Freud, su papá y las mujeres

Sigmund Freud

Podríamos preguntarnos, a esta altura de rememoraciones y cotilleos, de qué vale la evocación anecdótica de Sigmund Freud (6 de mayo de 1856, Příbor, Moravia - 23 de septiembre de 1939, Londres).

¿Cambia nuestra lectura de su obra, el hecho de conocer estos rincones de su biografía? Obviamente, si prescindimos de tales noticias, no. Pero podemos usarlas como clave hermenéutica y —he aquí lo importante— apelar al propio psicoanálisis para hacerlo así.

Si somos lo que podemos contar de nosotros, entonces Freud es aquello que pudo contar de sí, en plan anecdótico o ensayístico, en sueños y en teorías.

Estas son las variables que hace jugar Marianne Krüll. Desembocan en lo que cabe llamar «biografía del espacio freudiano» y aclaran algunos incisos de la trayectoria intelectual y la conducta institucional de Freud.

En julio de 1897, hace colocar una lápida en la tumba de su padre y, al tiempo, inicia su autoanálisis.

En ese momento, aparte de las coincidencias (sólo tiene acceso a su trastienda mental cuando declara muerto a su padre) está interesado en asomarse a una suerte de perversidad necesaria de todo padre (incluyendo al propio, tal vez a contar desde él).

De ahí me permito dar un salto a la Traumdeutung, a la homofonía allí señalada entre onanieren y urinieren (masturbarse y orinar).

El onanismo es el acceso visual al goce real del otro, quizá de todo Otro. Quien se masturba pone en escena ese goce real como espectáculo ante la mirada (aunque sea fantástica) de un tercero.

Esto intriga a la observación infantil. ¿Qué pasa con el papá cuando orina? ¿Goza indebidamente? Si el goce es indebido y así se transmite, doctrinariamente, al hijo, ha de renunciarse.

Por fin: el padre ha renunciado previamente a él. En este punto, quiebra la omnipotencia del padre, cuando aparece sometido a la ley.

Mi papá no se reserva el goce que me prohibe: él también se lo ha prohibido. La renuncia constituye al padre y se vislumbra que igualmente le afecta la castración. Según Krüll, esta vivencia de Freud ante el padre muerto y revisitado, le permite evolucionar teóricamente de la doctrina de la seducción al complejo de Edipo.

Primero, la escena de la seducción del niño por el padre explica la síntesis de horror y placer que acompaña a la sexualidad adulta. Si el sujeto resulta capaz de narrar la escena, «encaja» el síntoma y «se cura».

De otro modo, puede haber síntomas histéricos de conversión (alteraciones del habla, parálisis, etc.). Por esa época (1896), Freud clasifica la paranoia como neurosis depresiva. En ambos campos —histeria y paranoia— se trata de hacer funcionar la memoria inconsciente, o sea contar una historia olvidada, pero que conserva su estructura y reaparece en la entrevista.

Es una manera de racionalizar el retorno de lo desplazado que, de otra forma, vuelve cuando le da la gana y de cualquier modo. Se esboza, además, la crítica freudiana a la cultura: ésta socializa al hombre a la vez que, por represora, genera el retorno de impulsos asociales. Quien es capaz de vivir en sociedad y liberarse de la opresión de la cultura (el sujeto sin historia) constituye la utopía de la salud mental, algo así como el nietzscheano superhombre.

Estas teorías son revisadas y reconducidas cuando Freud acaba de viajar a Italia (carta a Fliess del 21–9–1897).

El padre como seductor sádico y perverso cede el paso a una figura pasiva, víctima de la fatalidad, Laio, el padre y Edipo. Laio, introductor (nunca mejor dicho) de la homosexualidad en su reino, se casa con Yocasta, que será una madre incestuosa. Algo así como lo que el rey impostor en la fábula de Hamlet, asesino de su hermano y marido de la viuda adúltera.

Sólo que Hamlet es un héroe cristiano, pertenece a un mundo de responsabilidades personales, en tanto Edipo y su revuleta familia son objetos pasivos en las manos de la fatalidad clásica. Los padres quedan exentos de culpa y rodeados por las cautelas del tabú. Aparece el complejo de Edipo. Freud cubre a su propio padre con el tabú y se prepara un tabú equivalente para su situación de padre. Este doble juego puede verse reaparecer en el tema del judaísmo.

Tomemos a Jakob Freud (padre de Sigmund) como jefe de familia judía.

