No hay tu tía

William_rembrandt

Cuando ya no podemos poner en práctica las más sencillas verdades de la lógica o el sentido común, nos suele venir al recuerdo la fórmula No hay tu tía, modismo equivalente a No hay remedio.

Aquellos que creen que la ausencia familiar —en este caso, la de nuestra tía— puede resultar algo profundamente dramático, explicarán la frase en un sentido literal. A falta de un pariente tan entrañable, se nos dirá, las certidumbres parecen menos firmes. Sin embargo, es necesario que tengamos en cuenta las veleidades del idioma para desechar esa explicación sentimental. Y es que, a decir verdad, no hay en este caso ninguna tía cuya presencia deba ser echada en falta.

En realidad, No hay tu tía es la cómoda y graciosa alteración de la frase No hay tutía o atutía. ¿Y qué diantre es la atutía? Desvelemos el enigma: al decir de los expertos, esa tutía era en realidad un medicamento, una substancia que los antiguos empleaban para aliviar las dolencias oculares.

Así, pues, el remedio que aquí se anhela metafóricamente es de orden medicinal, y sólo se explica en un contexto de retraso científico.

César Oudin, en el Tesoro de las dos lenguas francesa y española (1607), traduce atutía por «tutie, drogue d’Apothicaires». Los sabios de la Real Academia Española amplían la definición en el Diccionario de la lengua castellana (1770), donde se lee que atutía es «el hollín que se levanta de la fundición del cobre, y reducido a polvos o a ungüento que sirve para varias medicinas, principalmente para enfermedades de los ojos».

Un experto en la jerga de los galenos, Esteban de Terreros y Pando, incluye esta «droga medicinal» en el Diccionario con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana (1786).

Terreros vincula el vocablo a un linaje latino: Cadmia medicinalis y según otros, Tuthia. Con mayor precisión, la RAE, en su diccionario de 1992, hace derivar tutía y atutía del árabe at-tūtiyā, pues así nombraban en esa lengua al cinc y al antimonio.

Blanquecino, irisado, con tonos azulados, el cinc se obtiene a partir de minerales como la calamita y la blenda.

Desde Estrabón hasta Paracelso, fueron muchos los autores que hablaron de él. Por lo que concierne al antimonio (del latín antimonium), sabemos que el símbolo químico de su elemento, Sb, proviene de su nombre latino stibium, usado por los romanos para nombrar el sulfuro de antimonio.

El heterodoxo alemán Basilio Valentín, alquimista y monje benedictino en el convento de San Pedro de Erfurt, quiso revolucionar la medicina del siglo XV empleando stibium como panacea universal. Es lástima que varios de los monjes de su monasterio perecieran tras ingerir la pócima.

Resulta humano el fracaso, incluso cuando desemboca en tragedia. A modo de compensación, el envenenamiento engendró una nueva palabra. En un latín popular y con cierto humor negro, se llamó a esta substancia antimoine (antimonje), y de aquí proviene la voz antimonio.

En realidad, un análisis químico de la atutía demuestra que la RAE acierta en su definición.

Con ella nos quedamos: «óxido de cinc, generalmente impurificado con otras sales metálicas que, de manera e costra dura y de color gris, se adhiere a los conductos y chimeneas de los hornos donde se tratan minerales de cinc o se fabrica latón».

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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Lobo (Oberon7up), ratonero de cola roja (Putneypics) y paisaje montañoso (Dominik Bingel), CC

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Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC