Francisco de Vitoria y los orígenes del derecho internacional

Francisco de Vitoria y los orígenes del derecho internacional

Francisco de Vitoria fue uno de los pensadores más ilustres de nuestro siglo XVI; varón insigne por el entendimiento y la doctrina no menos que por la fortaleza de carácter; teólogo singular entre los más ilustres que la Orden de Santo Domingo ha producido; restaurador de la Escolástica, en pleno Renacimiento, o más bien padre y creador de una nueva ciencia teológica acomodada al gusto y a las necesidades de los tiempos nuevos; verdadero Sócrates de la Teología, como sus discípulos le apellidaron, acordándose no sólo de su espíritu filosófico y de la eficacia y virtud generadora de su palabra, que tanto contrastaba con su parquedad en escribir, sino más aún, de las nuevas e inmediatas aplicaciones que realizó de la ciencia divina que enseñaba, haciéndola descender de los cielos para tomar parte en las contiendas de la tierra, no de otro modo que el hijo de Sofronisco convirtió en ciencia ética, en ciencia de los deberes y de los afectos humanos, lo que hasta entonces había sido en manos de los jónicos y de los eleáticos, ciencia física o esgrima dialéctica.

Y no es que se trate aquí de rebajar en lo más mínimo el valor de la especulación metafísica pura, desinteresada e inútil, a la cual precisamente por esta noble condición de desinterés e inutilidad rendimos fervoroso culto, creyendo firmemente que no hay más alto y generoso empleo del entendimiento humano, que la contemplación de la verdad por la verdad misma; ejercicio verdaderamente divino, en que se revela y manifiesta más que en ningún otro esfuerzo natural la participación de la lumbre increada. Pero así como es gravísima aberración, indigna de un espíritu científico, tratar con desdén las llamadas sutilezas de filósofos y teológos, no es yerro menos grave, y en ciertas épocas ha sido funestísimo, el divorcio entre la práctica y la especulación, y el dejar entregadas a la arbitrariedad de los empíricos, a la rutina de los leguleyos, al instinto más o menos falaz de los hombres de acción, cosas tan altas como la Moral, el Derecho y la Política. No lo entendía así Francisco de Vitoria; y en esto consiste su gloria mayor y el que merezca ser apellidado padre de una ciencia nueva, fecunda en portentosas aplicaciones. No fue moralista y jurisconsulto, a pesar de ser teólogo, sino que lo fue precisamente por su teología, deduciendo de ella corolarios que alcanzan a todas las grandes cuestiones sociales, el origen del poder y el fundamento de la soberanía, los límites y relaciones entre la potestad eclesiástica y la civil, los derechos de la paz y de la guerra, la esclavitud, la colonización y la conquista.

Era Vitoria discípulo de Santo Tomás y escolástico de raza; pero como al fin vivió en el siglo XVI, y en relaciones antes benévolas que hostiles con los grandes humanistas de su tiempo, sin exceptuar al mismo Erasmo, participó ampliamente del espíritu de generosa y libre indagación que el Renacimiento trajo consigo; y en vez de parecerse a los degenerados nominalistas, que en su juventud alcanzó en la Universidad de París, y cuyas semblanzas duran en la enérgica invectiva de Juan Luis Vives In Pseudo Dialecticos y en sus libros De causis corruptarum artium, tuvo a mérito y gala, no sólo el emplear cierto método y lucidez enteramente modernos, cierta elegancia de exposición, y aun cierto artificio oratorio, visible sobre todo en los proemios de sus Relectiones, exornados sobriamente con los recuerdos de la antigua sabiduría y aun con las flores del arte clásico, sino que puso todo su empeño y mayor conato en romper los espesos muros que circundaban la palestra escolástica, sordos sus maestros a todo rumor de la vida, atrasados voluntariamente en dos siglos, y ociosamente ocupados en tejer interminables telas de araña. Con Vitoria penetró a torrentes la luz en el estadio antes inaccesible, y un óleo nuevo vigorizó a raudales los miembros y el espíritu de los nuevos púgiles. De Vitoria data la verdadera restauración de los estudios teológicos en España, y la importancia soberana que la Teología, convertida por él en ciencia universal, que abarcaba desde los atributos divinos hasta las últimas ramificaciones del derecho público y privado, llegó a ejercer en nuestra vida nacional, haciendo de España un pueblo de teólogos. En su escuela se formaron los más grandes del siglo XVI: un discípulo suyo, Domingo de Soto, escribió el primero y más célebre tratado De Justitia et Jure; otro discípulo suyo, Melchor Cano, trazó, en estilo digno de Marco Tulio, el plan de una enciclopedia teológica, remontándose al análisis de nuestras facultades de conocer, y buscando en ellas el organon para la nueva disciplina, que, merced a sus esfuerzos, alcanzó carácter plenamente científico y positivo antes que ninguna otra ciencia. Un abismo separa toda la teología española anterior a Francisco de Vitoria, de la que él enseño y profesaba; y los maestros que después de él vinieron, valen más o menos en cuanto se acercan o se alejan de sus ejemplos y de su doctrina.

