
Si a partir del siglo XVI la ciencia española gana terreno frente a los rezagos de la superstición, ello se debe a figuras como el segoviano Andrés Laguna (1510-1559), sinceras en su ardiente razón y fortalecidas en los rigores de la Academia.
Laguna fue, sobre todo, un galeno humanista, fiel al dictado de los maestros a quienes conoció en París: Jacobus Sylvius, Gunther Von Andernach y Jean de la Ruel. Con ese bagaje, celebró la disciplina y las aplicaciones de ésta. Sus profundos atisbos, abundantes en digresiones y perspectivas fugaces, encarnaron el ideal de la época, a medio camino entre los progresos del espíritu humano y la floración tecnológica.
Es difícil destacar cuál fue su mayor originalidad. Sin embargo, arriesgando una respuesta, cabría pensar en su buen juicio a la hora de recurrir a la disección para comprobar lo escrito en los manuales ajenos.
Sin duda, una tendencia humanista impulsa su biografía. Tras difundir en la capital francesa un estudio anatómico de largos alcances, bajo el rótulo Anatomica methodus (1535), el joven Andrés regresó a España, e inició un breve trato con la Universidad de Alcalá.
Según se sabe, practicó la medicina en Inglaterra y en los Países Bajos, acreditando grandes virtudes en el ámbito de la sanación. Por el eco profundo que despertó, estudiosos como José María López Piñero destacan el discurso pacifista que Laguna pronunció ante las autoridades y el alumnado de la Universidad de Colonia, allá por 1543.
No obstante, tampoco han de olvidarse sus traducciones de escritos aristotélicos como De physiognomicis (1535), De mundo (1538) y De natura styrpium (1543). En este mismo trecho, es de admirar su Epitome omnium Galeni Pergameni operum (1548), donde recoge y documenta con inteligencia la doctrina galénica.
A partir de 1545, su presencia en Italia fue celebrada en grado sumo, e incluso los papas Pablo III y Julio III lo honraron con su admiración. Por estas fechas, su máximo benefactor fue Diego Hurtado de Mendoza, admirable por múltiples razones, todas ellas de orden ilustrado.
En la mansión de este diplomático halló Laguna amistad y un entorno sereno para sus pesquisas. En 1554 regresó a los Países Bajos, y poco después, reeditó su obra magna en torno a Galeno, en la cual incluyó un escrito con el cual se relacionaba aquélla: Annotationes in Galeni interpretes (1548).
Por las mismas fechas, dio a conocer su influyente versión española de la Materia médica de Dioscórides, que vino a sumarse a una imponente bibliografía personal, donde ya figuraban estudios sobre la peste bubónica, los efectos de la gota, la fisiología renal y el aparato urinario.
En 1557, Laguna, disfrutando de este momento de gloria, decidió volver a su patria. Por desgracia, pereció al cabo de dos años. Con todo, pese a lo prematuro de su muerte, ofrecer el cuadro de su vida supone un compendio admirable de inteligencia, tesón y moral elevada.
Admirado por científicos como Vesalio, este genio español, tan sumamente idealista, gobernó su talento con una sabiduría que lo hace merecedor de figurar en nuestro más ilustre panteón: el de los hombres de ciencia que intuyeron el porvenir.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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