"Los Hemingway, una familia singular": secretos y revelaciones

los-hemingway-una-familiaJohn Hemingway es hijo de Gregory y nieto de Ernest Hemingway. La relación entre padre e hijo nunca fue sencilla ya que Greg era un maníaco-depresivo al que le encantaba transvertirse llegando, incluso, a operarse para cambiar de sexo. John le culparía del suicidio de su abuelo, sin tener en cuenta su alcoholismo, sus problemas de salud o su propio trauma familiar. Junto a la esquizofrenia de su madre, el caos familiar afectó a aquel niño que ahora, ya adulto, analiza detalladamente qué llevó a su entorno a esos derroteros de genio, locura y drama.

La historia de este autor permite observar desde otra perspectiva el trabajo de su abuelo, icono literario por excelencia, cuyas sombras continúan cerniéndose sobre las complicadas vidas de sus descendientes.

John Hemingway (1960) es escritor, periodista y traductor.Nieto del premio Nobel Ernest Hemingway e hijo de Gregory Hemingway, a lo largo de su carrera profesional ha residido en Italia, donde trabajó impartiendo clases de inglés y como traductor comercial para diseñadores de moda. En el año 2002 colaboró en la organización de una exposición en Milán sobre la figura de su abuelo, dando posteriormente diversas charlas sobre la obra de Ernest. Vive con sus dos hijos, Michael y Jacqueline, en Montreal.

John Hemingway es hijo de Gregory Hancock Hemingway y nieto de Ernest Hemingway y Pauline Pfeiffer, segunda esposa del autor de Por quién doblan las campanas y El viejo y el mar, considerado como el escritor norteamericano más importante, y del que se acaban de cumplir 50 años de su muerte. Los Hemingway, una familia singular descubre a la familia Hemingway, un clan marcado por la fuerte personalidad de sus miembros.

El autor recorre todas las ramas familiares de un árbol genealógico que comienza allá por 1896. La figura de su padre, Gregory, Greg, se convierte en el guía indispensable para saber cómo eran los descendientes del prolífico autor americano, tan vinculado con España gracias a su trabajo periodístico en la Guerra Civil y a su estrecha relación con el mundo de los toros.

Un relato ameno e interesante, salpicado de anécdotas y fragmentos epistolares entre los diferentes Hemingway, que aportará al lector sorprendentes descubrimientos sobre una familia en la que no falta la genialidad, la controversia y la polémica. Una familia desarraigada, neurótica y desafortunada; que según John, se debe más a la genética y a la mala suerte: “En mi familia había cierta tendencia genética a ser bipolar, y uno podía padecerla o no. Algunos teníamos suerte, otros no”.

Complicada personalidad

Greg es un personaje singular y el eje central del relato, el hilo conductor. Sus relaciones con el padre son necesarias para comprender su personalidad. Según el autor, “estaba obsesionado con el suyo”, con Ernest, pero es que además “sufría psicosis maníaco-depresiva, se travestía y terminó sometiéndose a una operación de cambio de sexo”. Un hombre que “hacía más o menos lo que le daba la gana (…) no le daba miedo romper las normas cuando tenía que hacerlo”.

Greg es fruto del segundo matrimonio del escritor con Pauline Pfeiffer, con la que estuvo casado 13 años, y coincidió con el momento más productivo de la carrera literaria de Ernest. Su relación materna no fue nada buena si se tiene en cuenta las palabras que le dedicaba en una entrevista publicada en una revista: “Odiaba a aquella zorra (…) Que yo sepa, no me dio un solo beso en toda su vida. Nunca me cogió en brazos”. Esta fría y turbulenta relación hizo que Greg estuviese siempre más unido a su padre, aunque también de una forma muy peculiar.

Todos querían una niña y llegó Greg, que fue “colocado” en el extremo final de las prioridades maternas. Esta dejadez significó la llegada a la familia de una férrea institutriz, Ada Stern, que supondría una muesca más en la complicada personalidad de Greg. Todos estos dramas infantiles tuvieron sus efectos en la madurez.

Greg Hemingway acabó siendo médico, pero hizo de su vida un drama: “Nunca superó su miedo infantil a ser abandonado. Se casó cuatro veces y con cada divorcio revivía, casi de manera ritual, la pesadilla de no tener a nadie de quien depender. Se deprimía, descuidaba su salud y su apariencia, y salía de ese estado gracias a los tratamiento de electrochoque”.

Ernest y Greg: sexualidad ambigua

Tanta era la similitud entre los dos, que su vida fue paralela. Los dos se casaron cuatro veces. Los dos necesitaban tener una mujer a su lado. Posiblemente, Ernest es para los estudiosos de su literatura uno de los “varones más dependiente del sexo contrario”. Siempre hubo una mujer que se hiciera cargo de él, del escritor“más masculino del mundo, un artista cuya imagen era la de un hombre de acción que bebía mucho, que estaba obsesionado por el valor, la pérdida de la libertad y la muerte (…) Era incapaz de vivir sin una compañera”.

A Greg le pasaba lo mismo, pero con matices: siempre hubo mujeres a su lado, aunque la marcada personalidad del hijo del escritor “más masculino” acabó desembocando en un conflicto interno de distintas dimensiones: “Mi padre quería convertirse en mujer”.Otro conflicto familiar del que salió indemne el autor de este libro; por que, a su vez, “su madre odiaba a los hombres y sin embargo, amaba a mi padre (…) Me parecía asombroso que yo fuera normal, pese a descender del doble revés de la psicosis maníaco depresiva y la esquizofrenia”.

El hipermasculino Ernest supo del travestismo de su hijo cuando lo descubrió poniéndose unas medias de su madre. “Mi abuelo no dijo nada, pero mi padre se dio cuenta de que Ernest estaba horrorizado. Su rostro tenía una expresión… de tal horror, que solo unas semanas después le dijo a su hijo: tú y yo procedemos de una extraña tribu”. Pero Greg era así. No era homosexual, pero sí ambiguo y se operó para cambiarse de sexo; compartió su vida con sus esposas y gustaba a las mujeres como estas le gustaban a él, “expresaba las dos mitades de su personalidad, ambas igual de esenciales para su carácter”.A John le explicó que “vestirse de mujer lo ayudaba a gestionar el estrés (…) hacía que se sintiera mejor, lo relajaba. Me dijo que así eran las cosas cuando sufrías psicosis maníaco-depresivas”.

Sin embargo, este juego masculino-femenino tiene origen en la infancia de Ernest Hemingway y que luego tuvo hasta resonancia literaria en El jardín del Edén, en la que los personajes duros de otras obras son sustituidos por Catherine y Peter y sus andróginos juegos eróticos. Según cuenta John, en Los Hemingway, una familia singular,en la vida de su padre y abuelo había habido ciertos signos de ambigüedad sexual: a su padre y abuelo los habían vestido de niña cuando eran pequeños; cuando Ernest conoció a Pauline, la que le gustó de verdad era su hermana Jinny, que era lesbiana, o Ernest y Pauline se cortaban el pelo a lo chico y se lo teñían como hacían las chicas, o los juegos sexuales de Ernest y su cuarta esposa, en los “que Ernest quería ser una de las chicas de su mujer”, porque esta siempre “había querido ser un chico”, según escribió Ernest Hemingway en el diario de Mary Welsh.

“Ernest no era gay, ni, hasta donde yo sé, se travistió jamás en público durante su etapa adulta. Pero si yo hubiera tenido acceso en algún momento a una copia de aquella página del diario de Mary, estoy seguro de que habría visto a mi padre de una forma diferente. Habría dejado de considerarlo la excepción familiar a la imagen de macho de Ernest (…) Entre ellos existía un vínculo de directo que nacía del corazón de la ambigüedad de Ernest (…) Ernest no se travestía como su hijo, pero lo que está claro es que sí que pensaba como él”. Aunque para John Hemingway queda claro que “la imagen de Ernest como pilar de la hombría norteamericana era, –y continúa siendo– intocable”.

Reproches e insultos

En una familia tan literaria como la de los Hemingway las cartas que se cruzan entre padre e hijo son su forma de comunicación. No se llamaban por teléfono, pero no dejaron de hablar por carta. La relación entre dos personalidades como la de Greg y Ernest es convulsa, difícil y alejada. Las cartas están llenas de reproches, de insultos, de amenazas. Son cartas que reflejan los sentimientos encontrados de cada uno. Son dos fuertes personalidades frente a frente. Uno, travesti; el otro, muy macho; uno viviendo al día, el otro manteniendo a la familia…

“Greg entendía que aquélla era la forma en que tenías para escribir a Papá, creando una mezcla de información familiar, contabilidad, clima (…) No creo que hubiera nada mercenario o irrespetuoso en lo que hacían; no era más que su forma de tratarse el uno al otro”.