Todo el asombroso florecimiento teológico de nuestro siglo XVI, todo ese interminable catálogo de doctores egregios que abruma las páginas del Nomenclator Litterarius, de Hurter, convirtiéndole casi en una bibliografía española, estaba contenido en germen en la doctrina del Sócrates alavés. Su influencia está en todas partes; y sin que neguemos a insignes Maestros de otras ordenes el lauro que de justicia se les debe como iniciadores o colaboradores en el renacimiento teológico; aunque pronunciemos con respeto profundísimo los nombres de Fr. Luis de Carvajal y de Fr. Alfonso de Castro, timbres de la Orden Seráfica; del Agustino Fr. Lorenzo de Villavicencio; del Benedictino Fr. Alfonso de Virués; de los Jesuítas Salmerón y Lainez; y aunque no olvidemos ni por un momento que el impulso inicial de toda esta reforma de los estudios eclesiásticos partió de los libros De Disciplinis, de Luis Vives, y de algunos opúsculos de Erasmo, especialmente de su carta al Elector de Maguncia, oportunamente recordada por nuestro compañero, siempre habrá que reconocer que las tendencias erasmianas, por venir mezcladas de elementos sospechosos, no arraigaron ni fructificaron mucho, antes fueron miradas con cierta prevención y hostilidad más o menos violentas. Y en cuanto a los teólogos españoles que acabamos de citar, y cuyo ardiente catolicismo y pura ortodoxia son bien notorios, ninguno de ellos, a pesar de su mérito excepcional, logró extender su acción pedagógica a un círculo tan amplio como el de Francisco de Vitoria, y nunca lograron en nuestras escuelas ni en las restantes de la Cristiandad el libro De Restituta Theologia, de Carvajal, ni el De informando studio theologico, de Villavicencio, aquel puesto verdaderamente único; aquella reputación de obra magistral y clásica, que disfrutó desde el momento de su aparición la obra inmortal de Melchor Cano, trasunto fidelísimo de las ideas y del método de Francisco de Vitoria, interpretados por un espíritu todavía más vasto, más genial, más inquisitivo y audaz que el suyo, y dotado además de un poder y una magnificencia de estilo didáctico que su maestro parece haber presentido y deseado más bien que poseído.

Inéditos aún sus comentarios a la Suma de Santo Tomás, la influencia de Vitoria en la teología dogmática se prueba más bien por los libros de sus discípulos que por los suyos propios: hay que buscarla, confesada o no, en toda la pléyade de teólogos dominicos, en los dos Sotos, en Bartolomé de Medina, en Carranza, en Báñez, en Fr. Pedro de Herrera; dignamente continuados dentro del siglo XVII por los grandes atletas de las controversias de auxiliis, Fray Diego Álvarez y Fr. Tomás de Lemos, y por el perspicuo, valiente y profundísimo comentador Fr. Juan de Santo Tomás, uno de los más copiosos y seguros intérpretes de la doctrina del Ángel de las Escuelas. Los cuadernos de Vitoria, sus lecturas, amorosamente copiadas y piadosamente conservadas por los que pudieron oírle, constituyeron una especie de fondo común, una doctrina tradicional dentro de su Orden, a cuyo fondo fue acumulándose la labor de los nuevos profesores, durante todo el tiempo que la teología española conservó alientos de renovación y bríos de juventud y esfuerzo racional sacado de sus propias entrañas.

