García Márquez y el cine

altRodada en inglés, Love in the Time of Cholera (2007), de Mike Newell, representa un importante esfuerzo en lo que concierne a la difusión de la novela en que se inspira.

Con el apoyo de García Márquez, es Ronald Harwood, un libretista muy solvente, quien se encarga de hilvanar el guión. La misma confianza inspira el reparto, encabezado por Liev Schreiber (Lotario Thurgot), Javier Bardem (Florentino Ariza), John Leguizamo (Lorenzo Daza) y Benjamin Bratt (Dr. Juvenal Urbino). Todo ello, no lo duden, ha de fascinar a los seguidores del colombiano, faltos de adaptaciones con un cierto nivel de excelencia.

Como ahora veremos, basta un repaso al catálogo para entender que nuestro escritor no ha tenido buena suerte en un dominio –el del cine– que le ha fascinado desde niño.

En su discurso inaugural de la Sede de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (1986), su presidente, Gabriel García Márquez, destaca la experiencia fílmica que entre 1952 y 1955 compartió con Julio García Espinosa, Fernando Birri y Tomás Gutiérrez Alea. El detalle biográfico no puede ser más elocuente: por esas fechas, los cuatro estudian en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma, y el futuro escritor anhela convertirse en director de cine. Obviamente, acá se revela un propósito que adquiere un sentido apasionado y anuncia lo que se ha de fraguar entre ellos tiempo después: “Ya desde entonces –explica el autor colombiano–, hablábamos casi tanto como hoy del cine que había que hacer en América Latina, y de cómo había que hacerlo, y nuestros pensamientos estaban inspirados en el neorrealismo italiano, que es –como tendría que ser el nuestro– el cine con menos recursos y el más humano que se ha hecho jamás. Pero sobre todo, ya desde entonces teníamos conciencia de que el cine de América Latina, si en realidad quería ser, sólo podía ser uno”.

Dominado substancialmente por esta idea, cabe imaginar los sentimientos de García Márquez al ser admitido como tercer asistente del realizador Alessandro Blasetti, quien rueda por esos días Pecatto che sia una canaglia (1955), una comedia que protagonizan Sofía Loren, Vittorio de Sica y Marcello Mastroianni, y que ha de titularse en castellano La ladrona, su padre y el taxista. Es más: partiendo de experiencias como ésta, el futuro narrador educa sus ojos en Italia y se aplica a expresar su vocación por escrito, como crítico cinematográfico de varios periódicos colombianos, entre ellos El Espectador, de Bogotá.

Así, en un progreso cinéfilo continuamente reinventado, nuestro escritor va a confirmar la influencia de la gran pantalla en su literatura y, en sentido inverso, las posibilidades literarias de los guiones cinematográficos que inspira o escribe. De hecho, redacta el libreto de una película breve, Langosta azul (1954), de Álvaro Cepeda Samudio, con la cual inaugura una extensa filmografía que va a prolongarse en México, donde escribe el guión de El gallo de oro (1964), de Roberto Gavaldón, y proporciona el argumento a En este pueblo no hay ladrones (1964), de Alberto Isaac.

Un año después, se estrena Tiempo de morir (1965), obra de un joven cineasta de 21 años, Arturo Ripstein, que ha recurrido al guionista de Aracataca y al dialoguista Carlos Fuentes para construir una suerte de película del Oeste, tan singular como intensa. Recoge el anecdotario el momento final del rodaje, cuando Ripstein solicita al escritor los derechos de El coronel no tiene quien le escriba, a lo que García Márquez, con una sonrisa, responde: “Cuando aprendas te la paso”. Como luego veremos, la frase cobrará sentido 34 años después. Mientras tanto, la atención del escritor sigue proyectándose en las cosas del cine: completa los guiones de Juego peligroso (1966), de Ripstein, Presagio (1974), de Luis Alcoriza, y María de mi corazón (1979), de Jaime Humberto Hermosillo, y además dispone las tramas de Patsy mi amor (1968), de Manuel Michel, y de El año de la peste (1978), de Felipe Cazals.

