Historia de los cuentos de hadas

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Nadie sabe de verdad lo que es un cuento de hadas hasta que no ha recuperado, ya en la edad adulta, esa sensación mágica que experimentó siendo niño, mientras leía relatos acerca de botas de siete leguas, enanos que buscan tesoros y hechiceras que habitan en casas de chocolate.

Sostener, como ya lo hacen muchos, que este tipo de historias siempre nos acompaña, equivale a reconocer que buena parte de nuestra cultura está en deuda con Perrault, Andersen y los hermanos Grimm. En todo caso, no es difícil seguir su rastro en la novela fantástica – pensemos en J.R.R. Tolkien– y en el cine de aventuras –incluso George Lucas define Star Wars como un cuento de hadas–. Pero lo que no está tan claro es el punto de partida de este tipo de cuentos maravillosos. Como ahora verán, seguir esa pista nos conduce, inevitablemente, a épocas olvidadas y remotas.

Algún autor apunta que los cuentos de hadas son la última herencia de un tiempo en el que el mito y la magia dominaban el destino del hombre. En términos algo más académicos, podemos situar este tipo de historias en el campo del folclore.

Transcurren en un tiempo indeterminado –“Érase una vez” es un comienzo que nos aleja de la realidad– y sus destinatarios, desde que los hermanos Grimm publicaron su primera recopilación, son fundamentalmente los niños.

En todo caso, no es ni será fácil acotar el terreno. El escritor J.R.R. Tolkien lo intentó en el ensayo titulado, precisamente, Sobre los cuentos de hadas.

Dice Tolkien lo siguiente: «La definición de un cuento de hadas –qué es o qué debiera ser– no depende, pues, de ninguna de ninguna definición ni de ningún relato histórico de elfos o de hadas, sino de la naturaleza de Fantasía: el Reino Peligroso mismo y el aire que sopla en ese país».

Con prudencia, el autor de El Señor de los Anillos añade: «No intentaré definir tal cosa, ni describirla por vía directa. No hay forma de hacerlo. Fantasía no puede quedar atrapada en una red de palabras; porque una de sus cualidades es la de ser indescriptible, aunque no imperceptible. Consta de muchos elementos diferentes, pero el análisis no lleva necesariamente a descubrir el secreto del conjunto».

Una larga historia

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Luego nos detendremos en las teorías que sostienen al respecto de lo dicho por Tolkien algunos estudiosos de prestigio. Pero antes de adentrarnos en el frío territorio de los analistas, fijemos el origen del género. Por lo que sabemos, la expresión cuento de hadas fue utilizada por vez primera cuando Madame D'Aulnoy, allá por 1697, recopiló varias historias bajo la etiqueta conte de fées.

De ahí en adelante, fueron publicándose diversas colecciones de cuentos morales, por lo común protagonizados por animales parlantes, magos y princesas encantadas. Es curioso, no obstante, que las hadas no sean el personaje más habitual de este tipo de historias. Lo cual no debe llevarnos a restar méritos a Madame D'Aulnoy, gran dama de las letras europeas, que fue capaz de dar nombre a este cajón de sastre literario en el que se fueron occidentalizando fábulas orientales de indudable atractivo.

El conte de fées, según fue catalogado en Francia, mereció otras denominaciones. Los alemanes han hablado de märchen y no pocos anglosajones optaron por el término folktale, cuyo éxito no fue más allá de los muros universitarios.

¿Recuerdan uno de los momentos culminantes de Peter Pan? En uno de los pasajes finales de esa obra de teatro de J.M. Barrie –que ustedes y yo leímos en forma de novela– los niños del público debían resucitar a Campanilla diciendo: “Creo en las hadas”. Tiene su interés que, como lectores, debamos adentrarnos en el mundo de los cuentos como creyentes. Aceptando que el héroe y la princesa vencen al mal con sabiduría y amor. Arquetipos, en definitiva, de una tradición antiquísima que no conoce fronteras.

Cuentos de hadas

Digámoslo con pocas palabras: cuando Tolkien escribe El Hobbit y L. Frank Baum El Mago de Oz actualizan una serie de motivos que están presentes entre nosotros desde que el viejo de la tribu narraba sus historias en torno a la hoguera.

En otro artículo analizamos el modo en que un relato conocido, el de la princesa Turandot, evolucionó a lo largo de centurias antes de convertirse en una famosa ópera. Este proceso, que va añadiendo elementos a un relato arcaico hasta dotarlo de una forma definitiva, es propio de todos los cuentos de hadas.

Por esa misma razón, antropólogos y folcloristas analizan este género de relatos en busca de esos vestigios que nos llegan como si fueran un eco de épocas pasadas, a través de un sugestivo túnel del tiempo.

Las fábulas de Esopo, los cuentos de las Mil y una noches o los cuentos ejemplarizantes del chino Zhuangzi demuestran que, en el fondo, hablamos de un esquema literario tan antiguo como universal, cuya sombra se cierne sobre autores clásicos como Geoffrey Chaucer, William Shakespeare y el fabulista La Fontaine.

A decir verdad, si no fuera por los Cuentos reunidos en 1697 por Charles Perrault no dispondríamos en nuestro imaginario de personajes tan inolvidables como Caperucita Encarnada (hoy la llamamos Caperucita Roja), Barba Azul, Cenicienta, Pulgarcito (en otro tiempo fue Pulgarito), Piel de Asno y la Bella durmiente del bosque. A esta serie vino a sumarse la establecida por los Hermanos Grimm en su bellísima primera edición de Cuentos de niños y del hogar (1812­-1815), que daba nueva forma a ese material narrativo que entronca con la literatura oral, y en el que algunos estudiosos redescubren, con otros ropajes, cuentos asiáticos.

Desde Rusia, Alexander Afanasiev recopiló otra sorprendente antología (1866), y el norteamericano Jeremiah Curtin hizo lo propio a partir del folclore irlandés (1890). Con todo, el cuento de hadas entra en la historia de la literatura con un maestro en toda regla, Hans Christian Andersen (1805-­1875), cuyo legado aún celebran los lectores grandes y pequeños, y en particular, los modernos autores de literatura infantil, permanentemente inspirados por el escritor danés.

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