La madre es la muchacha casta que se convierte en ángel del hogar, según la concepción judía tradicional. El comercio sexual con su marido no altera su castidad. Los temas sexuales están excluidos de sus conversaciones conyugales. Masturbación y fornicio son graves pecados.

A su vez, santificada por el tabú, la madre es un animal inmundo, tan impura durante el período menstrual que ni siquiera el marido debe dormir en la misma cama que ella durante aquel tiempo y, pasado el mismo, debe someterse a un baño ritual (Mikwa). No es difícil advertir estos principios en la misma conducta sexual de Freud y en la minucia de su noviazgo con Marta Bernays, documentada en sus cartas.

En otros campos, el judaísmo de los Freud es bastante laxo, abierto y liberal. La zona de Galitzia de donde provenía Jakob tenía un núcleo tradicionalista muy fuerte, pero también un movimiento de modernización y asimilación bien perfilado, así como una importante escuela talmúdica, la de Tysmenitz.

Los padres hablan entre sí el dialecto de la diáspora, el jiddisch, pero todos los documentos de Jakob que se conservan, están en alemán. El ama de Sigmund era checa, una tal Resi Wittek, vieja solterona, odiosa y lista, que practicaba el catolicismo y hablaba a los niños en checo. Hay una dualidad de origen, evidentemente. Freud la habrá de articular en el par Judea–Egipto.

Se fascinará por la mitología egipcia y coleccionará sus dioses con cabeza de pájaros, dioses oscuros y seductores del inconsciente, a los que enfrenta el Dios censor de la iluminada consciencia. Egipto será, para Freud, todo lo no judío, así como el judaísmo (según él lo acabó entendiendo: el invento de un egipcio llamado Moisés, que convirtió una deidad telúrica y volcánica en un Dios racional y universal) será el modelo de toda religiosidad «moderna».

Cabe imaginar que Freud se identificase, al principio de su viaje por el pasado judío, con José, el Traumdeuter de las novelas bíblicas de Thomas Mann, escritas tan cerca del psicoanálisis (y viceversa): un descifrador de sueños que llega a triunfar en Egipto, el «otro país» y saca a su familia de la miseria. Jakob, el padre de José, se llama como el padre de Freud.

Quizás ambos sean patriarcas, convenientemente bíblicos y pecadores. Al final de la parábola, Freud será Moisés, el judío desjudaizado, el egipcio fundador de una nueva religión, más racional y discursiva que las anteriores.

El dios tectónico se convierte en dios solar. Freud fue el refundador de toda religión porque, como neoilustrado (otra propuesta de Nietzsche) cumplió con la tarea fundamental de la Ilustración, la crítica del fenómeno religioso institucionalizado.

Otra cosa es que ciertos psicoanalistas quieran ser sacerdotes y aún convertir a los infieles. Fundar una nueva religión es constituir una nueva ley, llegar a ser padre de sí mismo, ser hijo de una obra que, de vuelta, convierte a Freud (como a cualquiera) en un efecto de la propia biografía.

En este vaivén, es posible que Freud advirtiera lo profundo del decreto paterno: mátame y hazte padre, o sea, sé como yo. La fantasía de Jakob es que Sigmund fuese como su abuelo, Salomón, el sabio que reina sobre su pueblo. 3 Freud consideraba a su padre un hombre interesante, íntimamente dichoso (carta a Fliess del 15–7–1896, cuando Jakob está ya enfermo de muerte).

Le desea un final plácido y no guarda sentimientos de venganza ni revancha contra él. Estimaba a su padre y su muerte lo afectó: ya no contaría con su agudeza fantástica ni con su honda sabiduría (sic).

La noche siguiente al entierro, tiene un sueño decisivo. Está en el local de la barbería donde acude a diario (el peluquero es una figura especialmente asociada a la muerte y la supervivencia, pues los cabellos siguen creciendo un tiempo después del deceso).

Hay allí una mesa en cuya tabla están escritas estas palabras: «Será dado cerrarle los ojos». Krüll interpreta esta frase como un mandato respecto al padre muerto: no averiguar nada de su pasado. Parece que el muerto sigue con los ojos abiertos y que Sigmund no ha cumplido la orden.

La fuga ante el deber provoca un cierto sentimiento de culpa. De algún modo, es lo que el psicoanálisis va a hacer: meterse en la tiniebla del pasado paterno, averiguar la historia del padre y del Padre.

 

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Lobo (Oberon7up), ratonero de cola roja (Putneypics) y paisaje montañoso (Dominik Bingel), CC

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Cine clásico

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Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC