por culpa de los masones.

Volviendo a Última Roma, no sé si esta vez sale a relucir tu gusto por la fantasía heroica, por esa épica guerrera que aparece en libros como Salambó, de Flaubert, o en los cuentos de Robert E. Howard, de quien por cierto eres traductor.

Me he dado esa alegría. Hay un montón de batallas en la novela. Cada batalla está narrada de una forma diferente. Con un punto de vista distinto y con técnicas diversas. Me gusta la acción.

Eso está mal visto por la crítica.

Es un signo de lo que le pasa, o mejor dicho, le pasaba a la literatura española.  Tradicionalmente, si ocurría algo en la novela, era visto como una vergüenza por los críticos. Para ellos, en una buena novela no pasa nada. Lo importante es la reflexión, el mundo interior... Cuanto aquí te llaman popular, en realidad quieren decir populachero. Es como cuando el jefe le dice a su empleado: "Usted mucha iniciativa". No es una felicitación. Le está advirtiendo para que no se pase de listo. Cuando te tildan de popular, te catalogan como un autor apto para leer en el tren. Claro que a mí eso me da igual. Yo siempre he querido ser como los cineastas yanquis: ir de las narraciones más íntimas a las más espectaculares.

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