Vida y obras del Padre Tomás Serrano

Vida y obras del Padre Tomás Serrano

No estuvo solo el Abate Lampillas en su patriótica empresa. A su lado combatieron en diversos terrenos el Abate Andrés y el P. Tomás Serrano. Largamente hemos tratado del primero en artículos anteriores; la vida y escritos del segundo darán comienzo al capítulo presente.

De padres labradores nació Serrano en Castala, reino de Valencia, en 1714. En su religión fue maestro de retórica en colegio de Valencia, cargo que desempeñaba por los años de 1747. Más tarde desempeñó una cátedra de teología en la Universidad de Gandía. Antes de su salida de España se había dado a conocer ventajosamente por diversas poesías latinas que corrieron manuscritas con general aplauso.

Había compuesto además diferentes obras dramáticas, de las que los jesuítas solían hacer representar en sus colegios. Escribió Serrano la relación de las fiestas con que la ciudad de Valencia celebró el cumplimiento del tercer siglo de la canonización de San Vicente Ferrer; a quien apellida apóstol de Europa. Esta obra, única que publicó antes de su salida de España, vió la luz en Valencia en 1761. En la casa profesa de aquella ciudad hizo el cuarto voto, y allí le alcanzó el extrañamiento. Siguiendo la suerte de sus compañeros, fue trasladado a Cerdeña, y de allí a los Estados pontificios, estableciéndose al cabo en Ferrara. Fue académico de la Ariostea o del Ariosto, especie de reunión literaria, en la cual leyó varias composiciones latinas. La lectura de los primeros tomos de la obra de Tiraboschi le dió ocasión para escribir sus dos epístolas a Clemente Vannetti en defensa de Séneca, Lucano, Marcial y otros escritores hispano-latinos de la edad de plata. La sección más notable de este opúsculo es la que a Marcial se refiere. Tenía el P. Serrano un entusiasmo casi fanático por el insigne epigramatario bilbilitano, a cuya ilustración dedicó tal vez la parte más granada de sus trabajos. En Serrano vivía algo de aquel espíritu marcialino que inspiró en los siglos XVI y XVII a Falcó, a Salinas y a otros humanistas y poetas egregios. El jesuíta valenciano que con tanta gracia y soltura versificaba en la lengua del Lacio, siguiendo las huellas del vate celtíbero, debió indignarse al verle tan mal tratado por Tiraboschi, que le posponía siempre a Catulo, y llegaba a hacer suyo el apasionado juicio de Marco Antonio Mureto. Defendióle, pues, con tanta copia de razones y de autoridades como de ingeniosas agudezas, obteniendo sus cartas universal aplauso, así por la riqueza de erudición como por la elegancia y maestría con que en ellas estaba usada la lengua latina.

Continuando los estudios sobre su querido poeta, emprendió y llevó a feliz término una obra, que por desdicha no llegó a ver la pública luz. Titulábase M. Valerii Martialis Roma, y ofrecía un cuadro fiel de la sociedad romana en los días del imperio, formado únicamente con los materiales que suministran los epigramas de Marcial. Varias eran las secciones de este trabajo. Roma Física, o sea descripción topográfica de Roma, era la primera, a la cual seguían extensos capítulos rotulados Roma religiosa, Roma moral, política, guerrera, etc., etc. No satisfecho con tan prolijo estudio, y cansado sin duda de oír las perpetuas declamaciones de los críticos contra la inmoralidad de Marcial, intentó sacar de sus epigramas nada menos que un curso completo de moral. A este libro cupo igual desdichada suerte que al precedente. Uno y otro quedaron sin imprimir, y hoy es día en que se ignora su paradero.

A estos dos tratados conviene añadir las Cuestiones Eridanas, en que adoptando la clásica y sabrosísima forma del diálogo, trató la cuestión de superioridad entre su ídolo Marcial y Catulo. Esta obra, que no llegó a terminar, quedó igualmente inédita.

Creciendo en él el amor a la patria con el largo destierro, dedicó no escasas vigilias a enaltecer en prosa y verso las glorias españolas. Con el título de Museo Español (Museum Hispanum), formó una serie de epigramas, de un dístico cada uno, propios para colocarse al pie de las efigies de nuestros varones ilustres, cuyos elogios en breves y discretos conceptos encerraban. A cada dístico debía seguir un breve comentario en prosa. La obrita estaba dividida en dos partes, intitulada la primera Museum Vetus, y la segunda Museum Novum.

Dejó una obra manuscrita titulada Hispania Arábica en la cual seguía acaso sistema análogo al de su Museum.

Para complacer a un amigo que pensaba hacer un viaje a España con el intento de mejorar su fortuna, escribió una composición en versos sáficos, enumerando en ella todas las antiguas ciudades de España que poseían el derecho de acuñar moneda. Tan singular capricho de ingenio y audacia de temerario versificador que aspiró a encerrar en sesenta y nueve versos los nombres de setenta y nueve ciudades, dióse a la estampa en Bolonia el 21 de noviembre de 1781, y cuatro años después fue reproducido en Valencia. Más tarde escribió en forma de diálogo un comentario a esta composición con el título de Vera Hispaniae Effigies ex antiquis numismatis expressa.

En la biografía de Serrano que precede a la colección de sus poesías, publicada en Foligno por el P. Miguel García, se mencionan otros trabajos suyos, ninguno de los cuales ha obtenido los honores de la impresión. Entre los papeles recogidos a su salida de España, había una Historia de los venerables religiosos del convento de Gandía, una Disertación crítica remitida por un famoso barbadiñista a un amigo acerca de las graciosas opiniones que en materia de poesía y buen gusto tuvo el muy reverendo Padre Barbadiño, o séase el famoso Vernei, Arcediano de Évora, de quien hemos de hacer larga mención al tratar del Fray Gerundio del P. Isla; un libro de tropos y figuras ilustradas con ejemplos de los mejores poetas castellanos, compuesto para instrucción de sus discípulos cuando era catedrático de retórica en San Pablo de Valencia, una Hispania poética, o séase Historia de la poesía española, obra ya dispuesta para la impresión, y cuya pérdida es verdaderamente lamentable, y por último, varias poesías, entre ellas un romance a la proclamación de Fernando VI en Valencia.

Murió Serrano en Bolonia en 1784, a los 69 de su edad. De las numerosas poesías que compuso antes y después del extrañamiento formó escogida colección su compañero de hábito, el notable poeta cómico García, y la publicó en Foligno, cuatro años después de su muerte. Casi toda la colección se compone de epigramas latinos, que demuestran bien a las claras el profundo estudio que había hecho de Marcial, y aun de Juan Owen y Falcó, que tomó también por modelos. La facilidad con que versificaba en latín nuestro jesuíta, hasta el punto de hacerse la ilusión de que sus poesías eran hijas del ingenio y no del arte, lo indica él mismo en el siguiente epigrama:

«Me iuvat incomptos ex tempore fundere versus,
Sunt quibus a lima laus prope tota venit.
Arti et naturae Pindum divisit Apollo,
Sunt illi vates illius, huius ego.»

El P. Serrano quemó antes de morir gran parte de sus poesías, que le parecieron incorrectas. A esta timidez alude el P. García en el elegante epigrama con que cierra las obras de nuestro poeta:

«Parva et pauca dedit, plura et maiora daturus
Si minus ipse sibi displicuisset erat.»

Las obras originales del polígrafo cántabro, nacido en 1856 y muerto en 1912, se encuentran en dominio público, pues sus derechos de autor han expirado. Con esta condición, reproducimos en The Cult extensas citas procedentes de sus libros y artículos.

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