De más novedad y valor que los filmes citados es La viuda de Montiel (1979), del chileno Miguel Littín, versión de un cuento de García Márquez donde el realismo mágico a menudo se marca en las miradas de Geraldine Chaplin y Katy Jurado. También inspirada en un relato del escritor, la película venezolana El mar del tiempo perdido (1980), de Solveig Hoogesteijn, coincide en el calendario con el rodaje de Eréndira (1980), de Ruy Guerra, cuyo guión, original del novelista, queda realzado por un reparto internacional que encabeza Irene Papas.

Esto nos lleva, en fin, a destacar el retorno de García Márquez al cine colombiano, cuando Jorge Alí Triana revisa una pieza de Ripstein en su Tiempo de morir (1985). A propósito de esta producción, Triana comentará a Gonzalo Restrepo el modo en que la cinta se vincula a las crónicas de Macondo: “Siento que es la película más cercana a ese universo. Por una sencilla razón: esa es mi cultura. Yo entiendo lo que está escribiendo Gabo –y lo siento–. Esas nostalgias que están ahí, son las mismas mías”. Lamentablemente, los caracteres esenciales de ese mundo están ausentes de la ambiciosa Crónica de una muerte anunciada (1986), dirigida por Francesco Rosi a partir de la novela homónima. Perdiendo mucho en personalidad, esta producción colombiano-italo-francesa naufraga artísticamente, aun a pesar de un notable reparto liderado por Irene Papas, Gian Maria Volonté y Rupert Everett.

Dentro de esta filmografía, es muy de notar la serie Amores difíciles (1988), inspirada en cuentos del autor colombiano y extraordinaria por la calidad y variada procedencia de sus realizadores (para verificarlo basta un repaso de títulos: Fábula de la Bella Palomera, de Ruy Guerra; Milagro en Roma, de Lisandro Duque; Cartas del parque, de Tomás Gutiérrez Alea; Un domingo feliz, de Olegario Barrera; El verano feliz de la señora Forbes, de Jaime Humberto Hermosillo; y Yo soy el que tú buscas, de Jaime Chávarri).

En consonancia con los propósitos de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (necesaria, pero, a la par, cuidadosamente promocionada por el castrismo), dicha serie halla razones en contra de las fronteras cinematográficas. En esa complicidad, lo mismo cabe decir de otras dos películas con argumento del novelista: la cubano-española Un señor muy viejo con unas alas enormes (1989), de Fernando Birri, y la hispano-brasileña Me alquilo para soñar (1989), de Ruy Guerra.

Y no se olvide: también es coproducción, esta vez hispano-colombiana, Edipo Alcalde (1996), de Jorge Alí Triana, escrita por García Márquez y protagonizada por Jorge Perugorría, Ángela Molina y Francisco Rabal.

Como capítulo de síntesis, el título con el cual finalizamos el catálogo puede identificarse profundamente con varios de los valores, circunstancias y cualidades mencionados más arriba. Porque El coronel no tiene quien le escriba (1999) se debe a Arturo Ripstein, quien ya ha aprendido lo suficiente para adaptar el texto homónimo.

Añadamos que se trata de una coproducción entre México, España y Francia, apoyada por el fondo Ibermedia, que sirve para confirmar las posibilidades de un cine transfronterizo. Cuenta con un reparto internacional, en el que destacan Fernando Luján, Marisa Paredes y Salma Hayek. Desde esta perspectiva, y aunque la felicidad de la empresa merezca ser discutida por la crítica, los elogios que al filme dedica el escritor colombiano sirven para confirmar que seguramente sea ésta la mejor forma de planificar –y acaso proteger– un cine hablado en español. Un cine heterogéneo, desde luego, pero de larga pervivencia y afincado en los dominios de un idioma común.

(Publiqué la primera versión de este artículo en el Centro Virtual Cervantes)


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Lobo (Oberon7up), ratonero de cola roja (Putneypics) y paisaje montañoso (Dominik Bingel), CC

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Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC

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