Había cartas en las que el hijo pedía dinero al padre, que nunca fue tacaño. Cuando ganó el Nobel en 1954 le regaló 5.000 dólares. “Hizo todo lo que pudo para ayudar a su hijo, mientras las cosas siguieron importándole emocionalmente (…) Hacia el final de su vida, cuando su propia depresión lo derrotó (…) Ernest escribió un testamento en que dejaba a sus tres hijos prácticamente desheredados”.

Había cartas en las que los dos se atacaban sin piedad, sin respeto. El hijo le llama al padre “cabronazo”,“monstruo abusivo empapado en ginebra”, “¿qué es más importante, tu mierda egocéntrica, las historias o la gente?”, “que Dios se apiade de tu alma por la infelicidad que has causado”, “morirás sin que nadie te llore”, “cuándo escribirá la gran novela (…) Nunca escribirás esa novela porque eres un hombre enfermo… enfermo de la cabeza y tienes demasiado jodido orgullo y miedo para reconocerlo” y, para rematar, le llama “Ernestina”.

Y del padre al hijo, tirando de ironía: “Ponte en pie y echa a volar”, “tu escritura es agramatical e ilegible. Cuando tengas un poco de tiempo podrías trabajar en ello”,“si tu letra mejora probablemente estés mejorando”, “ahora no vendría mal un destello de tu viejo encanto y educación”.

La sombra de los Hemingway

La familia Hemingway no ha pasado apuros económicos, al sustentarse en los derechos de autor de las obras de Ernest, y por la utilización del nombre del Nobel de Literatura en sectores empresariales tan alejados de la literatura como muebles o aliños para ensalada. Cosa que hubiese sorprendido al autor de Las verdes colinas de África.

Al grupo no falta de nada: la madre de John era esquizofrénica, neurótica y alcohólica; quiso hacerse monja y abandonó a los hijos. “Mi madre estaba loca”, asegura el autor. Además, Ernest, su bisabuelo y una tía se suicidaron; Margoux murió de sobredosis, Ernest y Greg eran adictos al electrochoque …”.

La vida de John Hemingway ha sido un juego de malabares, un constante viaje lleno de obstáculos. La estabilidad económica de la familia no garantizaba la emocional. Su familia estaba rota, su madre enferma y su padre travestido. Ella fue incapaz de encargarse de la familia, viajando de un lado a otro de Estado Unidos, bebiendo, ingresando en un convento…

John creció física y personalmente junto a sus tíos Less y Doris, que le devolvieron a la vida y le enseñaron“a ser generoso de verdad”. Después, la relación fue más directa con su padre Greg; lo mismo que le pasó a Greg con su padre Ernest.

Por su parte, John coincidió con su padre durante una época hasta que en la década de los ochenta la relación estaba muy deteriorada y decidió emigrar a Italia. La razón la explica el autor: “En realidad huía de la presión de ser su hijo, de ser el nieto del Ernest y de tener que comprender todo el dolor de ambos. Fue un acto más instintivo que racional por mi parte, un imperativo silencioso que gritaba ‘lárgate y ´sálvate’”.

Sin embargo, la sombra alargada del apellido Hemingway siempre está ahí. Nunca ha abandonado a cada uno de los miembros de este clan, que estén donde estén siempre serán Hemingway, descendientes del Nobel de Literatura, del gran autor americano, posiblemente el número uno, este término tan unido al espíritu yanqui y al mundo de los toros.

“Cuando la gente me pregunta si es difícil tener un apellido tan famoso, contesto que no ha sido fácil, pero que ya estoy a una generación de distancia de mi abuelo. Yo no crecí con el gran escritor (…) ni su hijo favorito, ni el chico que tanto prometía y que había heredado (…) todo el lado oscuro que terminaría por arrastrar a mi abuelo hasta la desesperación y el suicidio. (…) A mí me habían repartido unas cartas diferentes, genéticamente hablando. Mi padre era bipolar, pero ahora me doy cuenta de que también era mucho más fuerte de lo que muchas personas creían. Al final se suicidó y me dejó con los sentimientos de insuficiencia y culpa que suelen experimentar los hijos de suicidas”.

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