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Por una zoología mecánica
El robot llegó a Japón desde los Estados Unidos a finales de los 60 como solución al problema de la falta de mano de obra que generó el auge económico y respondiendo a los planes japoneses de calidad y eficiencia. El primer fabricante japonés fue la industria Kawasaki Heavy, que adaptó la técnica que empleaba la empresa estadounidense Unimation.
En una década, el uso del robot se consolida y Japón desarrolla su propia tecnología, siempre bajo los auspicios del Ministerio de Comercio Internacional e Industria. En la década de los 70, el robot es utilizado en la industria de producción a gran escala, mientras que en los 80, su empleo se concentra en el manejo de piezas minúsculas en la industria electrónica y el ensamblaje de automóviles. Durante los 90 comienza a desempeñar tareas más variadas y peligrosas: hay robots que pintan edificios, manipulan material radiactivo y ejecutan otras funciones de alto riesgo y precisión.
Hace una década ya trabajaban en el archipiélago más de cien mil robots. Sin embargo el autómata de la fábrica ha perdido relevancia, pues los japoneses vienen apostando desde hace tiempo por su uso en tareas sociales, sobre todo en las que atañen a los requerimientos de una sociedad envejecida.
Japón es uno de los países desarrollados que más dinero invierte en la investigación de la Inteligencia Artificial (IA), ciencia que aporta la principal característica del autómata del mañana. Muy atrás queda el robot WL-10, un autómata que podía caminar a razón de 1,3 segundos por paso, pero que requería años de meticulosa programación.
En junio de 1999, la corporación Japan Science and Technology hizo una demostración de un androide que cuenta con treinta articulaciones y es capaz de mover todo el cuerpo. Lo más importante es que, usando sus cámaras oculares, podía aprender a imitar complejos movimientos humanos, tales como tocar un instrumento musical.
La empresa que lo desarrolló estaba segura de que, con un poco más de programación, podría atender a enfermos y ancianos, cual enfermero de casa de reposo. Claro está, los movimientos de esa maravilla mecánica eran mucho más suaves y armónicos que los desarrollados por los autómatas de los filmes de ciencia-ficción.
El museo automático del tercer milenio exhibe asimismo los robots minúsculos e inteligentes. Con esta premisa, un consorcio japonés creó un micro-robot hormiga, del tamaño de una chincheta, capaz de levantar un gramo: el doble de su propio peso.
El consorcio prepara este tipo de artilugios para la manutención del interior de cañerías de centrales nucleares y térmicas.
Por último, más relacionados con la industria del juguete, figuran los robots con forma de animal. En esta zoología cibernética destaca el robot pez, que nada y puede estarse quieto en el agua, resultado del estudio davinciano de los complejos movimientos de los peces aplicado a la fabricación de ingenios submarinos. Y no olvidemos el robot perro de Sony, bautizado con el nombre de Aibo, capaz de expresar emociones, alzarse sobre sus cuartos traseros y jugar con su dueño.






































