Así pudo, durante dos siglos, la Orden de Predicadores exponer con orgullo sus teólogos a la terrible competencia con los Salmerones y Toledos, con los Maldonados y Fonsecas, con los Molinas y los Vázquez, con los Suárez, Valencias y Arriagas, con los Ripaldas y Montoyas; y si para gloria de nuestra ciencia quedó indecisa la palma de tan noble certamen, y no hubo en rigor ni vencedores ni vencidos, todavía pudo la escuela de Francisco de Vitoria reivindicar el patente derecho de prioridad, no sólo en lo dogmático, sino también en lo positivo e histórico, a lo cual se añade que el autor de las Relectiones Theologicae, que es en fecha el primero de los grandes moralistas que la Escuela produjo durante su edad de oro, puede reclamar muy buena parte, no en los extravíos, bien ajenos de su templanza y sobriedad de juicio, pero sí en los aciertos de aquella legión de casuistas, ayer tan denigrados y cuya rehabilitación comienza ahora, los cuales apuraron hasta los últimos ápices la disección de los actos humanos, de sus ocultos móviles, de sus extremas consecuencias, de los accidentes que los modifican, y de su calificación conforme a las leyes de la ética cristiana.

Pero una cosa hay que confesar, aunque con dolor se confiese. Por entibiamento de la fe, por ligereza de espíritu, por insensato desdén hacia la tradición nacional, que es mucho más fácil negar que conocer a fondo, el movimiento de nuestras escuelas teológicas del siglo XVI, tan vivo, tan animado, tan pintoresco y hasta dramático en ocasiones, yace generalmente olvidado, y aun los mismos que más suelen traer en boca los nombres de nuestros doctores, y más alarde hacen de seguirlos, suelen fijar exclusivamente su atención (curiosa y bien intencionada, y digna de agradecerse de todos modos; pero al fin curiosidad de profano y de dilettante superficial) en ciertas aplicaciones particulares que, con valer mucho, parecen una gota de agua en el vasto océano de la ciencia de Dios, tal como la profesaron Santo Tomás y sus más ilustres y fieles discípulos.

Y en verdad que parece rara ironía de la suerte el que dure el nombre de Francisco de Vitoria; no por haber dado tres siglos más de vida gloriosa a una tradición que parecía completamente agotada; no por haber reconciliado el Renacimiento con la Teología; no por haberse remontado a la crítica de las fuentes positivas de demostración teológica; no por haber enterrado definitivamente las sutilezas de los nominalistas y terministas; no por su admirable doctrina sobre la potestad del Papa y del Concilio, que fue bandera de nuestros teólogos en Trento; no por su doctrina política, que suele buscarse más bien que en las sobrias y nerviosas páginas de las Relectiones, en el difuso comentario que de ellas hizo Fr. Domingo de Soto, libro ciertamente de gran valor, pero todavía de mayor fortuna, conforme lo acredita el sabido latinajo de nuestras escuelas, qui scit Sotum, scit totum; no por lo que escribió de las relaciones y conflictos entre la Iglesia y el Estado, adelantándose a Melchor Cano, el cual, en su Parecer famoso, no dejó bastantes veces de sacar las cosas de quicio, cediendo al calor de la polémica contemporánea y a la natural extremosidad e intemperancia de su carácter, que tanto contrastaba con la plácida moderación científica de su maestro; no por ninguna de estas cosas —digo— sino por una circunstancia que parece meramente fortuita; es, a saber, por la buena fe y la honrada erudición de Grocio, el cual, en su famoso tratado De jure belli et pacis (que con apariencias de meramente erudito fue un progreso en la vida moral del género humano y contribuyó más que otro alguno a difundir ideas de piedad, de mansedumbre y de tolerancia, por todo lo cual merece ser eternamente bendecido por todos los aborrecedores del brutal prestigio de la fuerza), tuvo a gala contar a Vitoria entre los más egregios precursores de su obra humanitaria, citando con verdadero amor las dos Relectiones, De Indis y De jure belli.

Tal noticia, transmitida de Grocio a sus numerosos compendiadores e imitadores, despertó la atención de la crítica modena en cuanto se intentó formar una Historia del Derecho de gentes, y entonces vióse a Mackintosh afirmar en la Revista de Edimburgo, que «los orígenes del Derecho natural, del Derecho público y del Derecho internacional deben buscarse en la filosofía escolástica, y sobre todo en los filósofos españoles del siglo XVI, que estaban animados de un espíritu mucho más independiente que los antiguos escolásticos, merced a los progresos que el Renacimiento había traído a nuestras escuelas. Y añadía el célebre publicista escocés que España, por haber sido en el siglo XVI la primera potencia militar y política de Europa, y haber sostenido grandes ejércitos y guerras continuas, hubo de sentir antes que otro país alguno la necesidad de asentar sobre bases sólidas el Derecho de la guerra, y por eso fue la patria de Vitoria y de Baltasar de Ayala. Más adelante escribió Mackintosh su célebre Historia de los progresos de la Ética (Progress of ethical philosophy), y como a él no le detuvo ni podía detenerle la mala vergüenza que solemos sentir los españoles para elogiar nuestras cosas, no se hartó de llamar a la España del siglo XVI «la más poderosa y magnífica de las naciones europeas», y declarar dignos de memoria eterna a Francisco de Vitoria, «por haber expuesto el primero las doctrinas de la escuela en la lengua del siglo de León X», y a Domingo de Soto, por haber sentado el gran principio de que «el Derecho de gentes es el mismo para todos los humanos, sin distinción de cristianos e infieles»: neque discrepantia, ut reor, est inter christianos et infídeles, quoniam jus gentium cunctis gentibus aequale est; principio que sirvió a Domingo de Soto para condenar la trata de negros, y había servido a Francisco de Vitoria y a Fr. Bartolomé de las Casas para condenar la esdavitud de los indios. «Apenas acierta un hombre de nuestros tiempos—añade Mackintosh—a tributar todos los elogios que merecen estos excelentes religiosos, que defendieron los derechos de hombres que jamás habían visto, contra las preocupaciones de su Orden, el supuesto interés de la religión, la ambición de su gobierno, la avaricia y el orgullo de sus compatriotas y las opiniones dominantes en su tiempo.»

Siguiendo las huellas de Mackintosh, Wheaton, el historiador norteamericano de los progresos del Derecho de gentes en Europa y en América, extractó cuidadosamente en 1846 las Relectiones 5.ª y 6.ª de Vitoria, y el tratado De jure belli, de Baltasar de Ayala, no sin advertir previamente que «las Universidades españolas produjeron en el siglo XVI una multitud de escritores notables que cultivaron aquella parte de la moral que enseña las leyes de la justicia».

Y tras de Wheaton vinieron a repetir algo idéntico Rivier y Nys, y todos los autores de monografías sobre el Derecho de gentes, y últimamente coronó este concierto de elogios en tan solemne ocasión como la del centenario de Alberico Gentili (1876), el profesor de Padua A. de Giorgi, saludando a Francisco de Vitoria, no sólo como inspirador y precursor de Gentili, sino como verdadero padre de la ciencia del Derecho internacional.

Las obras originales del polígrafo cántabro, nacido en 1856 y muerto en 1912, se encuentran en dominio público, pues sus derechos de autor han expirado. Con esta condición, reproducimos en The Cult extensas citas procedentes de sus libros y artículos.

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