Julio Cortázar: Obras

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Las babas surrealistas

Cortázar ha proclamado en distintas épocas su deuda con el surrealismo. En 1949 escribió en una revista porteña llamada, por paradoja, Realidad: “El vasto experimento surrealista me parece la más alta empresa del hombre contemporáneo como previsión y tentativa de un humanismo integrado. A su vez, la actitud surrealista (que tiende a la liquidación de géneros y especies) tiñe toda creación de carácter verbal y plástico, incorporándola a su movimiento de afirmación irracional.”

 

En 1962 anota en Algunos aspectos del cuento: “En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos – cómo decirlo – al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi conciencia razonante, como si yo no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena.”

En la formación literaria de Cortázar se mezclaron las influencias simbolistas de su maestro Arturo Marasso con el neorromanticismo de Juan Ramón, el valerysmo de Jorge Guillén y ciertas tardías intervenciones surrealistas de Saint-John Perse y Lubisz Milosz.

Más allá de esta compleja instrucción, Cortázar se muestra devoto de Antonin Artaud, a quien dedica un artículo en la revista Sur. Pero su impronta surrealista más fuerte es, a mi juicio, la que atañe a cierto orden de imágenes, de origen visual, y a una teoría del hecho estético.

Tomo como ejemplo su cuento “Las babas del diablo”. De entrada, hay momentos del relato en los que el lenguaje institucional se ve alterado por disloques sintácticos y gramaticales.

Si se prefiere, porque se da cierta desconstrucción de la lengua estatuida. “Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros”.

El experimento me parece anecdótico porque no se puede refundar una lengua dislocando sus miembros y usándolos como partes de una narración. Con todo, esta vacilación metódica contribuye a desdibujar al sujeto que narra, alguien vacilante que dota a su discurso de una fuerte ambivalencia.

Al empezar se advierte: “Nunca se sabrá cómo se habrá de contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada.”

A su vez, en el resto hay tres sujetos narrantes: una primera persona viva, una primera persona muerta y una tercera persona. Ésta es la clásica, la que transmite datos objetivos que están fuera del texto y al alcance de todos.

En cambio, la primera es siempre un punto de vista que no puede sacarse del texto. Si se admite que el narrador está muerto, lo narrado es una fantasmagoría y exige una clave de lectura igualmente fantasmagórica.

En cualquier caso, la narración no es lineal y sus elementos pueden ser alterados a partir de la propuesta: “…he empezado por esta punta, la de atrás, la del comienzo, que al fin y al cabo es la mejor de las puntas cuando se quiere contar algo.”

Como siempre en el surrealismo, hay un privilegio de la visión. En “Las babas del diablo” el ojo goza del privilegio que tiene el supuesto o posible protagonista, que es fotógrafo.

Enfatizando: es un mirón, alguien que quiere meterse en la vida ajena pispando con placer y, de ser posible, adquiriendo alguna información sexual. El relato se cierra cuando cesa la mirada, cuando la voz que narra cierra los ojos. Lo que no puede mirarse, no puede contarse.

La visión tiene un elemento objetivo y autónomo: la cámara fotográfica. En el gabinete de revelado y ampliación aparecen las imágenes que dicha cámara ha tomado por su cuenta, las del otro cuento. No lo real sino lo surreal.

La cámara tiene una mirada más atenta y, por lo mismo, más aguda, que el fotógrafo. La doble visión genera un sujeto también doble, lo cual explica la diversidad de voces narrativas.

Lo que hace posibles las posibles historias que el texto propone es la ruptura de la costumbre. La mirada habitual y las habituales palabras ceden lugar a lo otro que, por adjetivarlo de alguna manera, se puede considerar prodigioso.

Es lo único digno de contarse, lo bello surrealista. La mirada atenta, simbolizada por la cámara fotográfica, descubre la irregularidad de la vida, que es su verdad y su hermosura.

Tal vez, el verdadero sujeto de “Las babas del diablo” sea el lector, invocado por una serie de informuladas preguntas que se desprenden de la ambigüedad del relato.

¿Seduce la mujer madura al adolescente? ¿Es su madre y hay incesto? ¿Es ella la celestina que procura amores homosexuales a un pederasta? ¿Se excluyen o se incluyen ambas historias? ¿En qué circunstancias muere el fotógrafo? ¿Será la historia segunda una mera fantasía proyectiva del narrador? ¿Es un mentiroso el narrador y, en vez de fotógrafo se trata de una traductor? ¿Hace falta un fantasma, un muerto que se ignora, para que haya narración?

Las babas del diablo o hilos de la Virgen son cristalinas y mutantes como la visión surrealista. Pegajosas y débiles, tienen una apariencia diamantina y se evaporan por un exceso de calor solar.



Relatos y misceláneas
La otra orilla, 1945
Casa tomada, 1947 (cuentos)
Bestiario, 1951 (cuentos)
Final del juego, 1956 (cuentos)
Las armas secretas, 1959 (cuentos)
Historias de cronopios y de famas, 1962 (miscelánea)
Carta a una señorita en París , 1963
Todos los fuegos el fuego, 1966 (cuentos)
La vuelta al día en ochenta mundos, 1967 (miscelánea)
El perseguidor y otros cuentos, 1967 (cuentos)
La isla a mediodía y otros relatos, 1971
Octaedro, 1974 (cuentos)
Alguien que anda por ahí, 1977 (cuentos)
Un tal Lucas, 1979 (cuentos)
Territorios, 1979 (cuentos)
Queremos tanto a Glenda, 1980 (cuentos)
Deshoras, 1982 (cuentos)

Novelas
Los premios, 1960
Rayuela, 1963
62/modelo para armar, 1968
Libro de Manuel, 1973
El examen, 1986 (obra póstuma)
Teatro
Los reyes, 1949
Adiós Robinson y otras piezas breves, 1995 (obra póstuma)

Poesía
Presencia, 1938
Pameos y meopas, 1971
Salvo el crepúsculo, 1984

Varia
La autopista del Sur, 1964
Buenos Aires, Buenos Aires, 1967
Último round, 1969
Viaje alrededor de una mesa, 1970
Prosa del observatorio, 1972
La casilla de los Morelli, 1973
Fantomas contra los vampiros multinacionales, 1975
Estrictamente no profesional, 1976
Los autonautas de la cosmopista, 1982
Nicaragua tan violentamente dulce, 1983.
Silvalandia, 1984
Divertimento, 1986 (obra póstuma)
Diario de Andrés Fava, 1995 (obra póstuma)
Correspondencia Cortázar-Dunlop-Monrós, 2009 (obra póstuma)

Papeles inesperados, 2009 (obra póstuma)

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo forma parte del libro Lecturas americanas. Segunda serie (1990-2004). La primera serie de estas lecturas abarca desde el año 1974 hasta 1989 y fue publicada por Ediciones Cultura Hispánica (Madrid, 1990). El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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