Pequeñas epopeyas

Peter-Nicolai-Arbo

Hay pequeñas y grandes epopeyas. Nos acompañan desde la noche de los tiempos. Y aunque algunos quieran olvidarlo, hoy persiste esa misma devoción por los héroes que en la antigüedad mostraban los oyentes y recitadores de poemas como el Mahabharata, el Ramayana, la Ilíada o la Odisea.

El lector de El Señor de los Anillos o el espectador de la teleserie Juego de Tronos siente emociones parecidas a ese antepasado nuestro que se conmovía, hace siglos, con las Argonáuticas de Apolonio de Rodas o la Farsalia de Lucano.

En realidad, la estirpe que conduce a la épica moderna se ramifica en un árbol genealógico que alberga creaciones prodigiosas, como el Cantar de los Taira japonés, el Popol Vuh o Libro del consejo Quiche, el Beowulf o el Kalevala.

Pero, ¿de qué hablamos realmente al mencionar estos poemas épicos? Y yendo a lo esencial, ¿qué es una epopeya?

En palabras de Ana María Platas Tasende, que tomamos de su excelente Diccionario de términos literarios (Espasa, 2007), la epopeya es un "género épico en verso, de transmisión oral, que engloba algunas de las más antiguas manifestaciones literarias en las que los pueblos reconocían sus orígenes, su idiosincrasia y sus ideales. Narraban, en un lenguaje elevado y con algunas fórmulas fijas (Ulises, «rico en ardides» Aquiles, «el de pies alados», Héctor, «el de casco resplandeciente») hechos protagonizados por héroes. En Grecia cantaban sus versos los rapsodas, antecesores de los juglares medievales. Para facilitar la incorporación de quienes no escuchaban desde el principio se repetían a veces varios versos. De ese carácter oral de la epopeya -y más tarde del cantar de gesta y de los romances- dan cuenta también ciertas fórmulas de interpelación a los oyentes, encaminadas a mantener su interés. El Poema de Gilgamesh (del que ya había una versión en tiempos de Hammurabi, siglo XVIII a. C., y del que, en Nínive, se conserva un texto del siglo VII a. C., escrito en doce tabletas) relata las hazañas del rey sumerio que le da título. El Mahabharata (atribuido a Vyasa) y el Ramayana (atribuido a Valmiki) son las más antiguas epopeyas de la India; La Ilíada y la Odisea, griegas (¿de Homero. siglo VIII a. C.?), relatan las peripecias de Aquiles y de Ulises u Odiseo, héroes relacionados con la guerra de Troya, que había tenido lugar en el siglo XI a. C. La gran epopeya latina es la Eneida (29-19 a. C.), de Virgilio".

Explica Platas Tasende que estos poemas comenzaban con un breve resumen del asunto del cual trataban, "seguido de una invocación a los dioses o a las musas, a quienes se pedía inspiración y acierto. La narración generalmente comenzaba ya en un punto avanzado del relato, es decir, in medias res (Ilíada, Odisea, Eneida). Como eran muy extensos, se dividían en partes llamadas cantos (o cantares en las gestas españolas)".

Por medio de hexámetros, las epopeyas inmortalizaron a los antiguos héroes en la memoria de los hombres.

Ulysses-and-the-Sirens

Como luego veremos, la epopeya es el origen de los cantares de gesta del Medievo, desde el Beowulf en Inglaterra a la Chanson de Roland, pasando por el Cantar de los Nibelungos y nuestro Cantar del Mío Cid.

En todo caso, la cuestión viene de antiguo, y de hecho, los principales rasgos de la epopeya quedan fijados en la primera de la que se tiene recuerdo. Dice Mircea Eliade que la Epopeya de Gilgamesh "es ciertamente la más famosa y la más popular de las creaciones babilónicas. Su héroe, Gilgamesh, rey de Uruk, era célebre ya en la época arcaica; se ha encontrado la versión sumeria de numerosos episodios de su vida legendaria. Pero, a pesar de sus antecedentes, la Epopeya de Gilgamesh es obra del genio semítico. Fue precisamente el acádico el idioma en que se compuso, a partir de diversos episodios aislados, una de las más conmovedoras historias sobre la búsqueda de la inmortalidad o, más exactamente, del fracaso final de una empresa que parecía tener todas las probabilidades de alcanzar el éxito. Esta saga, que se inicia con el relato de los excesos eróticos de un héroe que a la vez es un tirano, revela en última instancia la impotencia de las virtudes puramente «heroicas» para trascender radicalmente la condición humana. Sin embargo, Gilgamesh era de naturaleza divina en sus dos tercios, hijo de la diosa Ninsun y de un mortal. El texto empieza por exaltar su omnisciencia y las grandiosas construcciones que había emprendido. Pero inmediatamente después se nos muestra la figura de un déspota que viola a las mujeres y las muchachas, que extenúa a los hombres con durísimos trabajos. (...) Se ha visto en la Epopeya de Gilgamesh una ilustración dramática de la condición humana, definida por la inexorabilidad de la muerte. Sin embargo, esta primera obra maestra de la literatura universal nos da también a entender que algunos seres podrían obtener la inmortalidad sin la ayuda de los dioses, pero a condición de salir victoriosos de una serie de pruebas iniciáticas. Vista en esta perspectiva, la historia de Gilgamesh vendría a ser más bien el relato de una iniciación frustrada" (Historia de las creencias y de las ideas religiosas, Ediciones Cristiandad, 1978)

Jorge Luis Borges se sintió fascinado por la epopeya de Gilgamesh. En el prólogo que le dedicó en su Biblioteca personal, escribe: "Tal vez no sólo cronológicamente es la primera de las epopeyas del mundo. Fue redactada o compilada hace cuatro mil años. En la famosa biblioteca de Asurbanipal doce tablas de arcilla contenían el texto. La cifra no es casual; corresponde al orden astrológico de la obra. Dos son los héroes del poema: el rey Gilgamesh y Enkidu, un hombre primitivo y sencillo, que vaga entre las gacelas de la pradera. Ha sido creado por la diosa Aruru para destruir a Gilgamesh, pero los dos se hacen amigos y emprenden aventuras que prefiguran los doce trabajos de Hércules. También se prefiguran en la epopeya el descenso a la Casa de Hades en la Odisea, el descenso de Eneas y la Sibila y la casi de ayer Comedia dantesca. (...) Diríase que todo ya está en este libro babilónico. Sus páginas inspiran el horror de lo que es muy antiguo y nos obligan a sentir el incalculable peso del Tiempo".

Luis Alberto de Cuenca subraya la importancia de Homero en este ámbito: "El autor más antiguo de la literatura griega –escribe– es también el más grande: Homero. En sus dos epopeyas en hexámetros, la IIíada y la Odisea, compuestas hacia el siglo IX u VIII antes de Cristo, Homero nos introduce en un mundo muy especial reservado a los héroes, un mundo en donde los sentimientos básicos del hombre -el amor, la amistad, el odio, el coraje, la venganza, el honor, el dolor, la envidia, la fidelidad, la traición, etc.- se dirían recién creados, y ello por la frescura y la grandeza con que aparecen en cada personaje. En más de quince mil versos, Homero refiere en su Ilíada la cólera de un héroe, Aquiles, y las consecuencias de esa cólera en el décimo año de contienda entre aqueos y teucros al pie de Troya. Los personajes que pueblan los veinticuatro cantos o rapsodias de la Ilíada constituyen modelos literarios y humanos inigualables. (...) Junto a la Ilíada, Homero compone la Odisea, algo más breve (12.110 hexámetros), cronológicamente posterior y esencialmente diferente". (El héroe y sus máscaras, Mondadori, 1991).

El poema épico nos conduce, de forma inexorable, a uno de los territorios más exuberantes de la literatura griega: la tragedia. "El ámbito de la tragedia –escribe Carlos García Gual– es el de la acción con consecuencias dolorosas y destructivas. La actuación de los héroes conlleva -diríase que fatídicamente- sufrimientos y muertes de los seres queridos en un escenario de intensa truculencia. Ahí, en un mundo feroz e implacable, debe el héroe actuar irremediablemente. El protagonista del drama debe enfrentar su destino en la acción. Hay, pues, una urgente necesidad de actuar -una anánke de la práxis que constituye el drama- y esa actuación comporta una terrible experiencia, un páthos, que es «sufrimiento, pasión, agonía». Tal es el destino de los héroes, su moira, según la visión trágica. Su grandeza épica, su gloria memorable, les lleva hacia ese terrible destino, como si el kléos, la fama y el gran honor, les deparara como contrapeso de una existencia brillante el páthos doloroso de un dramático final. A una gran gloria corresponde -en los héroes trágicos- un destino cruento. Esa es la lección de la tragedia, que retoma los mitos ya cantados por la épica para subrayar ante el público ateniense la grandeza espléndida de los héroes no en el auge de sus aventuras guerreras, sino en el trance de su mayor desventura. Los héroes, excesivos, acaban generalmente mal (...) Los dioses griegos están por encima de los héroes, pero no les fuerzan a tomar una determinada actitud. A lo más les sugieren que tal o cual decisión les es más grata" (Figuras helénicas y géneros literarios, Mondadori, 1991).

Los trágicos se acercan al poeta épico, y su herencia se deja sentir en un legado literario que abarca la novela de caballerías, y por consiguiente, nuestra más reciente tradición épica, incluido el western y la ciencia-ficción.

"En el plano de la teoría literaria –escribe García Gual– la distancia entre la epopeya y la novela parece muy grande. Por un lado, está la solemne sencillez arcaica de las canciones de gesta; por otro, la ficción fantástica y sentimental. Reflejos de distintos conceptos del mundo y de la función de la literatura: en la épica el canto exaltado e ingenuo de los héroes gloriosos de antaño; en la novela la expresión titubeante de un nuevo mundo de sentimientos e intuiciones. De una parte, cierta rigidez arcaizante, seria y venerable; de la otra, la inquietud, más moderna, de la búsqueda y la aventura. En un plano formal el uso típico del verso para la épica y la prosa para la novela expresa de un modo plástico e inmediato esa distancia sobre la que ya Hegel y luego Lukacs han insistido en análisis profundos y sugestivos. Pero en la realidad esas distinciones teóricas se reflejan con menor nitidez. Y en el caso de las novelas de caballerías la cercanía a la épica impregna todo el ambiente novelesco. Desde luego no falta quien se refiera a las novelas corteses calificándolas de épicas; así que una expresión como la de «épica artúrica », paralela a la «épica carolingia», no es infrecuente (Aunque sea, a nuestro parecer, inapropiada.)" (Primeras novelas europeas, Ediciones Istmo, 1974).

Pequeñas epopeyas

Blas Matamoro nos da la pista de esa continuidad entre la epopeya y la novela moderna: "En una de las incontables páginas de sus diarios, Thomas Mann sostiene que el arte de la novela es, en el siglo XX, un arte de evocación.

No está solo en el juicio, pues glosa las opiniones de Harry Levin y T.S. Eliot.

La cosa viene de atrás: Flaubert y Henry James inhumaron la novela, en tanto el propio Mann (con La montaña mágica y Doktor Faustus) y Joyce (con Ulises, libro exento de carácter épico, según Eliot) escriben las novelas cuyo destino es acabar con todas las novelas.

No es casual que Joyce se valga de Ulises, porque la parábola de la novela occidental empieza y, si se quiere, está contenida, en la Odisea. Los novelistas han recontado innúmeras veces la historia del astuto rey de Itaca, que deja su país para poner a prueba sus facultades, desplegar su identidad y hacerse reconocer tras ser tenido por muerto.

A esta epopeya individual añadirá Cervantes la nota cómica y la señalará como integrante esencial de lo épico (la observación es, de nuevo, de Thomas Mann).

En este siglo que está acabando, pareciera que se han extinguido las posibilidades de la epopeya y de la comedia, de modo que el novelista sólo puede ejercer de maestro de ceremonias en las exequias de la novela. Historia sin carácter épico, sin un héroe que demuestre su armonía o sus desencuentros con el mundo -dicho brevemente: su afinidad con la historia humana- esta novela residual puede convertirse, en manos de ciertos artistas, en un género que, por paradoja, surge de la muerte del género. Leopold Bloom no es Ulises, sino su parodia pequeñoburguesa, y su odisea es un deambular laberíntico por una ciudad moderna, donde no hay monstruos ni dioses. Hans Castorp escucha, atónito, a sus maestros de la mágica montaña, y nada aprende de ellos.

Algo similar le pasa al Ulrich de Robert Musil. Los personajes de Henry James se extravían en otro laberinto, el de las apariencias. Los de Kafka, en un mundo sin principio ni final, detenido en la instancia de una condena inapelable.

Proust intenta la epopeya de la memoria, pero advierte que es un extraño en el país del recuerdo querido como propio. Los personajes de Beckett se deshacen entre los dedos del narrador. Contar todo esto, relatar el relato de la imposible epopeya, ha sido la tarea de los mayores novelistas del siglo. De alguna manera, han hecho la épica negativa que corresponde a este momento de la historia, la cancelación de los Grandes Relatos y del Cuento de Nunca Acabar.

No obstante, Penélope, tejiendo y destejiendo sus horas en un momento circular, sigue esperando el retorno de Ulises. Penélope, la heroína que inaugura el siglo XXI".

Copyright del texto "Pequeñas epopeyas" © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en The Cult con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos


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