"Veronika decide morir", de Paulo Coelho

Williamthetempest

Veronika decide morir, Paulo Coelho, Planeta, Barcelona, 2000, 229 pp.

Desde El peregrino de Compostela (Diario de un mago) (1987) hasta la novela que tenemos entre manos, la producción literaria de Paulo Coelho (Río de Janeiro, 1947) se ha sostenido en la cresta de la estadística editorial: traducida a cuarenta y tres idiomas para interesar a veintitrés millones de lectores, ha generado un patrimonio personal que ronda los veintisiete millones de dólares.

Obviamente, el fluminense es uno de los quince autores vivos más leídos del planeta, lo cual no sorprende a la vista de los nueve millones y medio de ejemplares que se vendieron de su novela El alquimista (1988).

No aburriremos al lector con otros datos referentes a su mercadotecnia, enriquecida no hace mucho con un CD–ROM y una página web de vertiginosa consulta.

En Coelho la percepción de esas cifras está ligada a una vieja moda, cuyo primer brote, el hippismo neoprimitivo, coincidió con el colapso de ciertas glorias y esperanzas en el mundo adinerado.

Como se ve, toda esa necesidad de hallar respuestas de naturaleza espiritual ha impulsado negocios muy heterogéneos.

Se incluye entre ellos la literatura terapéutica, destinada a reparar el ánimo de los lectores mediante fórmulas de relajación, reglas de conducta intuitiva y, a título exótico, usos y fórmulas de patente oriental.

Podríamos decir esquemáticamente que Coelho ha sabido comprender que la narrativa puede competir con ese tipo de oferta.

De hecho, su interés no se limita a conseguir la amenidad del relato para acceder a un público extenso.

También pretende alimentar la esperanza y la nivela sin sobresaltos con su lema espiritual.

Acuciado por esa doble intención, Coelho plantea en Veronika decide morir un modelo argumenta! idóneo.

La joven protagonista pretende suicidarse, pero fracasa en el empeño.

Despierta en un centro psiquiátrico y allí descubre que durante el coma originado por los narcóticos, su corazón sufrió graves daños.

Es más, pronto dejará de palpitar.

Así, al verse condenada con inexorable precisión, Veronika tendrá que apañárselas para descubrir el sentido de su vida.

Solidario con quienes abarcan el ciclo de las penas, el escritor brasileño, entre líneas, da cuenta de las fases que aquéllos pueden poner en práctica para salir a flote.

Al cabo, en un mundo en constante mudanza no han de faltar los personajes como él, que propongan la visión intuitiva como único modo de huir del espanto.

De efectuarse el consolador –y extraliterario– propósito, Veronika decide morir permitirá a los lectores interrogarse sobre su propia conducta, y adquirir nuevos ánimos para de ese modo calibrar en su justo valor cada nuevo día de vida.

Dicen los que saben que así se va escribiendo la memoria.

Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.


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