En una popular telecomedia de la ABC, Dharma and Greg (1997), la protagonista justificaba su exótico nombre: "Mis padres me llamaron Dharma Freedom porque querían que fuese tibetana". Todo un síntoma de ese largo proceso que, a partir de la década de los sesenta, ha introducido el budismo y sus derivaciones en el frívolo y colorista universo de la cultura de masas.
El diseño, la moda, la publicidad e incluso la música lounge han aprovechado la estética budista. No hay excepciones: la palabra Zen es ya un comodín, y los consumidores de la New Age se han encargado de transformar todo lo que se relaciona con ella en un fenomenal negocio.
Sin embargo, como ahora veremos, el asunto viene de lejos.
A fines del siglo XIX y principios del XX, floreció en Europa y Estados unidos el movimiento esotérico, concretado fundamentalmente a través de diversas sociedades herméticas y, sobre todo, en la teosofía, con su discutible mestizaje de elementos del cristianismo, la masonería esotérica y el budismo.
A mediados de los años 50 comenzó a darse en las universidades americanas un peculiar acercamiento al universo del Zen, que dio lugar a muy interesantes obras e influyó de modo notable –como sabe cualquier flower child– en diversos márgenes del movimiento contracultural de los 60.
El acercamiento a la filosofía oriental de autores como Aldous Huxley y Christopher Isherwood precedió a la apropiación de los principios Zen por parte de los hipsters californianos.
Alan W. Watts, profesor de la Escuela de Estudios Asiáticos de San Francisco, fue uno de los principales comunicadores de esa nueva sensibilidad espiritual.
Tiempo después, Watts reconocería que "no hay una sola razón que justifique el extraordinario progreso del interés occidental por el Zen durante los últimos veinte años. La atracción del arte Zen sobre el espíritu moderno en Occidente, las obras de Suzuki, la guerra con Japón, la picante fascinación de las historias Zen y la atracción de una filosofía experimental, no conceptual, en el clima del relativismo científico; todo esto está involucrado".
Occidente acoge una vez más el influjo de Oriente y lo hace suyo, como si trazara un apunte impresionista de misterios más sutiles.
¿Es importante la fidelidad al original? Lo ponemos en duda. Los criterios del iniciado no tienen por qué coincidir con los del maestro, sobre todo si el consumismo está por medio.
Como apunta Gillo Dorfles, "es probable, a decir verdad, que la interpretación de la cultura y el arte japonés por parte de algunos artistas y críticos occidentales totalmente ignorantes de la lengua, de las costumbres, de la atmósfera de Oriente, lleve a resultados totalmente opuestos a los deseados o reclamados por los antiguos y nuevos maestros Zen. Pero incluso esta hipótesis no nos parece temible. Puede ser más bien fructífera".
Así, pues, el análisis de la obra musical de John Cage o de las creaciones literarias del grupo de San Francisco no ha de pasar por el filtro de la autenticidad.
Los creadores audiovisuales recogen, por esta vía, contenidos que antes correspondieron a poetas, novelistas, músicos e incluso profesores universitarios.
La generación beat, tan significativa en la moderna trayectoria creativa estadounidense, explica films tan distintos como Buscando mi destino (Easy Rider, 1969), de Dennis Hopper; Los caballeros de la moto (Knightriders, 1981), de George A. Romero; y Generación perdida (Heart Beat, 1979), de John Byrum.
Afirma Umberto Eco que los beatniks usan el Zen como calificación de su propio individualismo anárquico.
Dice Watts que el Zen beat "es un fenómeno complejo. Se extiende desde el uso del Zen para justificar un puro capricho en el arte, la literatura y la vida, hasta un criticismo social muy violento y una excavación del universo, tales como los que pueden encontrarse en la poesía de Ginsberg, Whalen y Snyder, y en forma más bien despareja en Kerouac".
Watts, consumidor de substancias psicodélicas, encontró en éstas una vía por la que encauzar su espiritualidad creativa.
Algo semejante le ocurría a autores como Ken Kesey, autor de Alguien voló sobre el nido del cuco y de la que es su reflexión generacional más lograda, La caja del diablo, que incluye frecuentes alusiones al Zen.
Prisioneros de Shangri-La, los hijos de quienes leyeron a Alexandra David-Neel y Lobsang Rampa (aquel embaucador llamado Cyril Hoskin, que puso de moda El tercer ojo) siguen hoy atraídos por el budismo tibetano y por el budismo Zen.
A ellos no les sorprende ver al Dalai Lama en una campaña publicitaria de Apple. Acaso no sepan que, en otro tiempo, el Dadaísmo o surrealistas como René Daumal exhibieron una clara afinidad con los koans del Zen. Y seguramente, nunca leerán Los vagabundos del Dharma (1959), de Jack Kerouac, pero tienen en su biblioteca libros como Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta (1974), de Robert M. Pirsig, que les ayudan a interpretar la realidad bajo ese prisma exótico y relajante.
Copyright del texto © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.
Copyright de la imagen: presentación corporativa de la emisora ZenFM © Topradio. Reservados todos los derechos.
126 días atrás
651 días atrás
724 días atrás
2863 días atrás
3222 días atrás
10271 días atrás
419 días atrás
5060 días atrás
541 días atrás
548 días atrás
577 días atrás
637 días atrás
646 días atrás






































































