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Historia del cartel y del cartelismo - Trayectoria del cartel propagandístico

Índice de Artículos
Historia del cartel y del cartelismo
Los pimeros cartelistas comerciales
El arte del cartelismo
Las vanguardias y el cartel
Trayectoria del cartel propagandístico
Los carteles y la identidad nacional
Todas las páginas

Trayectoria del cartel propagandístico

La propaganda a través de la cartelística es un fenómeno cuantificable a partir de la Primera Guerra Mundial, en concreto desde la aparición de un conocido cartel del británico Alfred Leete, Your country needs you (1914), cuyo protagonista, Lord Kitchener, señala al transeúnte con el dedo índice y, con mirada grave, solicita su alistamiento.

Poco tiempo después, el norteamericano James Montgomery Flagg plagia este formato y convierte a Kitchener en el Tío Sam, que dice I want you for U.S Army (1917).

Cinco millones de copias llegan a distribuirse del cartel de Flagg, lo cual da una idea del potencial que la propaganda bélica llega a tener en el campo del cartelismo. Ambas creaciones ponen el primer eslabón en este propósito tan complejo de inflamar el patriotismo y acuciar el odio al adversario en los campos de batalla y en la retaguardia.

Claro que todo ello supone un retorno a la imaginería romántica, con estreotipos como la madre abnegada que el inglés E.V Kealey homenajea en su Women of Britain say “Go !” (1914). El incremento de los gastos publicitarios cumple su cometido, pues la eficacia de carteles como los citados es un hecho.

Por otro lado, los carteles no sólo cumplen esa función enardecedora. También acaban siendo un instrumento pedagógico para mostrar a los ciudadanos los comportamientos más convenientes en tiempo de guerra.

Pero mientras las democracias anglosajonas empiezan a usar el cartel propagandístico en tiempo de guerra, los países totalitarios lo emplean también en la paz, para así proclamar sus ideales y comprometer al pueblo con ellos.

a Alemania fascista cuenta con una cartelística muy peculiar, un tanto fría por su inspiración en modelos de mecanización y monumentalidad. Incluso así, cabe la experimentación, como sucede en un cartel del italiano Xanti fechado en 1934, donde un fotomontaje de Mussolini presenta su cuerpo convertido en ese pueblo masivo, seguidor del líder autoritario.

El cartel soviético cumple con la pedagogía revolucionaria, exalta la mitología comunista cifrada en la voluntad popular y el destino glorioso, y no escapa de los dictados estatales en materia artística. Un formato particular en este contexto surge en 1919 cuando Mijail Cheremnyj idea la Ventana satírica de los telégrafos rusos, un tipo de cartel distribuido en viñetas, parecido a un cuadro de aleluyas.

Vladimir Mayakovsky recurre a ese modelo para su cartel propagandístico en contra de la intervención francesa en Rusia (1920). Poco tiene en común, sin embargo, con la exaltación de la caballería roja que se da en el cartel ¡A caballo, proletarios! (1919).

Durante la Guerra Civil española, los carteles son empleados por ambos bandos para extender sus consignas. A pesar de la existencia de buenos artistas, las circunstancias bélicas impiden que el nivel artístico llegue a cotas sobresalientes. No obstante, el bando nacional cuenta con eficaces propagandistas y hay en el bando republicano cartelistas muy destacados, como Josep Renau, director general de Bellas Artes durante la guerra.

Aparte de ser el creador de varios de los carteles bélicos más notorios de esta etapa, Renau es un teórico de la cartelística, y en 1937 explica del siguiente modo la función social de este medio:

“El cartel, por su naturaleza esencial y sobre la base de su liberación definitiva de la esclavitud capitalista, puede y debe ser la potente palanca del nuevo realismo en su misión de transformar las condiciones, en el orden histórico y social, para la creación de una nueva España. Su objetivo fundamental e inmediato debe ser el incitar el desarrollo de ese hombre nuevo que emerge ya de las trincheras de la lucha antifascista, a través del estímulo emocional de una plástica superior de contenido humano”.

No oculta Renau sus convicciones políticas, coincidentes con las establecidas por los cartelistas soviéticos que, poco después, han de enfrentarse a una nueva movilización propagandística cuando estalle la Segunda Guerra Mundial.

Así, Mijail Kuprianov y Nikolai Sokolov son los autores de uno de los más conocidos carteles de la guerra en Rusia, Por la patria soviética (1943), en el cual la bandera de Lenin y Stalin es enarbolada por las tropas populares.

Bien concienciado acerca del valor de la propaganda, el Gobierno estadounidense forma un Consejo de Publicidad Bélica, encargado, entre otras cosas, de diseñar los carteles de guerra. Para ello se recurre a ilustradores como Ben Shahn, Glen Rohe, Henry Koerner y Jean Carlu.

Entre las piezas más conseguidas de esa unidad propagandística figura el cartel 1778-1943: Americans will always fight for liberty, donde se parangona al moderno soldado con el colono que luchó por la independencia.

Paralelamente al cartel destinado a promover el alistamiento, proliferan durante la contienda los consagrados a difundir normas de supervivencia. Buen ejemplo de esta variante es un cartel del alemán Herweg, El enemigo ve tus luces: Mantente a oscuras, donde la muerte cabalga sobre un bombardero B-52 que se guía por la iluminación de los edificios en su trágica operación.

También es frecuente el uso de estereotipos negativos, para fomentar el odio al enemigo. Adecuado exponente de este tipo de cartel es uno del italiano Gino Boccasile, donde un militar afroamericano roba la Venus de Milo, marcada ya con un precio en dólares.

Tras la guerra, los países comunistas abandonan la propaganda de combate, pero conservan los carteles de pedagogía revolucionaria. En la China del momento abundan los carteles de Mao rodeado por su pueblo, en una extraña e ingenuista síntesis entre los nien hua (cuadros de Año Nuevo para la Fiesta de Primavera) y los símbolos del partido comunista.

Observada con cierta imparcialidad, este tipo de cartelística resulta kitsch y, a pesar de ello, profundamente original. Un tanto más audaz es el cartelismo de la Cuba revolucionaria, gracias al talento de artistas como Raúl Martínez, que saben tratar con sentido estético figuras como “Che” Guevara, verdadero mito para el régimen dictatorial.

En el entorno democrático, la postguerra supone la implantación de las campañas electorales dirigidas por gabinetes promocionales. Surge de ese modo el cartel político moderno, destinado a exaltar las cualidades del líder político que va a presentarse como candidato en las elecciones.

En un curioso proceso de simplificación publicitaria, la mayoría de estos carteles ofrecen símplemente un retrato del político en cuestión asociado a la consigna elegida para la campaña.

Al margen de los carteles destinados a las convocatorias electorales, el cartelismo ideológico se mantiene vivo en las sociedades democráticas a través de las campañas de diversos colectivos, desde sindicatos a grupos ecologistas.

Sin duda, la publicidad institucional tiene un componente ideológico, por más que sus carteles aborden cuestiones tan alejadas de la política como la salud pública o el transporte. De hecho, siempre cabe el debate en torno a este tipo de iniciativas gubernamentales.



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